viernes, 13 de julio de 2012

Sociedad que se duerme se la lleva la corriente

Cuando empieza uno a vivir fuera de México, es inevitable hacer comparaciones. La idea de la democracia, por ejemplo, aparece en todo su carácter relativo. No es que de pronto los países
“accedan” a la democracia para instalarse ahí cómoda y permanentemente. La democracia siempre está en juego, y se profundiza o pierde terreno dependiendo de cada gobierno y del nivel de fuerza y participación de la sociedad civil. Esta última es fundamental. A más participación ciudadana, más democracia, y a más democracia, más participación ciudadana. Yo elegiría como un indicador de la democracia el nivel de tolerancia compartido por un pueblo. En países más democráticos la ciudadanía hace sentir su fuerza no digamos ya frente a escándalos de corrupción como los que soportamos cotidianamente en México, sino cuando el gobierno toma decisiones con las que la mayoría está en desacuerdo. En un país democrático también se asume de antemano que cualquier político sorprendido en actos de corrupción o represivos no sólo pierde inmediatamente su cargo, sino que además termina en la cárcel. En Canadá por ejemplo (que no es para mí un modelo ideal ni mucho menos), hay decididamente más democracia que en México. El nivel histórico de tolerancia de la sociedad civil mexicana es altísimo (aéreo-casi-espacial) si lo comparamos con lo que los canadienses estarían dispuestos a aceptar. La clase política mexicana sería imposible en Canadá. Sería inimaginable por ejemplo que un personaje como Mario Marín (el “gober precioso” de Puebla) haya no sólo evadido la cárcel sino continuado tranquilamente en su cargo de gobernador. Imposible que Salinas regresara al país campechanamente y además se diera el lujo de votar en las elecciones y sonreír para la foto. En Canadá (que, insisto, no es un lugar ultra democrático, sino apenas razonable), no creo que un personaje del calibre de Peña Nieto (que viene del grupo Atlacomulco, históricamente defraudador de las arcas públicas, que fue responsable de lo ocurrido en Atenco, primer lugar en feminicidios en el estado que gobernó, no supo nombrar tres libros, etc. etc. etc.) no habría encontrado el consenso social suficiente para figurar como candidato, mucho menos para “ganar” la elección. En un cartel de esos que se publican en los muros del Facebook se lee la leyenda: Los pueblos no tienen el gobierno que merecen, sino aquel que toleran.

En un país democrático (y hablo apