sábado, 6 de noviembre de 2010

"mi tierra"

Cada mes nos reunimos los instructores de secundaria para entregar papeles y ver cómo nos está yendo en nuestras respectivas comunidades. Muchos de mis compañeros dan clases en zonas calientes, en Municipios como Tzitzio o Villa Madero, donde casi todos los campesinos siembran marihuana y hablan de ella como de un negocio cotidiano, y donde “la familia” es prácticamente la única autoridad, o por lo menos la más indiscutible. En una de las brechas que se hunden en la sierra antes eran frecuentes los asaltos, hombres armados le quitaban a los campesinos sus camionetas, o el dinero que acababan de cobrar por las becas de oportunidades, “la familia” lo supo, mató a algunos de los asaltantes, dejó claro el mensaje, y ahora no hay robos, excepto, por supuesto, las extorsiones y cuotas impuestas por los propios narcotraficantes. “Ahora sembrar ya no rinde como antes, porque hay que pagarle más impuestos a los soldados”, dicen los campesinos como si hablaran de IVA y jitomates en vez de mota, y sobornos. Hace mucho tiempo, la primera vez que fui instructora, visité muchos de esos lugares calientes, y aunque nadie hablaba de ello abiertamente, todos adivinábamos que se sembraba mota. Lugares muy pobres. “Tal comunidad ya no existe- nos contaban los choferes de camiones en los que a veces viajábamos de raid- porque el ejército descubrió y quemó los campos, y como ya no podían sembrar marihuana, todos migraron para el norte.”


Michoacán es deslumbrante, sobre todo si entra uno a la sierra a través de una brecha, y no hay asfalto ni restaurantes a la orilla del camino, hay sólo montañas y árboles y ríos. En mundos como cápsulas de tiempo, los niños crecen trepándose a los árboles de mango, brincando al agua fría de los arroyos, y la tierra para ellos es un espacio abierto y sin fronteras, sin semáforos, sin estacionamientos, sin candados, donde se puede correr libremente, donde se juega futbol todas las tardes. Pero hay una violencia ahí que no se va, una violencia que deja inermes a las personas. La única autoridad, o la más contundente, trae a ese mundo, este mundo, bajo la mira del cuerno de chivo. Ayer el camión que me llevaba de regreso a casa no pudo entrar a Pátzcuaro por la vía conocida, hubo que dar marcha atrás, y los pasajeros comentaban entre sí la posibilidad de un tiroteo, sin alarma, sin sorpresa. Vemos pasar todos los días camionetas federales con hombres armados, vemos pasar a los soldados, y no sentimos alarma, ni nos sorprendemos. Hubo una especie tácita de toque de queda anoche en Morelia, hace algún tiempo una frase así me habría dejado incrédula, ahora es parte de nuestro vocabulario acostumbrado. Nos estamos acostumbrando a la brutalidad. A. , una muchacha de 18 años, bonita, muy dulce, que se metió al conafe con la esperanza de estudiar después psicología, acaba de abandonar el programa para irse a otro estado porque su familia tiene miedo de que esté en una especie de lista para la trata de blancas. Se escuchan rumores cada vez más sombríos. Nunca había mirado a mi propio país con tanta incertidumbre y tristeza.

Entonces, vuelvo a mi comunidad, al ranchito donde doy clases. Probablemente por el clima, la gente ahí no siembra mota. Estamos al margen de la mira del cuerno de chivo, en la orillita. Mis alumnos son muchachos y muchachas que caminan entre cuarenta minutos y una hora para llegar a la escuela, que por las tardes hacen quehacer o trabajan ayudando a sus familias, que juegan futbol en vez de ver la tele, que están acostumbrados a la belleza del paisaje que los rodea y a una sensación de espacio abierto, sin límites. Hacen una expresión de disgusto cuando hablan de Morelia y dicen que en la ciudad se sienten encerrados. Por los pasados dos meses he estado compartiendo su mundo con ellos, y lo encuentro cada vez más luminoso. No quisiera que crezcan mis hijos, si tengo hijos, en la cultura norteamericana del materialismo y los bullys, ojalá crecieran en un mundo como el de mis alumnos. Mis alumnos no comparan lo que tienen con el de al lado, y nada los ha corrompido todavía. Son inocentes. La semana pasada me tocó quedarme con una familia que vive a una hora caminando, de la escuela. No me imaginé que a pocos metros de donde doy clases todas las semanas empezara un camino que trae toda la sierra en el costado izquierdo. Me maldije por no llevar la cámara, pero luego me di cuenta de que sin la cámara, había que estar más atenta a la belleza y a la luz frágil del paisaje, había que dejar a la memoria hacer su trabajo y empaparse en la intensidad suave del momento. “Este va a ser luego un recuerdo”, sonreía, absorbiendo las imágenes como se sorbe un cafecito caliente, una cápsula de felicidad no adulterada. Lo que ocurre, además del despliegue espléndido de las imágenes, es el despliegue cotidiano de una humanidad que es transparente. La gente es generosa y es buena, así, sin adornos, sin segundas intenciones, con limpieza. Tratan a sus hijos con dulzura, tienen gestos deslumbrantes sin mayores aspavientos, y ríen con inocencia, de buena gana. Estoy ahí y me reconcilio con el mundo, porque sé que el mundo se las arregla aún para sostener rincones cristalinos. Me reconcilio con la humanidad, y me siento en paz, y se me olvida casi, todo lo otro, todo lo oscuro. Todos tienen sus escapes y este es el mío, hay quienes son adictos a la adrenalina, yo soy adicta a esta sensación diaria de esperanza; es posible acurrucarse ahí, y descansar los ojos, y el ama.

sábado, 30 de octubre de 2010

allá abajo en el hueco en el boquete, nacen flores por ra-mi-lle-te

Se nota la diferencia entre quienes son de la Ciénega o los ranchos cercanos, y los que llegan de fuera a trabajar en las huertas de aguacate. Hay códigos implícitos, maneras de respetarse, maneras de mirar y de saludar y responder a los saludos. ¿Creció usted, amable lector cobijado por un código, por un lenguaje que no necesita hablarse? ¿Tiene usted raíces que lo atan a la belleza de un paisaje, la cadencia singular de unas calles, un ritmo pautado para el transcurrir del tiempo? En las orillas de los centros del mundo, en todas las orillas, la gente se cría bajo un paisaje, callecitas, callejones, abuelos y abuelas, camiones traqueteados anunciando productos de belleza a través de megáfonos prehistóricos, fervores y fiestas, peregrinaciones y santos. La gente en esas orillas tiene un lugar en el mundo, es un lugar dibujado claramente bajo las nubes y bajo las estrellas, es un lugar con coordenadas y símbolos irremplazables. En los centros se difuminan las coordenadas, se difuminan las raíces y las familias, la vida se ordena y se silencia, no hay música en las calles, las casas están pintadas con colores pálidos, casi mudos, y en los centros neurálgicos veloces todo se compra o se paga, se trabaja febrilmente para consumir febrilmente, la gente no tiene un lugar en el mundo, apenas tiene, con suerte, una imagen, que debe esculpir y re-esculpir de acuerdo al dictado del último anuncio en las revistas de moda . Lo único que le da sabor e identidad a esas ciudades de marquesina son sus propias orillas, sus migrantes, la gente que llega cargando sus códigos y sus recuerdos y sus perfumes y su música, y también aquellos que con libertad creativa se salen del eje para ser otra cosa, algo más parecido a ellos mismos. Con una especie de ceguera hostil, vueltos permanentemente hacia sí mismos, presos de una compulsión aséptica, hay quienes quieren imaginar su mundo como una línea suburbana que sea la repetición de sí misma en todas partes, casitas iguales, porches iguales, jardines frontales bien podados. Las reglas de la frontera dictan: productividad, corbata, portafolio, y de preferencia, dinero. Si por el contrario no tiene usted mucho más que ofrecer que la riqueza de sus colores y sus canciones, apriete los dientes. Ojalá no hubiera desesperación en las orillas, y la gente no tuviera que irse nunca a tocar la puerta de esas ciudades blancas, para que haya quienes los miren con desprecio, con racismo. Aquí estoy también, tocando la puerta. La única razón por la que me siento atraída hacia Toronto es porque está llena de migrantes, y gracias a eso, una vida y un alma le corren en las venas. Si no fuera así, encontraría insufribles el invierno y los horarios y las calles silenciosas y bien vigiladas.


Llegó nueva carta de la oficina de migración canadiense. Quieren más fotos de J. y yo en Canadá, y quieren alguna prueba escrita de que vivimos juntos, como una cuenta conjunta en el banco, o un contrato para rentar una casa. Esto último es imposible (y, chingá, ellos lo saben) porque nunca fui residente, y no tenía derecho a abrir cuentas de banco o firmar contratos. Fotos de J. y yo con alguna imagen reconocible de Canadá en el fondo hay muy pocas, porque nos gustaba tomar fotos de las escenas y los paisajes, pero no somos de los que se andan retratando enfrente. Había fotos con el invierno y la nieve, pero el primer día que regresé a la ciudad de México me asaltaron y junto con la cámara perdí imágenes que no había descargado en ningún lado. Apretando los dientes con coraje, ya les enviamos mails privados, todo tipo de fotos en las que aparecen también nuestros amigos y nuestras familias, radiografías, pruebas de orina, currículum detallado. No es suficiente. La carta dice que si no envío esas pruebas en los próximos 30 días, mi expediente será evaluado tal y como está, y corro el riesgo de que mi petición sea rechazada. Cuánta impotencia. Tengo ganas de decir, quédense con su pinche frontera, y su país (tan despoblado, además), que yo, desde siempre, tuve el mío, y ahí, hay abundancia de cielo, hay sol todo el año, hay fiestas y misterios, hay tradiciones y cuetes, hay procesiones y música, hay paisajes y hay, en cada comunidad y en cada barrio, un lenguaje cifrado. Sólo espero que mi esposo y yo podamos estar, el uno para el otro, por encima de la angustia y el desgaste y la espera.

Después de la descarga encorajinada, aquí les dejo un videíto. Calle trece no me hace muy feliz, pero esta canción, sí que sí.

http://www.youtube.com/watch?v=w6qgro6a8wA

domingo, 24 de octubre de 2010

Cada semana, me toca vivir con una familia distinta. A veces hay que caminar una hora para llegar a la escuela, a veces 40 minutos, a veces hay luz, a veces no, a veces hay letrina, a veces no, a veces toca bañarse con agua fría, a veces con agua caliente. Cada semana vivo con la familia de uno de mis alumnos, y eso quiere decir que en el camino platicamos, y me asomo más de cerca a sus vidas, a veces alcanzo a tocar alguno de sus secretos, todos tan diferentes. Cada semana las imágenes cotidianas cambian, y todos los días o las noches hay alguna sorpresa, un caballo iluminado por el sol de las 5 de la tarde, un grupo de gallinas durmiendo en la copa de los encinos, constelaciones levantándose por encima del horizonte que es la cima suave de un monte, y sus árboles.


Hace poco me tocó quedarme con una de las familias más pobres. El papá camina con un zapato que tiene una abertura horizontal casi todo a lo largo y deja al descubierto el pie sin calcetines. A ese mismo hombre se le escucha silbar con deleite todas las mañanas, todas las tardes, canciones que él inventa, que sólo existen fugazmente. La gente del rumbo le dice, quién fuera usted, para vivir siempre tan alegre y despreocupado. Pero poniendo más atención, por los caminos casi siempre es posible escuchar a alguna mujer o algún hombre, un muchacho o un niño, que cantan a todo volumen, con gusto, en las mañanas, o en las tardes. Mis ojos excesivamente románticos tienden a obviar el drama y las carencias más evidentes, la gente trabaja todo el día, y sobrevive apenas sin lujos, muchas familias están divididas por la migración al norte, muchos de mis alumnos no van a estudiar más que la secundaria. Sucede de todos modos que por las mañanas, por las tardes, alguien silba, las personas cantan, animadas por claridades propias, alegrías secretas.

Mis alumnos son el producto de ese mundo, esas tardes y esas mañanas en las que una claridad o una incógnita suave mueven a la gente a cantar. Entre más los conozco, más los quiero. Y así llego a uno de mis mejores secretos, una de mis verdades más claras. Sonrío con agradecimiento, porque sí, soy bien pinche cursi, y bien pinche rosa, y además, siento ganas de cantar, y sé que todo está bien, y las carencias empequeñecen bajo la luz de una belleza sin complicaciones, imágenes, pinos verdes contra nubes blancas, Jessica usando por primera vez el teclado de la computadora, buscando la “e” y luego la “m”…

sábado, 9 de octubre de 2010

La sensación de un gato que ronronea entre mis brazos.


Café con mucho azúcar el sábado por la mañana, bajo las cobijas.

Dormir con cansancio, dormir voluptuosamente, despertar, ver el reloj, saber que hay un poco más de tiempo para dormir, y en dos minutos soñar largas y complicadas historias.

Oír diez veces seguidas una canción que me gusta, y luego, con un ligero agujerito en la panza, apretar el botón de play, otra vez.

Caminar rumbo a la escuela a las ocho de la mañana, y detrás de la curva del camino, encontrar la visión deslumbrante de un árbol tejido con una luz que no será igual al minuto siguiente, ni al día siguiente.

Tener frío en la noche, sentarme junto al fogón de una cocina de madera, y beber té de guayaba. Tener frío en la mañana y repetir la operación con una taza de café y una gordita de harina.

Instantes de comunicación que parecen especiales, si Andrés sonríe de una manera cuando le digo que es inteligente, o Yalit descubre que le gusta un poema de Neruda, o Brisa aprieta entre sus brazos “La historia Interminable”, o Marco sale a mirar conmigo la Vía Láctea desde el patio de su casa.

Son momentos. No hay idilio. Se encienden, en medio de sensaciones incómodas y pequeños fracasos, clases que no funcionan, frío en la madrugada, la añoranza de espacios que sean sólo míos, intimidad para leer un libro o escuchar la música que me gusta por las tardes. Muchas cosas faltan. Falta desde hace 9 meses mi corazón favorito en el mundo. Falta energía, a veces llego desmadejada a mi casa los fines de semana, y no quiero nada más que la voluptuosidad dulce de caminar en calcetines, y una película, y la libertad para no tener que hacer nada. Todo está irremediablemente incompleto. Mi tesis sigue incompleta. Espero el momento en que me den permiso para vivir en Canadá pero no sé cómo será ahí mi vida, empezando en blanco, una vez más. Sé que hará falta entonces vencer una larga fila de batallas. No hay cima, no hay victoria definitiva. Tampoco es eso lo que quiero. Cambiar, a veces violentamente, de rutinas y escenarios, atravesar épocas con perfumes distintivos, con alguna magia, sencilla, en el fondo: eso es todo. Y es suficiente.

Todavía todavía todavía sueño... con África.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Su voz adquiere un acento de felicidad indescriptible cuando pronuncia palabras como “curry chicken”, o “hot weather”. Es el mismo acento de felicidad que se escucha en la voz de los niños cuando dicen palabras como “helado”, o “vacaciones”.  Tenemos 8 meses mirándonos a través de la pantalla pixelada de la computadora, y nada más. Puedo escuchar cómo cambia el timbre de su voz a  veces, con “bacon”, y  también con “honey”; siento entonces como si se derrumbaran paredes de agua por dentro, como si un planeta del tamaño de Júpiter se comprimiera en mi pecho, y sé que estamos bien.

sábado, 11 de septiembre de 2010

luz-hasta-el-tope

semana número uno

Se llega a la comunidad tomando un camión que sale a las seis de la mañana y cruje y se bambolea mientras avanza. Saliendo de Morelia el camión se mete en la neblina, en la sierra húmeda, no hay paisajes, sólo una densidad gris y la silueta de los árboles más cercanos. El agua flota y con el frío se condensa suavemente en todas las cosas. El chofer es un chavo simpático, irreverente, nos asusta diciendo que la carcachita a lo mejor no avanza hasta donde vamos y nosotras, las dos nuevas “maestras” de La Ciénega, miramos con angustia nuestros mochilones. Pero el camión sube y nos deja a la entrada de la escuela, así que el asunto es mucho menos heroico de lo acostumbrado en el conafe; no hay que subir montañas a pie, no hay que atravesar la sierra por 8 horas para avanzar luego a caballo por 4 horas más. Hay luz, hay dos salones de concreto (uno para la primaria y otro para la secundaria), hay baños, hay lo que se siente como una medida de opulencia. Tengo 17 alumnos, de los tres grados, y soy la única maestra. El Instructor que estuvo ahí el año pasado era un tipazo, no lo conozco, pero se ve que era un tipazo, los chavos no dejan de hablar de él, son un grupo disciplinado, muy despierto, se nota que han aprendido, se nota que tuvieron un maestro chingón. Se me hace un hoyito en la panza pensando en que ahora son mi responsabilidad y no quiero echar nada a perder. Muchos vienen de otros ranchos donde no hay secundaria, y caminan una hora todos los días para llegar a la escuela. Ni uno solo llega tarde. Si les pido que investiguen algo en la biblioteca, investigan de una vez 5 cosas más; quieren retos, me van a traer en vilo. Me he dormido tarde todas las noches preparando las clases del día siguiente, me falta mucho por aprender, quiero ser una buena maestra, aunque sea una maestra más o menos digna de estos alumnos, brillantes, llenos de luz hasta el tope. No hay descanso. Es un trabajo de todo el día, y parte de la noche. Me tiemblan las manos y sueño, muchísimo, sueños modestos: conseguir libros para la biblioteca (que los chavos tengan la oportunidad de disfrutar una buena novela), conseguir documentales, conseguir de algún modo que suba hasta allá una noche un telescopio y que puedan ver algo así como los anillos de Saturno.


La Ciénega está ubicada en una meseta en lo más alto de una montaña. Otras montañas la rodean pero casi nunca se ven porque día y noche en tiempo de aguas todo está cubierto por las nubes, no hay horizonte, ninguna línea, sólo humedad gris. A los diez minutos de estar ahí ya tenía los tenis empapados y los calcetines hechos una sopa. Anda uno siempre con la sensación de estar mojado y tener frío. Pero los últimos dos días salió el sol un ratito y mis pies estuvieron secos, y aparecieron pedazos de la sierra, azules, lejanos. Cada semana una familia diferente se hará cargo de mi alimentación y hospedaje. Esta semana me trataron como reina, me quedé en casa de Doña Juventina, quien tiene un corazón oceánico, generoso. La semana que viene me toca quedarme con una familia de “El Laurel”, que está como a una hora de camino. Todos dicen que ahí está muy bonito. A mí La Ciénega me pareció preciosa así que ahora me muero de curiosidad, habrá que aprevenirse la cámara y tomar muchas fotos.

Estoy enamorada de todos mis alumnos. También estoy enamorada de Doña Juventina.Estoy exhausta. Me siento feliz.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El amor, versión original

Estaba pensando en el fragmento de la novela que usé en el post anterior, y si lo había recordado fielmente. Al leerlo de nuevo me di cuenta de que no le hice justicia, así que aquí van las palabras originales del autor.



Estaba tan excitado que se incorporó en la cama. Teresa respiraba profundamente a su lado. Pensaba que la muchacha del sueño no se parecía a ninguna de las mujeres que jamás había visto. La muchacha que le había parecido íntimamente conocida era precisamente una completa desconocida. Pero era precisamente la que siempre había anhelado. Si existe para él algún paraíso personal, en ese paraíso tendría que vivir con ella. Esa mujer del sueño es el «es muss sein!» de su amor. Recordó el conocido mito de El banquete de Platón: los humanos eran antes hermafroditas y Dios los dividió en dos mitades que desde entonces vagan por el mundo y se buscan. El amor es el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos.


Admitimos que eso es así; que cada uno de nosotros tiene en algún lugar del mundo a su mitad, con la que una vez formó un solo cuerpo. La otra mitad de Tomás era la muchacha con la que había soñado. Lo que sucede es que el hombre no encuentra a la otra mitad de sí mismo. En su lugar le envían, en un cesto aguas abajo, a Teresa. ¿Pero qué sucede si se encuentra realmente con la mujer que le corresponde, con la otra mitad de sí mismo? ¿A quién dará prioridad? ¿A la mujer del cesto o a la mujer del mito de Platón?



Se imaginó que estaba viviendo en un mundo ideal con la muchacha del sueño. Junto a las ventanas abiertas de su residencia pasa Teresa. Está sola, se detiene en medio de la acera y desde allí lo mira, con una mirada de infinita tristeza. Y él no soporta aquella mirada. ¡Siente otra vez el dolor de ella en su propio corazón! Está otra vez en poder de la compasión y se hunde en el alma de ella. Atraviesa de un salto la ventana. Pero ella le dice amargamente que se quede allí donde se siente feliz y hace aquellos gestos bruscos y crispados que le disgustaban en ella y que siempre le habían molestado. Coge aquellas manos nerviosas y las estrecha entre las suyas para calmarlas. Y sabe que abandonaría en cualquier momento la casa de su felicidad, que abandonaría en cualquier momento su paraíso en el que vive con la muchacha del sueño, que traicionaría el «es muss sein!» de su amor para irse con Teresa, la mujer nacida de seis ridículas casualidades.



Seguía incorporado en la cama y miraba a la mujer que yacía a su lado y apretaba en sueños su mano. Sentía hacia ella un amor indescriptible. Ella debía tener en aquel momento un sueño muy frágil porque abrió los ojos y lo miró con asombro.




— ¿Qué miras? —preguntó ella.




Sabía que no debía despertarla, que tenía que hacer que volviese a dormirse; por eso trató de responder de tal modo que sus palabras creasen en su mente la imagen de un nuevo sueño.




— Miro las estrellas —dijo.




— No mientas, no miras las estrellas. Estás mirando hacia abajo.




— Porque estamos en un avión. Las estrellas están por debajo de nosotros —respondió Tomás.




— Ah, en un avión —dijo Teresa.



Apretó aún más la mano de Tomás y volvió a dormirse. Tomás sabía que ahora Teresa estaba mirando por la ventana redonda de un avión que vuela muy por encima de las estrellas
 
 


Milán Kundera, en La Insoportable Levedad del Ser

martes, 31 de agosto de 2010

Otro post en mal inglés

My English skills are much worse than my Spanish ones, but I felt like writing something my husband could understand, so please, bear with me.


Milan Kundera, a writer I’ve quoted far too many times, describes in The Unbearable Lightness of Being (a book I’ve read excessively) peculiar characters with peculiar takes on love. Despite I don’t like the relationship between Tomas and Teresa, I like the way Kundera describes their love sometimes. In some part of the book, Tomas dreams that he is sitting next to a beautiful naked woman. He knows that she is the woman perfect for him, something like his soul mate. In front of them there’s a window facing the street, through the window he sees Teresa crying. He knows, without any threat of doubt that he will jump through the window, abandoning the perfect woman to be with the woman he loves.

That’s love for me. I would jump too, through the window, any window, and all the windows.

sábado, 14 de agosto de 2010

Sinda

El planeta, ya se sabe, es millones de mundos paralelos. Mientras estoy aquí, escribiendo en la cama, escuchando a Arcade Fire (mi querida H. dónde andarás en estos momentos…) sé que hay lugares donde la gente amanece arropada entre las montañas, y camina mucho, todo el día, bajo el sol o bajo la lluvia, para llegar a cualquier parte, a la escuela, o los terrenos de labor, para buscar a las vacas y encerrarlas, para recoger la resina de los árboles o para ir a la capilla. A donde quiera que miren hay una espesura azul y verde. La sierra se oculta a veces en la densidad de los pinos y luego aparece otra vez: montañas infinitas. En los cerros más cercanos está el lugar que llaman “la charanda”, y se ve un manchón de tierra roja entre los bosques apretados entre sí suavemente, como rebaños abundantes, y si uno siguiera hacia la derecha el filo de las montañas, vería los rumbos de “San Diego”, tan lejanos que siempre son grises o azules. El mundo inmediato es un laberinto de brechas pero nadie se pierde, todos saben leer tan bien el camino como los cambios en el cielo y las voces de los animales. No hay luz eléctrica, en una o dos casas hay plantas solares que todavía funcionan y dan para un par de focos en la noche. Hay radios a pilas y una sola estación: “Radio Ranchito”. La gente come reunida en torno al fogón, y abraza a los niños y las niñas más pequeños. Frijoles, o una sopa de pasta, y ya estuvo, tortillas hechas a mano, de maíz molido a mano. Los cuartos de tablitas están pintados por fuera a veces, de rosa suave, de violeta o de verde, en los corredores hay siempre macetas floreadas, carpetas bordadas colgando en la pared, los patios de tierra están siempre barridos y limpios, ahí florean los rosales, y hay árboles de durazno, y de plátano, hay nopaleras opulentas y manzanos (todo lo que se siembra se da, en esa tierra y en ese clima). No hay tele, no hay internet, la realidad es esa espesura verde y azul, hundir los pies en el barro, subir y bajar una y otra vez los barrancos, de ida y de regreso, sentarse a platicar en el patio, jugar con los hermanos pequeños, jugar a las canicas en el recreo, comer con harta hambre, beber con harta sed, hundir la pica en el tronco de los pinos, echar las tortillas al comal encendido. Bromear con inocencia y de buena gana, reír con inocencia y de buena gana. Platicar afuera de la escuela con el muchacho que te gusta. Cargar a la bebé de meses y hacerla sonreír, y sonreír junto con ella. Jugar futbol. Ahí, tan cerca de la tierra, alimentados por lluvias como cortinas blancas, tan cerca de la belleza de un horizonte infinito que los acompaña siempre y que siempre es verde y blanco, azul y verde, que no está oculto por edificios ni concreto, ahí, sin deseos ni necesidades impuestos artificialmente, fortalecidos por el trabajo duro y la sencillez de los lujos, es natural que la gente sea buena. Y la gente es buena.


Los hombres, delgados, correosos, el cuerpo endurecido por el trabajo, las manos encallecidas, usando pantalones remendados muchas veces, calzando huaraches, nos abren su casa con dulzura, se apenan de lo que no tienen, no porque lo quieran o lo necesiten mucho, sino porque no pueden ofrecerlo a extraños como nosotros. Las mujeres, el cabello largo recogido en una sola trenza, se preocupan de que comamos bien, de que tengamos suficientes tortillas. Es imposible no enamorarse de todos, de la forma en que sonríen cuando les dices que donde viven es muy bonito, y la forma en que los papás cargan a la bebé de meses con ternura ilimitada. No hay poses, no hay necesidad de probar nada en las conversaciones, hay sólo buen humor, honestidad sin sombras.

Lo bueno de ir entre varios es que cualquier contratiempo se convierte de inmediato en una aventura. Las tres mujeres contamos además con Raymundo quien es un chavo delgadito y fuerte, y la persona más caballerosa que me pueda imaginar. Nos cuidó todo el tiempo, como hombre de armadura nacido en alguna narración fantástica. Alguna vez tendré que pintar aquí, con calma, su retrato, porque exuda casi demasiada limpieza.

No me alcanza este espacio para hacer una crónica completa y detallada de la semana, pero aquí van algunos flashes breves, tal como dicta la costumbre en este blog:

-Nos hundimos en la brecha, en las montañas, cargados de mochilas y cobijas. En algún punto llegó hasta nosotros un perrito salchicha, y decidió ser nuestro compañero. Cuando avanzábamos, se adelantaba ligeramente como si fuera nuestro guía, y cuando nos deteníamos a descansar, se sentaba bajo un árbol igual que nosotros. Alma lo miró pensativa y dijo, ¿ustedes creen en los nahuales? Daban ganas de creer en los nahuales, y agradecer a quienquiera que fuera la sensación protectora, la compañía.

- Nos alumbramos en la cocina con un ocote encendido, comemos tortillas de harina recién hechas, y bebemos nescafé caliente. Sentada junto al fogón está la familia que nos abrió su casa, Don Gregorio lleva en los brazos a su hija más chiquita, Celina, y le habla con dulzura. Esa bebé nunca llora por más de dos segundos porque siempre hay brazos que la arropan y la consuelan de inmediato.

-Amanece. Todo es azul y gris. Frente a nosotros, justo detrás del marco de la puerta se despliegan las montañas, húmedas por la lluvia nocturna. Se levanta la neblina en bocanadas ligeras flotando por encima de los bosques, que son racimos verdes.

-Los niños juegan a las canicas en el recreo. Es dificilísimo tomarles fotos porque se mueven constantemente de un lado a otro siguiendo las jugadas de sus compañeros. Se dan cuenta de que traigo la cámara y sonríen. Quieren ver las fotos, se mueren de la risa viéndose a sí mismos. En menos de un minuto tengo alrededor a un grupo curioso de niños y niñas, les pregunto si quieren que les tome fotos y aceptan con una sonrisa abierta, o con un gesto tímido, después corren a verse en la pantallita de la cámara y se mueren de la risa otra vez. Es muy fácil divertir a niños como estos.

-Raymundo acaba de explicar a una alumna de secundaria eso de las unidades de millar y de millón. Voltea a verme con los ojos muy brillantes y una sonrisa indescriptible y me dice, “yo creo que sí me va a gustar esto de ser maestro”.

- Nos toca quedarnos en casa de Doña María Mercedes, su casa está a 45 minutos caminando de la escuela. Estamos sentados en el corredor, preparando material para la clase del día siguiente. Lupita le enseña a Itzel, una niña de dos años, cómo se hace con los dedos la sombra de un conejo. Itzel juega a imitar la sombra con sus dedos chiquitos, y a perseguirla por el suelo y pisarla con un zapatito blanco. Se acerca el esposo de Doña Mercedes y se apoya en el barandal de madera para platicar con nosotros. Es un hombre muy alto y delgado, los huesos de su rostro son fuertes y están bien delineados, tiene la piel morena y los ojos brillantes. Le gusta hablar de sus experiencias en el norte. Conoce mejor el otro lado de lo que conoce México. Trabajó en California, en Chicago, en Washington, en Florida, en Nueva York. Antes era relativamente fácil cruzar y él iba y venía sin sufrir demasiado. La última vez sí estuvo canijo, tuvo que atravesar el desierto, caminó día y noche por tres días, pero sólo llevaban agua y comida para dos días. Se acuerda de una mujer que cargaba a una niña chiquita, la gente se turnaba para ayudar a cargarla. No se murió nadie esa vez, pero desde entonces él prefirió no intentarlo de nuevo. Estaba en Nueva York, no muy lejos de la ciudad, cuando fue el atentado a las torres gemelas, no dejaban salir del país a los ilegales, les decían que a lo mejor les iba a tocar ir a pelear a la guerra, les ofrecían papeles si se iban de soldados.

-Nos acompañan Imelda y Bernarda, hermanas que rozan los dieciocho años y van en segundo y tercero de secundaria. Nos toca comer en su casa. Para llegar ahí hay que bajar por senderitos lodosos un barranco profundo y luego subirlo de nuevo. Lo que a ellas les toma treinta minutos a nosotros nos lleva casi una hora de camino. Raymundo hunde un pie sin querer en el lodo y pierde su zapato. Nos reímos mucho, todo el tiempo, por cosas como esa.

-Nos agarra la lluvia cuando regresamos hacia la escuela. No tiene caso defenderse del agua, en unos segundos estamos completamente mojados. El bosque es azul alrededor nuestro. Caen los rayos, muy cerca. En algún punto el camino se ilumina por una luz blanca y rosa y el estruendo es profundo; ése ha caído demasiado cerca.

-Hay que dejar salir a los niños temprano porque vino el sacerdote y habrá misa. Toda la comunidad está en la capilla. Dan mucha ternura, vestidos con sus mejores ropas, recién bañados, escuchando con una atención completa, inocente.

-A base de “raites”, viajando en la parte trasera de las camionetas, de pie, agarrados a los barrotes de metal, comiendo el paisaje, llegamos al filo de la noche a Villa Madero. Ahí desemboca la sierra, se juntan las tierras calientes y las frías, hay pinos y también huizaches. Hay trocas cuatro por cuatro en todas las calles. Narcocorridos a todo volumen. Adolescentes en moto y en cuatrimoto. Tomamos un taxi destartalado hasta Morelia. El chofer es un ser irreverente, simpatiquísimo. Viaja con un amigo suyo en el asiento delantero. Le explica que vino a Villa Madero “a echar rostro nomás”. Ya demasiado tarde nos damos cuenta de que al coche le falta un faro adelante y otro atrás y que las llantas están a punto de salir de su eje, así y todo él hace la mímica de unas carreritas rebasando por la derecha a un camionetón negro del año.

-Entramos a Morelia. Asfalto, casas de cemento apretadas entre sí. Hace mucho, un hombre de una comunidad me dijo que Morelia es muy feo, y después de estar en la sierra, de acostumbrarme a ver verde en todos lados, de tener alrededor un horizonte deslumbrante, les doy toda la razón. Las ciudades nunca van a ser tan bonitas como el campo, sobre todo ese campo monumental que se hunde en las montañas, sin cambiarlas demasiado.

sábado, 7 de agosto de 2010

A post written in bad English, meant for my husband.

You are everything which is stroke by the wind

where the water brakes, where salt is amassed

but you never brake you are sweet

you fly, and you carry the sky     on your back.

You remind me of an ash’s seed,

in a sharp winter, in a cement crack

which springs a tender arm

and spreads out beauty

into gray, blind

nights.

Mi reino por una letrina

Casi se me había olvidado cómo se siente esta forma específica de agitación sanguínea. Los dedos se estiran como queriendo desprender sus falanges para alcanzar lo más pronto posible la otra orilla del umbral siguiente, dan ganas de hacer tantas cosas, y de empezar a hacerlas de inmediato. Sueño despierta sin querer y sin descanso, tejiendo proyectos unos sobre otros en torres inclinadas, que culminan en alguna lámpara suave, una vela arropada en un quinqué. Esto también es la felicidad. Ahora me acuerdo. La vez pasada que estuve en conafe, hace ya varios años, también fui feliz. Todavía no me asignan una comunidad, pero este lunes salgo tempranito para la sierra en viaje de prácticas. Somos cuatro, y sólo sabemos que a donde vamos no hay luz eléctrica, y que hay que subir y bajar un cerro a pie, para llegar a la escuelita donde daremos clases durante la semana. Conozco la brecha que se abre paso en la sierra, pero me cuesta trabajo recordarla. De ese camino sólo recuerdo una sensación general de deslumbre, y alegría. Recuerdo con más detalle momentos muy específicos, por ejemplo, ir a caballo por un sendero en lo alto de una montaña a la hora del atardecer en que todo es rojo, y encontrarme en medio de un bosque completamente rojo, y mis manos y las correas de la silla, y las orejas del caballo y las siluetas de mis compañeros y de los campesinos que nos acompañaban eran rojas, y el horizonte gigantesco, interminable, mostraba una tras otra hileras de montañas que también eran rojas.


Ayer, mientras hablaba por teléfono escuché maullidos roncos en la calle. Poco después vi con alivio a mi mamá entrar al cuarto con un gato arropado contra su pecho. Es la cosa más flaca, más triste, más dulce, que he visto en mi vida. Mi mamá lo rescató, literalmente, de las fauces de un perro. Se le sienten todos los huesos del cuerpo, tiene un ojo infectado y amarillento, y ronronea todo el tiempo.

Y además, si alguien estaba interesado en saber, a mi marido ya le llegó una carta oficial donde la burocracia migratoria lo acepta como mi sponsor, así que las cosas avanzan y la frustración retrocede un poquito y la esperanza respira con alivio y da tres pasos cautelosos hacia el frente.

Este es el post más optimista que me había dado el lujo de escribir, desde enero, y era ya una cuestión de supervivencia darle chance al corazón de que se agite, y esté vivo. Y aquí estoy, arropada en el mediodía nublado de este sábado a principios de agosto, nerviosa y feliz, agitada y feliz. Espero que todo salga bien, que no nos muerda una víbora, que no nos salgan los narcos, y que por favor por favor por favor haya una letrina allá a donde vamos. Nada me preocupa tanto como eso. La vez pasada que fui instructora, nada me preocupaba tanto como eso. Hay lugares donde el baño es todo el monte, y cualquiera puede interrumpir sin querer el momento en que andamos con el trasero al viento tratando de cumplir con funciones fisiológicas impostergables. Tenía pesadillas al respecto, seguí teniendo sueños angustiosos sobre la necesidad de ir al baño incluso cuando ya no era instructora comunitaria y había a mi alcance retretes y comodidades urbanas y modernas. Según lo que recuerda nuestro capacitador, Sinda (así se llama la comunidad a donde vamos) tiene por lo menos una letrina cerca de la escuela, pero la última vez que él estuvo ahí, había un panal de avispas abajo. Posición más vulnerable al piquete de las avispas no me puedo imaginar. No sé qué es peor, las avispas o la falta de privacidad. En fin en fin, si todo sale bien (y no es éste un eufemismo escatológico), aquí estaré de regreso en una semana.

jueves, 15 de julio de 2010

Otro poquito de miedo

Desde este lunes, me preparo para convertirme en Instructora Comunitaria en el Programa de Secundaria, del conafe. Soy, sin duda, la veterana del grupo, casi todos mis compañeros tienen menos de 25 años (el más joven todavía no cumple 18). El programa recluta a chavos que terminaron al menos la preparatoria y los manda a dar clases de secundaria a micro-comunidades rurales en zonas aisladas del estado. Quienes completan este servicio social a lo largo de todo un año, ganan una beca para seguir estudiando, por tres años más. La mayoría llega aquí porque es el único vehículo que conocen para continuar con su educación. Muchos de mis compañeros vienen de ciudades pequeñitas o comunidades rurales. Aún así, se van a dar clases a lugares mucho más pobres, completamente incomunicados. A veces, lleva todo un día llegar a estas micro-localidades; hay que tomar una camioneta (la “pasajera”) y viajar por 7 u 8 horas a través de la sierra, siguiendo brechas que se inundan en época de lluvias, y luego, avanzar a pie por pequeños senderos por tres o cuatro horas más. En estos lugares no hay luz (no hay tele, no hay, desde luego, internet), no hay clínica, no hay doctores. No hay escuelas federales, no hay maestros de la SEP, hay chavitos del conafe. Si alguien quiere, alguna vez, asomarse a la humanidad más resistente y luminosa, podría acercarse a algunos de estos chavos. Me gusta el grupo en el que estoy. Miguel es originario “de un pueblo”, y para estudiar la prepa, se metió al seminario. No es que quiera hacerse sacerdote, es que esa era la puerta que se le abría para estudiar. Después quiso entrar al ejército (la otra puerta de salida), pero no lo aceptaron porque todavía no cumple los 18, y usa lentes. Así que entró al conafe. Despide una energía cálida y serena. En las capacitaciones, desde las 9 hasta las seis de la tarde, sobrevive con una bolsita de cacahuates japoneses. Juan estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Michoacana, pero todavía no se titula, viene de una zona rural, y su escritor favorito es Juan Rulfo. Tiene una mujer que también está en conafe, y una hija de dos años. Ya fue Instructor del Programa de Primaria, y luego Capacitador (o sea que fue elegido como uno de los mejores instructores de su generación, para encargarse de la capacitación de otros instructores al año siguiente). Es tímido, su timbre de voz es tembloroso, pero dice cosas inteligentes. Sonríe con dulzura. Sabe escuchar a los demás. Nunca va a la tienda en los descansos, a veces no sé si come, hoy me confesó que no le alcanzaba para el transporte de regreso a su casa. No he platicado todavía con Reyes (ése es su nombre, no su apellido), pero me impresiona la responsabilidad con la que asume todas las tareas, este es su segundo año como instructor de secundaria, se nota que le gusta, se nota que le gusta hacer bien las cosas. Sus comentarios son inteligentes, a veces tartamudea un poco (también es tímido), pero es muy simpático y cuando participa en la clase nos hace reír. Cuando le tocó escoger una lectura para compartirla en voz alta con el resto del grupo, nos leyó un fragmento del “Canto a mí mismo”, de Walt Whitman.


Este es el inicio de mi tercer año como instructora del conafe. Cuando terminé la prepa, di clases de primaria por un año, y luego entré a un programa de cultura itinerante al año siguiente. Fueron épocas luminosas. Vengo de la ciudad, mis padres tienen formación universitaria, crecí rodeada de libros, y mi educación siempre fue algo que podía dar por sentado. Entré al conafe desde una posición privilegiada, aunque la beca que gané me fue muy útil cuando estuve viviendo sola en la ciudad de México, estudiando Antropología Social.

Mi papá también tiene una relación larga con el conafe. Cuando él tenía 25 o 26 años, y yo estaba recién nacida o a punto de nacer, dejó la ciudad de México para irse a la sierra tarahumara, en Chihuahua, a un programa diseñado para llevar educación a niños y jóvenes indígenas, que se llamaba “la casa-escuela”. Mi papá era feliz recorriendo la sierra a veces en un vocho verde escarabajo, a veces a caballo, y mi mamá aprendió a sacar agua congelada de la noria partiéndola con un hacha, en el invierno. Ahí, en Creel, nació mi hermana. Unos 15 años después mi papá regresó al conafe, esta vez para trabajar en las oficinas centrales de Michoacán, como encargado del área educativa (gracias a él supe que el programa existía). Hace más o menos un año renunció, después de lidiar con una administración central estúpida y demagógica que se llevó al conafe en picada más o menos desde el sexenio de Fox. No sólo era que las becas no les llegaban a los instructores (instructores que no tenían como pagar su hospedaje o su comida o su transporte durante las capacitaciones mensuales), o que el material nunca llegaba a tiempo a las escuelas, y los niños no tenían lápices o libros para estudiar. Era también que los de hasta arriba se negaban al uso del sentido común. No es dinero lo que le hace falta a mi país, sólo tantito sentido común. Hace falta que el poder para tomar decisiones esté en manos de gentes que quieran usar un poquito de sensatez para mejorar las cosas, en manos de personas que no sean políticos, que no tengan un gramo de políticos. Creo que las cosas tampoco van muy bien en la delegación de Michoacán, y gente muy chingona, muy valiosa, gente con la que compartí aventuras como instructora comunitaria, también está dejando las oficinas del conafe. Ellos van de salida, y yo de regreso.

A veces siento otra vez un poquito de miedo. Pero el miedo parece ser, en mi vida, el anuncio de épocas intensas, deslumbrantes a su manera. Llevo 4 días en esto y ya se me cae la baba, por gente como Reyes, y Juan, y Miguel. Los miro. Me pongo a pensar en las comunidades donde los niños muy probablemente jamás verán las estrellas a través de un telescopio, niños brillantes que reciben menos educación, y menos todo. Acabo pensando en la injusticia, y me pregunto cómo le vamos a hacer, si es posible, algún día, para que nos gobierne el sentido común y no los políticos, o el dinero. En fin. Escribo otra vez con la promesa de trepidación creciente, sangre acelerada, todo eso. Escribo con esperanza.

domingo, 4 de julio de 2010

íntimo compás existencial

No es lo mismo ver todos los días la ciudad donde crecimos, por ejemplo, con su polvo, con el ruido de sus coches, sus tinacos y sus tendereros, que verla a través de la distancia. La memoria lo ilumina todo subjetivamente, y recordamos, más bien, la luz roja de una tarde sobre edificios viejos, madrugadas veloces, jacarandas en flor, rostros queridos. Conforme pasa el tiempo sobre nuestros recuerdos, los editamos delicadamente, sin darnos cuenta. Lo que pasa con la distancia es que enciende las cosas. Así ocurre con todo. No recuerdas los días en que no hay agua en el edificio, recuerdas la risa de tu vecina, una niña espléndida, y cuando piensas en ella, no la recuerdas cuando tenías mucha tarea y ella te interrumpía todo el tiempo, la recuerdas haciendo caras chistosas para que le tomes fotos. Así es nuestra naturaleza, los cristales de la ventana a veces son azules (a veces grises) a veces dorados. A mí, casi siempre, me gustan esas distorsiones. El amor es la más dulce de todas. Otros ven a un hombre de cabello oscuro, o una pelirroja, gracioso, o risueña, que trae el cabello revuelto, o jeans desgastados, pero tú ves en él, o en ella, por encima de todo, poesía. Si miráramos al mundo con frialdad matemática se nos escaparía una parte de su belleza.


Está también aquello que dijo Thoreau: “Rather than love, than money, than faith, than fame, than fairness… give me the truth” – no he leído a Thoreau, pero recuerdo la frase porque aparece en “Into the wild”, una película que adoro. Ahora, pensando en el significado de la verdad, me pregunto, por ejemplo, si el amor la descubre, o la disfraza. Como estoy enamorada, me respondo que la descubre. Me acuerdo, entonces, de una escena en “Belleza Americana”, Ricky (un personaje que también adoro) filma una bolsa de plástico que baila con el viento. La frialdad matemática diría: esa es una bolsa de plástico que empuja el viento. Ricky (el delicioso Wes Bentley), dice: eso es lo más hermoso que he filmado en mi vida. Y yo, romántica incorregible, le doy la razón a Ricky, y creo que la verdad está de su lado. Ricky dice: “sometimes there’s so much beauty in the world I feel like I can’t take it, like my heart is going to cave in”. Eso le ha de pasar a los que se enamoran, y también a los astrónomos bajo sus telescopios, o los químicos sobre sus microscopios, a los que escalan montañas, y a los que caminan por callejoncitos. Según yo, la verdad no es una deconstrucción indiferente, sino un descubrimiento que conmueve.

Ahora, la imagen, la voz de J., encendidas por el amor y además por la distancia, me traen todo el tiempo dulcemente oprimida. Me llama todos los días, incluso varias veces al día, y cada vez que suena el teléfono, sin excepciones, se me acelera el pecho, parezco adolescente. No cabe duda que los sentimientos son una luz intensa, lo que sentimos se proyecta sobre nuestras imágenes ampliándolas, cinematográficamente. Todo el mundo sabe que los sentimientos “nublan la razón”, y por algo son famosas frases como “ojos de mamá cuervito”, o “el amor es ciego”. Estoy consciente de que este enamoramiento cinematográfico de ahora, irá pasando con los años a algo mucho más cotidiano y mucho menos dramático. Y mi esperanza es que también entonces, todos los días, la verdad que descubrí en él me siga conmoviendo, llenando mi pecho hasta el tope, y que entonces como ahora, yo ande por ahí en todas partes, dulcemente oprimida.

Esas opresiones dulces, de hecho, son mi compás existencial. No sólo tienen que ver con el amor. Siempre y cuando pueda conmoverme, todavía, por una conexión con alguien, por un cachito de bosque o un edificio viejo, por un libro, o una película, por el enfrentamiento de algún David contra algún Goliat en el mundo, por la figura de la camioneta destartalada que pasa a vender pan todas las tardes, o por una canción que me gusta, sé que en el fondo, estoy bien.

viernes, 25 de junio de 2010

silencio

Para sobrevivir a lo que haya que sobrevivir, ayuda mucho tener uno, o dos, o más héroes, al lado. Cuando era más joven y me tendía, exactamente como ahora, a imaginar mis futuros probables o imposibles, me preguntaba si alguna vez iba a hacer algo verdaderamente heroico. Me respondí poco a poco en la historia que a fin de cuentas acabé viviendo, que no iba a luchar por una salvación multitudinaria; que no era lo suficientemente valiente y desprendida como para unirme a una guerrilla, por ejemplo. Que no tenía la audacia para salir demasiado de los límites sociales, legales, impuestos por el mundo, y que iba, a lo más, a escribir ligeramente por encima del renglón, de vez en cuando en los márgenes. Que no iba a ser famosa, que mi foto no iba a aparecer en playeras o carteles, que nadie iba a hacer una película basada en mi vida, actuada por estrellas hollywoodenses. Agradezco a los héroes que fueron, o son, hogueras, maravillosos derrumbes, imágenes sobre las que podemos volver muchas veces para reconciliarnos, aún, con esta incierta especie de los humanos. Pero yo quiero hablar de otros héroes. Quiero escribir acerca de los corazones heroicos que nos acompañan, que están al pie de nuestros acantilados. La gente que nos quiere sin condiciones de por medio. La gente a la que podemos regresar siempre que tengamos frío, o cuando estamos enfermos, si tenemos un raspón en las rodillas, o se nos fractura la esperanza en turno. Alguna vez haré la relación completa de mis héroes particulares, cotidianos; vale más la pena, sin duda, que la relación completa de los saltos ciegos que llenan este blog.


Hay corazones, pechos, que he conocido por mucho tiempo y de todos modos, me deslumbran. Adoro, por ejemplo, el ajetreo cotidiano de las manos de mi mamá. Esas manos salvan gatos de la calle, plantan todo tipo de cosas con la ilusión de que crezcan (hace dos días, llegó resplandeciente con una vid entre los brazos, decidida a cosechar uvas en el jardincito de su casa). Esas manos, también, diseñan mecanismos ingeniosos para tapar goteras, arreglar relojes de pared, hacer funcionar la palanquita del baño, usando materiales heterodoxos como rocas, o botones. Esas manos inventan móviles delicados con cuerda, palitos de madera, aretes que se quedaron sin el par, y me recuerdan las cosas que haría Horacio Oliveira con sus hilos de colores, antes de prenderles fuego. Ella, además, parece incapaz de derrumbarse, o dejar de querer; sin importar la dureza o la melancolía que le pongan enfrente, su vitalidad explosiva la mueve siempre a bailar en la cocina, a mirar el mundo con calidez infinita.

Así que es bueno estar en Pátzcuaro, y tenerla cerca. Este es un mundo dulcificado, suave. Se escuchan cosas como los grillos. Viviendo por varios años en la ciudad de México casi había olvidado qué se siente mirar al horizonte y sentirme seducida por una imagen de belleza y serenidad sencillas. A donde quiera que mire hay manchones verdes de bosque o montañas sobresaliendo entre la niebla. Cuando camino hasta el centro, y veo la Plaza Grande, y calles empedradas al fondo que suben hasta ex colegios jesuitas, o iglesias, recuerdo que Pátzcuaro me gusta mucho. Es un mundo que se teje sin choques con el cielo a veces azul, a veces gris. Aquí es posible, a ratos, olvidar el mundo. Y eso es precisamente lo que ocupo. La ciudad de México va a ser, siempre, mi ciudad, pero requiere de mucha energía, nada más para resistir sus embestidas, para seguirle el paso a sus estímulos. Necesito hundirme, por un rato, en un mundo que sea más bien ligero, que no pese, que no aturda. Un mundo que me ofrezca silencio para pensar.

Cuando vivía en la ciudad de México y sentía mucho ruido en mi cabeza, o alguna emoción en la panza jalando aire, mi medicina era siempre caminar. Ver el cielo encima de los edificios, el temblor de un árbol junto a la banqueta, los rostros de las personas. Entonces, recrear un poco de silencio era siempre un ejercicio de abstracción, un poco patético quizás entre el motor de los coches y las prisas de la gente y los hacinamientos de concreto. Aquí ocurre naturalmente. Aquí hay alivio apenas me asomo por la ventana, y veo un pedazo húmedo de bosque que se mece contra el cielo. Aún así, a veces, cuando me entero de exposiciones y fiestas o conciertos en mi querido defectuoso, se me tuerce el estómago de envidia (qué le vamos a hacer, no se puede tener todo).

Las épocas que mejor me sientan son más bien rojas, sangre acelerada, ojos que se humedecen con imágenes nuevas y así por el estilo. Es entonces, creo, cuando soy más feliz. Ahora, todo es más bien de un azul pálido, pero está bien. Cuando esté otra vez en el centro de los huracanes que vienen, y viva entre prisas y deslumbres, voy a extrañar, estoy segura, este mundo que se abre siempre que lo necesito, como un refugio, sin demandas.

martes, 22 de junio de 2010

patear un poquito al corazón


En “antes del anochecer” (¡mis referencias son siempre las mismas!), el personaje de July Delpy platica con el personaje de Ethan Hawke acerca de un viaje por Europa del Este, cuando aún era parte del bloque comunista. La televisión estaba en un idioma incomprensible, no había nada para comprar, ningún anuncio en las calles urgiéndola al consumo, y todo lo que podía hacer era caminar, y escribir en su diario. Por primera vez en un mundo donde nadie la empujaba a perseguir antojos o demandas, las ideas fluían velozmente, su cerebro no tenía que resistir asedios, estaba claro y descansado, y era como estar bajo los efectos de una droga, sin necesidad de drogas. El personaje de Ethan Hawke (gringo), dice que siente como si su cultura lo programara para estar todo el tiempo un poco insatisfecho; lo que tenemos nunca es suficiente, y siempre podemos tener algo más, no hay que ser felices ahora, sino después, cuando crucemos a los pastos más verdes de la cerca de al lado, y luego a la de al lado, en una carrera sin fin, sin descanso. Y entonces, ¿tienen razón los budistas? ¿No somos libres del todo hasta que nos liberamos de las cargas del deseo? El personaje de July Delpy responde: ¿no es la ausencia de deseo un síntoma de la depresión? Desear, ya sea un par de zapatos o más intimidad con otra persona, es lo que nos recuerda que estamos vivos, y tenemos ganas de seguir viviendo.

Esa conversación me da vueltas en la cabeza porque llevo semanas sin desear realmente, nada. No siento ganas de buscar a mis amigos, de salir o bailar, de ver películas, o abrir una nueva novela. Nada. Mi corazón está en blanco. No creo que esté llegando a los límites de una iluminación espiritual estilo Nirvana. Creo, más bien, que estoy muy triste. La ausencia de deseos es una señal de alarma. Pero abrir la compuerta de los deseos es abrir la caja de pandora. Lo que más quiero está lejos, indefinidamente. Si empiezo a desear, me va a doler mucho más esa distancia. Así que me llevo la vida despacito, en estado semi-despierto, con el corazón adormecido, para que el corazón aguante. La hibernación como método de supervivencia.

Es la diferencia entre existir nomás, o estar viva. Aquí enfrente, inmediato, está el umbral para una definición interior. Quién sabe qué inmensa fragilidad o cobardía me mueve a ratos a los estados de latencia. Como si todo doliera demasiado. Pero siempre me dije que valen la pena las tormentas, cuando cae el agua y nos cala, sin impermeable, sin acurrucarnos tras la ventana. Me prediqué cosas como los naufragios, escribí líneas del tipo “quemar las naves del pecho, y perderlas al fondo del mar”. En el discurso, al menos, me inclino a favor de la valentía. Mi definición íntima de la felicidad es la antítesis del adormecimiento (eso también lo digo todo el tiempo); sé, sin duda, que vale la pena no sólo sentir, sino sentir en grande, sentir con todo el sistema nervioso. Y vivir con premura, consciente de la brevedad de todas las cosas. No puedo pasar este tiempo reduciéndolo a espera, mirando el reloj cada dos minutos. El tiempo sólo se va rápido cuando lo vivimos y lo disfrutamos, y para disfrutar, hay que abrir la caja agridulce de los deseos.

Por aquí llueve. No hay tormenta, pero llueve, todos los días. Pienso en la historia particular de mis golpes y mis huracanes, y no es en realidad la tormenta lo más difícil, sino la lluvia que cae sin descanso, la sensación gris de una llovizna que no acaba. Ya sé que prometí menos auto conmiseración, pero la única forma que conozco para liberarme de los arranques de tristeza es escupiéndolos en palabras y palabras, como éstas. Lo que hace falta ahora es una sacudida, patear al corazón un poquito, para que despierte.

sábado, 19 de junio de 2010

a mí sí me gusta el mundial

Una nota en las noticias del canal once subraya lo evidente: el futbol nos hace olvidar momentáneamente la inseguridad, la crisis, la injusticia, los zetas. La cámara pasea por los rostros de la multitud reunida en el zócalo de la ciudad de México para ver el partido contra Francia. Cae el gol y todas las caras se iluminan, y la gente grita y salta y agita los brazos. Hay quienes afirman, quizás con cierta justicia, que el futbol es puro escape gratuito, receta fácil para el adormecimiento de las multitudes. A mí, la verdad, me conmovió la explosión de alegría, y cada vez que la tele mostraba a la gente intoxicada por la euforia del gol, me sentía un poquito intoxicada también. Vi el partido, desde luego, caminando nerviosamente, y aplaudí y grité con las anotaciones, igual que medio mundo. Sí. Somos un pueblo madreado, un país madreado. Sí. El futbol no corrige en nada la realidad en la que resbalamos todos los días. Pero qué bonito es que se abran de pronto ventanas breves para la felicidad colectiva.

El futbol, hasta eso, además de universal, es democrático. Los equipos se enfrentan en igualdad de condiciones, y ocurre que México domina a Francia, que Ghana y Australia empatan. Nada que ver con la realidad. He ahí el encanto. Hay un millón de experiencias que sin ser la realidad, son bellas, como las dos horas de una buena película, o los quince minutos de un buen poema. La belleza del futbol no tiene que ver con las ideas; es físico, inmediato, en cierta medida accidental, y arbitrario. Hay quienes piensan que mientras sumergirse en una novela es una forma de escape inteligente, sumergirse en los partidos de una copa mundial es una forma estúpida de escape. Uf, demasiada seriedad, demasiada solemnidad. Uno de mis recuerdos favoritos es este: la primaria donde estudié organizó un paseo para alumnos y ex alumnos y sus familias a la orilla del lago de Chupícuaro. Empezó a llover, y no sé cómo, acabamos jugando todos un partido de futbol de lo más caótico con el agua hasta las rodillas. Euforia pura. El futbol no es un placer sofisticado, es un placer sencillo. Es, ante todo, un juego. He ahí su belleza.

miércoles, 9 de junio de 2010

punto cero cero cero cero cero dos por ciento

Hoy por la mañana, salí con mi papá a caminar al “Estribo Chico”. Desde que mi hermana y yo éramos niñas, mi papá nos llevaba hasta la punta de ese cerro, a través de caminitos de tierra colorada, y lomas que se desmoronaban bajo los pies, para descansar en un claro en la cima, sobre un conjunto de piedras planas, siempre las mismas. Me gustó caminar y al mismo tiempo caminar a través de la memoria, por un trayecto que es el mismo y es distinto, y que empezó siguiendo la silueta de mi padre cuando había que dar muchos pasitos rápidos por cada zancada suya. Por muchos años no volví, hasta esta mañana.

No crean que no me doy cuenta de lo inocente que resulta mi vida, sobre todo ahora. No crecí en una pintura perfecta, pero sí tuve una infancia feliz. Mañanas como la de hoy se sienten llenas de luz, y traen encima una felicidad serena que se multiplica en caminos que se multiplican en el reflejo del reflejo del recuerdo del recuerdo del último déja vú. Este blog sería sin duda más entretenido si describiera madrugadas veloces y claroscuras en lugar de mañanas claras con reminiscencias de mi niñez. Ya lo sé. Sólo tenía ganas de escribir: estoy bien, he decidido bajar el volumen a los discursos de auto-flagelación. Prometo posts más interesantes en el futuro, próximo. No pierda usted la fe ni la esperanza, amabilísimo lector. Después de todo, ahora me doy cuenta, yo tampoco pierdo la fe, ni la esperanza (lo cual me mantiene bastante cursi, ad infinitum). Como se sabe, todos los átomos de nuestros cuerpos vienen de los átomos de la explosión con la que inició el universo. Así que en esencia, estamos hechos de materia vieja, más que milenaria; alguien famoso dijo que somos polvo de estrellas. La reencarnación de las almas quién sabe si existe, pero podemos contar al menos con la reencarnación de la materia. A veces, me da por fantasear con los orígenes de mi conjunto específico de átomos, algo así como: 1.5% de los restos de algún venado, 3% de cometa, 1.4 % de mamut, 3.1% de un gitano, 0.3% de trilobite, 2% de supernova, 1% de fresno o jacaranda, 0.3% de alguno de esos atunes que nadan cuesta arriba, 2% de una bailarina de ballet, o de un marinero. ¿Y si me hubiera tocado el .000002 % de algún artista del pasado? Hay días en que me miro muy generosamente y sueño con un milimétrico porcentaje de Rimbaud o Kerouac, un poquito de alguna de sus uñas o sus pulmones, por ejemplo, pero hay otros, como hoy, en que me da miedo que mi .000002% venga de Norman Rockwell: una tras otra, puras escenas de bondad idílica. Creo más bien que en el hígado o la vena cava, cargo con unos poquitos átomos de algún músico vagabundo, que nunca se hizo famoso, y que no se definía a sí mismo sólo como músico, pero a veces, la gente en la calle se detenía para oírlo tocar.

sábado, 5 de junio de 2010

la cumbre del amor

Alguien que conozco dijo que en la vida uno puede ser muchas cosas, pero ser víctima, eso sí qué hueva. Cada vez que siento las olas de lo que parece un océano de tristeza quebrándose en mi pecho o detrás de mis globos oculares, recuerdo que ser víctima da mucha hueva. Ser autocompasiva, qué hueva. Tejer una letanía de quejas, qué hueva. Ser víctima en público, ante lectores más o menos anónimos, qué hueva. Pero sí. Hace casi cinco meses que no veo a mi marido, y extrañarlo es una tarea exhaustiva, que dura todo el día, todos los días, y no tiene fin, ningún fin claro y definido a la distancia, y cada vez que hacemos la cuenta parece que le debemos más tiempo a la burocracia migratoria de lo que creíamos, y el estómago se me cae hasta las rodillas y luego se me desploma otra vez. Y hay momentos, hoy, y ayer, por ejemplo, en que de veras no me queda energía para nada más y todo lo que quiero es acurrucarme un rato bajo las cobijas, como víctima apropiada de mis circunstancias. Y eso que si de algo he pecado en mi vida es de romántica-optimista, y podría decir por ejemplo que estamos creando la expectación perfecta para la más larga y deliciosa de las lunas de miel, una vez que tengamos derecho a hacer nuestra vida juntos. Voy a apreciar todo, todos los detalles diminutos, todas las pequeñas irritaciones. Porque extraño todo. La distancia ha coloreado todo intensamente. Alguna médula en el hueso del fémur o la pelvis o el omóplato, alguna parte inconfesable de mi cuerpo creyó desde el principio que el amor debía ser un poquito como ahora, un poquito de Cumbres Borrascosas, un poquito de Por quien doblan las campanas, y tres días rojos, sólo tres para siempre, para el guerrillero y su mujer. Alguna de mis partes más ingenuas sonrió, hace mucho tiempo, pensando en heroínas y héroes apasionados, cabalgando por campiñas inglesas, o España durante la guerra civil, y que se mueva la tierra cuando haces el amor con alguien que puede morir al día siguiente. Aunque creo todavía que esa intensidad y ese drama aparecen una y otra vez en un sinnúmero de historias reales, mi vocación amorosa está sin duda en otro lado. Yo lo que quiero, con toda el alma, es cotidianidad sin adornos. Cocinar la cena, masajear la espalda adolorida, remendar calcetines, ver películas viejas en la tele, oírlo silbar sin descanso, oírlo cantar en la regadera. Ésa, damas y caballeros, es la cumbre del amor, y todos estos meses intensos y dramáticos, son sólo su preludio.

martes, 18 de mayo de 2010

música

Poco a poco mi vida, al menos este futuro inmediato, se despeja, y por aquí, los días se han puesto nublados, y llueve a veces, y el polvo se aquieta y los cerros verdes tras la ventana palpitan con algún secreto descanso, y el mundo se suaviza. Y el tiempo sigue pasando, circular, al ritmo de la calle principal del barrio, la melodía de los camioncitos con altavoces: el gaaaaaas, la basuuuuraaaaa, el aaaaguaaaaa, naraaaanjas de jugo y para jugo, una voz profunda casi susurra que trae truchas frescas desde el lago, y otra voz compra "toda clase de fierro viejo que ya no le sirve, que a usted ya le estorba, estufas, lavadoras, refrigeradores, monedas antiguas, baterías, cobre, bronce, hasta la puerta de su hogar venimos señora" , y una camioneta avanza lentamente vendiendo el periódico local con noticias de último momento: “En la colonia Morelos, en Pátzcuaro, un delincuente se robó una camioneta de lujo, al huir por la carretera se volcó y ahora lucha por su vida en el hospital”. Pero mi favorito, sin duda, es el del pan, que pasa con un altavoz cascado todas las tardes, y esta canción de Tin Tan.

Tengo que sonreír cada vez que lo escucho y entonces sé que a mí, lo que es a mí, cómo me gusta México, chingá. Hay otros lugares en el mundo, ciudades limpias y sofisticadas donde la gente es glamurosa aunque no trate de ser glamurosa, o gracias a que se esfuerzan mucho en ser siluetas interesantes en masas que se mueven a la velocidad de la luz y luces que alumbran una vida que dura todo el día y después toda la noche. Pero a mí me gusta cada vez más este capullo de cotidianeidad amplificada con altavoces viejos. En Toronto las calles son demasiado silenciosas. Nadie escucha cumbias a todo volumen, y nadie usa canciones viejas para anunciar el pan. En mi país el cielo es azul todo el año, y los barrios pautan con música su vida de todos los días.

domingo, 9 de mayo de 2010

Los días pasan despacio. Fuera de la vida, a veces, fuera del tiempo. Como en otra época, una electricidad silenciosa atraviesa mis manos para que se cierren, como puños, y rompan, de una vez, alguna ventana. Y nada nace, nada vuela, todo está suspendido, cargado, azul, todo tiembla, como el silencio tiembla, en las tardes inflamadas del verano.

No-pa-sa-na-da. Pasa el camión del gas, el camión del pan, pasa el sol y todo se muere por las noches y regresa luego idéntico a sí mismo, por la misma calle, por la misma tarde.

Y la sal, la vieja sal, la nueva sal, la sal de todos los días, la milenaria destilación de mis ojos, espolvoreada en mis pulmones, en las membranas de mi estómago, me susurra oscuridad, noche, ningún huracán, ninguna lluvia, silencio congestionado, enredado sobre sí mismo. Los días están apretados, como laberintos.

martes, 27 de abril de 2010

Puede ser que no exista el destino.

A veces, me sorprende la inmensa cantidad de coincidencias que fueron necesarias para que conociera a J., y entonces, me gusta pensar que algún hilo sutil y luminoso (y agridulce) va uniendo unos con otros los detalles ínfimos de nuestras vidas, los celulares que se quedaron sin crédito, la dirección de la tienda donde conseguí trabajo por primera vez en un país extranjero, todos los hombres a los que deseé pero que decidieron no involucrarse conmigo, como las piececitas de cerámica que sólo adquieren sentido en el mosaico completo. Esa es mi filosofía: si el mundo es el mundo hagamos lo que hagamos, no hace ningún daño mirarlo desde algún cristal ligeramente mágico. No cambiamos el mundo, pero lo hacemos un poco más poético. Otras veces sin embargo, creo que todo lo que tengo en las manos son mis decisiones, y sus consecuencias. Lo que he hecho en el último año y medio es tomar decisiones de último minuto, y mi vida ha tenido desde entonces un carácter episódico: cuatro meses en Toronto. Punto. Casi tres meses en México. Punto. Seis meses en Toronto. Punto. Luego México, coma, y una boda apresurada y una luna de miel, coma, y casi tres meses en mi departamentito de la Portales y ahora, a empezar una vez más desde cero. Punto. En Michoacán, punto y coma, quién sabe por cuánto tiempo. Me la he pasado empezando y luego, volviendo a empezar. Ya tengo veintinueve años. He exorcizado de mi alma una vieja necesidad de incertidumbre. La primera vez que me fui a Canadá me la pasé mucho tiempo muy sola, en un invierno muy crudo para mis pulgas, pero todos mis recuerdos de esa época están encendidos, como si en lugar de verlos a través de mi pantallita de todos los días los viera en la pantalla gigante del cine, fueron meses de alta definición y muchos decibeles y eso embellecía mi percepción de la belleza y embellecía también mis momentos tristes. Eso, en mi diccionario personal, se parece bastante a la felicidad. Estar despierta. Y ahora que estoy en mi vida después de ese primer salto al precipicio, lo que más deseo es empezar y luego continuar mi vida en una sola ciudad para, por ejemplo, trabajar en algo que me guste, y hacerlo cada vez mejor. Que me crezcan raíces para que me florezcan los frutos que cargo a todos lados como nubes o volutas de humo. Quién iba a pensar que yo iba a decir esto, si hace un par de años escuchaba fascinada cómo un gitano de Sevilla se definía a sí mismo como parte de un pueblo que persigue sus sueños sin hacerlos realidad, porque entonces se acabarían las razones para seguir soñando. Y yo dije, esa soy yo, yo persigo, no encuentro, me muevo de un lugar a otro y sueño sin descanso. Y ahora estoy aquí, sin embargo, deseando descanso.

Aquí, es por lo pronto Pátzcuaro. Gatos, sol, cerritos verdes a la distancia. Voy a extrañar a mi querido defectuoso. No voy a extrañar el ruido ni el estrés ni los amontonamientos humanos. Pero voy a extrañar todo lo demás. Todos los rincones de la ciudad, desde los Palacios del centro hasta mi departamentito en un edificio que se cae a pedazos, donde corren los niños subiendo y bajando escaleras. Voy a extrañar el radio, los conciertos, la cineteca, los festivales, la promesa infinita de sorpresa. Viejas complicidades, y complicidades nuevas que empezaban a dibujarse poco a poco. Estoy aquí ahora, esperando que me den la residencia para irme a vivir con mi esposo a Toronto, y caigo en la cuenta de que de veras me estoy despidiendo de la ciudad de México. Uf, nostalgia sin límites. Esa ciudad está poblada de imágenes circulares, en mi historia. Esa ciudad, en mi vida de vocación nomádica y soñadora, es lo que más se parece a una raíz y a un hogar completamente mío.

Ahora, entrecierro los ojos y hago esfuerzos pero no sirve, no veo claro. Sé que empiezo aquí en Michoacán por unos meses mientras me dan permiso para ir a Toronto y empezar ahí, una vez más, mi vida. No sé cuándo ni cómo voy a sentir por fin que mi historia ya no es una serie entrecortada de arranques y enfrenones.

Extraño a mi marido, todos los días, y mucho más, todas las noches. Un amigo muy querido de la familia me dijo en vísperas de mi boda que en la vida anda uno cambiando de carrera, de ciudad, de trabajo, pero que cuando hallamos el amor hallamos definitivamente nuestro lugar en el mundo. Y aunque suene cursi (pero todo en este blog es como para vomitar de cursi), es verdad. La incertidumbre ya no es más una luz eufórica y cinematográfica sobre los acontecimientos de mi vida, ahora es sólo una presión en el pecho. Ahora sólo quiero que pase rápido, y que me digan, ya está, ya eres libre, puedes ir a tu casa. Y mi casa, es cualquier rinconcito que pueda compartir cotidianamente con J. Ese es por lo pronto mi lugar en el mundo. Una vez ahí, ya veremos. Que nos crezcan raíces. O alas.

jueves, 18 de marzo de 2010

Taxi al lado oscuro




Anoche vi otro documental en el once (¿por qué me atormento de esta manera?), “Taxi al lado oscuro”, el cual empieza relatándonos la historia de Dilawar, un hombre afgano, joven, quien fue a una ciudad cercana para estrenar su recién adquirido taxi, subió a tres pasajeros, y nunca más regresó a casa. Es atrapado como botín humano, entregado al ejército estadounidense como sospechoso de terrorismo, y torturado hasta la muerte en la cárcel de Bagram, a manos de los soldados norteamericanos. A partir de ahí, el documental nos lleva en un descenso sombrío hasta las imágenes de lo ocurrido en Abu Grahib, y Guantánamo. Nos muestra periódicamente y sin miramientos las fotos de los torturados, exhibidos como personajes de circo en un teatro siniestro del dolor humano. Ojalá no hubiera visto las fotos; recuerdo flashes breves en los noticieros en la época del escándalo, pero en el documental las imágenes están expuestas sin censura, el tiempo suficiente para que queden grabadas en la cabeza, y ahora me persiguen en el cerebro, sin descanso. Aparece Dick Cheney hablando en entrevistas acerca del peligro inminente que representan para la sociedad estadounidense los desalmados, sanguinarios, inicuos terroristas, y de cómo se recurrirá a métodos ejercidos “en las sombras” (eufemismo para la tortura) para arrancar de ellos la información necesaria para proteger a las familias norteamericanas. Si han existido personajes desalmados, sanguinarios, inicuos, en la historia del mundo, Dick Cheney es uno de los más sobresalientes. Dilawar, recibiendo el trato estándar para los sospechosos de terrorismo, era obligado a permanecer de pie y sin dormir por muchas horas con las muñecas esposadas a los barrotes de metal del techo de su celda, sus piernas fueron golpeadas tantas veces que quedaron reducidas a una pulpa sanguinolenta; si hubiera sobrevivido, habrían tenido que apuntarlas. Además, era inocente. La imagen que ahora me persigue no es la foto de su cuerpo en los huesos, desnudo, cubierto de moretones, con la nariz ensangrentada, expuesto en la camilla de metal de una sala de autopsias, sino la foto de su rostro en un campo afgano al lado de un montículo de piedras, la imagen de un hombre muy joven, muy guapo, fuerte, viviendo su vida al lado de su familia en una pequeña aldea, en Afganistán. La Cruz Roja internacional estima que sólo un 10% de los prisioneros en Bagram, en Abu Grahib, en Guantánamo, podrían estar vinculados de alguna forma con Al Qaeda o el terrorismo. El resto, son aldeanos pobres como Dilawar. Donald Rumsfeld intercambia memorándums con los directores de los campos y hace una anotación a mano en uno de ellos: ¿por qué, si tienen autorización para esposar de pie a los prisioneros hasta por 8 horas, lo están haciendo sólo por 4? El documental nos muestra imágenes de los prisioneros, hombres desnudos esposados a los barrotes de su cama en posiciones extremadamente incómodas, nos muestra las fotos de Abu Grahib, un hombre desnudo y ensangrentado arrastrado por el suelo con una correa de perro atada al cuello, un hombre encapuchado, sosteniendo cables, parado sobre una caja en la que apenas caben sus pies, a quien se ha hecho creer que no debe moverse en lo absoluto para no morir electrocutado, hombres desnudos vejados sexualmente, un hombre que mira aterrorizado a un perro que ladra sin bozal a pocos centímetros de su rostro, nos muestra a los prisioneros de Guantánamo en sus trajes anaranjados, usando guantes, gogles, capucha, para inducirles estados de angustia que pueden desembocar en psicosis, a través de la privación sensorial prolongada. El documental nos muestra también imágenes de los campos de concentración durante el holocausto judío: lo que se hizo entonces fue calificado como crímenes contra la humanidad. Lo que se hizo a Dilawar, a los prisioneros de Bagram, de Abu Grahib y Guantánamo, es sólo “el trabajo concienzudo y bien hecho de personas comprometidas con la seguridad americana”. La Convención de Ginebra, que apareció como un mecanismo legal para proteger a la humanidad del horror y el infierno sistemáticos, sólo necesita de un abogado hábil para perder sus atribuciones: Estados Unidos promete que no tortura a sus prisioneros, pero se reserva el derecho a definir en qué consiste la “tortura".

Son entrevistados los soldados que participaron en la tortura sistemática de Dilawar. Ellos sabían que probablemente era inocente. Sabían que lo que hacían no estaba del todo bien. Pero estaban rodeados por gente que afirmaba que ese era simplemente, su trabajo, en un universo moral propio, aislado. Debieron negarse pero no lo hicieron. Debieron escuchar a su conciencia, pero la silenciaron. El punto que hace elocuentemente el documental es que estos soldados, sin entrenamiento real, sin parámetros morales, sin límites claros acerca de lo que sí se puede y no se puede hacer a otro ser humano, y finalmente llevados a juicio, son sólo los chivos expiatorios de un sistema diseñado por oficiales y altos mandos. Ningún alto mando fue llevado a juicio. La mujer que dirigió Bagram, y luego Abu Grahib, pasó después de los escándalos a hacerse cargo de un campo en el que entrenan a la siguiente generación de soldados. El mensaje moral, en realidad, es claro: está permitido ser moralmente ambiguos.

Después de la administración Bush, Obama gana puntos con su decisión de cerrar definitivamente Guantánamo. Pero ese es apenas un golpe propagandístico. La realidad es que lugares como Bagram, en donde murió Dilawar después de apenas 5 días detenido, siguen operando, al lado de muchos campos de detención ubicados fuera del territorio norteamericano, donde los prisioneros pueden estar encerrados indefinidamente sin derecho a audiencia, y donde no están protegidos por la Convención de Ginebra.

En realidad, esos centros clandestinos de tortura son una buena metáfora del mundo. El sistema en el que vivimos está tan podrido como Bagram o Abu Grahib, las de ayer son sólo las fotos siniestras que llegan a los noticieros. Pero lo siniestro, lo injusto, nos está soplando en la nuca, nos mira de reojo en las calles, en los pasillos del metro.

¿Qué pasa cuando en un afán francamente masoquista te pones a ver el documental en el 11 de los miércoles a las 11 y media de la noche? Te ponen la realidad enfrente el tiempo suficiente para que se quede tatuada en las circunvalaciones del cerebro. ¿Y luego? Te quedas sola frente a la conciencia de la injusticia y el horror, del que aún estás cómodamente lejos, pero no lo suficiente, porque te lo trajeron por la pantalla de la televisión y ahora te cuesta trabajo olvidarlo, deshacerte de él. Escuchas a la distancia los gritos angustiados de Dilawar. ¿Y luego? Vives en una época en la que casi todos los idealismos están terriblemente devaluados. Otras generaciones iban a manifestaciones multitudinarias, se colocaban enfrente de los tanques militares. Mi generación creció con la sensación de que aquello fue ingenuo, y fracasó. Mucha inocencia murió cuando murieron héroes maravillosos, como el Che, como Salvador Allende, en los que ya nadie piensa demasiado. Además, las resistencias y las revoluciones y los ideales y las convicciones tienden a crear personas que caminan con un aura de superioridad moral que el resto resiente, y esta generación no quiere saber nada de las gentes que se sienten moralmente superiores; en un capítulo de South Park, los gringuitos de la caricatura que deciden manejar coches híbridos para proteger el ambiente se dedican a oler con placer sus propias flatulentas mientras miran con desprecio a todos los que no manejan el mismo modelo de auto. Ya no quedan muchas cosas en las que creer, ya no hay un solo modelo del que queramos ser discípulos, todo el mundo sabe en qué acabó el comunismo. Ya no parece quedar de otra más que ser testigos impotentes de la realidad, un poquito desolados, un poquito cínicos. Nadie tiene ganas de ser un forever, un chairo, un jípi comeflores, no tiene sentido.

Uno se siente a veces adolorido. Otras veces es posible evadir la realidad y disfrutar de nuestros pequeños privilegios. No vivimos en Ciudad Juárez, o Bagdad, o Somalia, o la franja de Gaza, qué bueno. Angustiarse por esas realidades y muchas otras parece una tarea masoquista y además, improductiva. Mejor, nos preparamos para la fiesta en turno, nos preocupamos por la firmeza de nuestro propio piso en épocas de desempleo y competencia violenta: un buen currículum, una buena chamba. Apenas si podemos rascarnos con nuestras propias uñas para preocuparnos además por el resto del mundo, esa marea descomunal de desigualdades y dolor humano.

Y yo, que no sé nada, sé que no quiero vivir así, en esos términos. ¿Y luego? Pensé que era suficiente asumir alguna modesta periferia, estar en el mundo desde una orillita, no caer en el juego de la carrera brillante y el chingo de lana, cómplice sin reservas de la realidad tal y como está planteada. Pero es como si uno estuviera en el campo de prisioneros número 50, por ejemplo, donde las cosas no están del todo bien pero tampoco están del todo mal, y a lo lejos, desde la pantalla de la televisión o el periódico, oímos los gritos de los que están en el campo de prisioneros número 4, o 5, o 2, los gritos angustiados de alguien como Dilawar, o como Rosa Jiménez; como los chavos en situación de calle que pasan por los pasillos del metro con las espaldas desnudas y un trapito en el que cargan un montón de vidrios de botellas, y que colocan los vidrios en el suelo, y luego caen de espaldas con todo su peso sobre ellos, para hacerse sangrar una piel llena de cicatrices, y pedir dinero a los pasajeros. Lo que hacen ellos, sin alzar demasiado la voz, es escupir un grito adolorido en las caras de todos los que están ahí para ser testigos, involuntarios. Uno mira, uno se da cuenta, ¿Y LUEGO?

Cambiar el mundo es una tarea imposible, si estamos solos. En ese caso, mejor le apagamos a la tele a la hora del próximo documental y nos ahorramos una hora de sufrimiento perfectamente inútil.

La cuestión que importa es si en esta época de individualismos feroces, podemos todavía pensar en términos solidarios, y colectivos.

Uf. Este blog se está poniendo muy denso.

jueves, 11 de marzo de 2010

Rosa Estela Olvera Jiménez

A veces creo incluso que está bien, vivir en la carne propia los dramas del mundo, aunque sea sólo la superficie de los dramas del mundo. No por vocación mártir o masoquista. Sólo para tocar lo humano de los demás en nosotros mismos. Yo sé que he sufrido muy poco, que mi vida ha sido desde sus inicios amable, privilegiada. Pongo cara de víctima, y me dan ganas de azotarme porque me encuentro lejos de la persona que quiero, sobrecogida por la sensación impotente de la distancia. Y entonces, viene la realidad a mostrarme sus dientes amarillos, no mi realidad por supuesto, porque mi realidad es liviana, es un drama Light de corto alcance, sino la realidad del mundo. Anoche vi un documental en el once, “mi vida adentro”, que cuenta la historia de Rosa, una mujer muy joven, mexicana, migrante, que llegó de manera ilegal a Texas y que trabajaba como niñera, con esposo, con hijos pequeños, encerrada en una cárcel gringa de máxima seguridad. Una mujer joven, y dulce, que llegó a Estados Unidos con el sueño de mandarle dinero a su mamá y a sus hermanos, que tuvo la desgracia de que se muriera bajo su cuidado un niñito de dos años. El bebé se ahogó con una toalla de papel, y el Estado la acusó de introducirle el papel a la fuerza, con el objetivo expreso de lastimarlo. Se desenvuelven las escenas del juicio al lado de entrevistas a Rosa y a su familia, y uno va entendiendo el horror doloroso del encierro para todos, para la mamá en México que no puede conseguir la visa para visitar a su hija en Estados Unidos, para el esposo joven que sólo puede verla a través de un muro de cristal, sin derecho a tocarla, para los niños que crecen con la abuelita en Ecatepec, y que sólo mantienen un vínculo vago con su mamá a través de fotografías. La fiscalía presenta sus pruebas y la defensa presenta sus pruebas, y no hay duda de que Rosa es inocente. La fiscal quiere pintar el cuadro de un acto diabólico cometido por una inmigrante que, “a pesar de ser mexicana, podía ser también inteligente” (palabras textuales durante el juicio), y a la que hay que condenar sin consideraciones, porque el niñito nunca más podrá subir a una bicicleta, o escribirle una carta a Santa Claus. Es obvio que la muerte del niño es accidental, pero el juicio ocurre en Texas, y la enjuiciada es una mexicana pobre, que llegó al país ilegalmente. Es encontrada culpable y condenada a pasar el resto de su vida en una prisión de alta seguridad en la que apenas se le permite un mínimo de contacto humano. Nunca más va a tocar a su marido, a su mamá, a sus hijos. Tiene derecho a hacer una llamada de 5 minutos cada seis meses a alguno de sus familiares. Tiene derecho a salir al patio durante una hora, una vez al mes, sólo si hay buen clima. Su esposo no sabe qué hacer: si permanece en Estados Unidos, se queda lejos de sus hijos, si se va a México, se queda lejos de su esposa. Cualquiera que sea su decisión, nunca va a abrazar a Rosa de nuevo.

Rosa escribe en una de sus cartas: "Me hubiera gustado conocer el mar".

Una de las abogadas defensoras expone con ademanes cansados, muy tristes, que ha perdido su fe en el sistema. Es un sistema torcido. No hay justicia. Si eres pobre, si para colmo eres mexicana, si encima de todo vives en Texas, entonces la justicia es un privilegio que tus circunstancias no alcanzan a comprar. Con ademanes siempre tristes la abogada defensora dice que ha estado en casos de pena de muerte y que todos los ejecutados son pobres, nadie de clase media y con algo de educación termina en el pabellón de los condenados.

No me puedo imaginar el dolor de Rosa ni el de su familia. Lo único que pasa es que su dolor me duele. Me duele un poco más ahora porque sé un poco mejor que antes cómo sabe la distancia que nos separa de las personas que queremos. De cualquier forma, no sé nada. En este mundo jodido, en este mundo de injusticia sin fin, los seres humanos en general estamos muy lejos, los unos de los otros. No nos importamos lo suficiente, y no nos dolemos lo suficiente. El mundo es como es y parece como si ya muy pocos tuvieran fuerza para intentar la tarea descomunal de transformarlo. Las campanas, cuando doblan por Rosa, sólo doblan por Rosa, ya no doblan por mí, o por ti. Los migrantes ilegales están solos, los indígenas están solos, los electricistas despedidos están solos, los palestinos están solos, los iraquíes que vuelan en pedazos cada dos o tres días están solos, todos los soldados del mundo están solos, todas las víctimas civiles están solas, todos los países pobres están solos, todos los pobres del mundo están solos. Sin solidaridad (quizás algún gesto caritativo de acuerdo al desastre en turno, un día le toca a Haití, otro día a Chalco, otro día a Chile), y también sin sueños, la mayoría es, como bien se sabe, una mayoría que guarda silencio. Una mayoría que ve o no ve y no dice nada, y no se conmueve demasiado por nada. O a lo mejor, exagero. A lo mejor, esto es sólo un discurso injustamente amargo. Y a lo mejor, la humanidad aún es capaz de asumirse como parte de la humanidad. Por supuesto, hay héroes. Siempre han existido personas capaces de participar en las luchas de otros haciéndolas suyas, personas que se sienten disminuidas, como continentes que se desmoronan, cuando las campanas doblan por Rosa. Pero la mayoría parece muda, parece demasiado dispuesta a mirar a otro lado cuando el dolor humano pincha sus buenas conciencias. Y yo soy parte de esa mayoría, y tampoco digo o hago algo. Ni siquiera sé cómo. Me queda cada vez más claro sin embargo, que pocas cosas hay peores a quedarse en el silencio (culpable o indiferente) que mira para el otro lado.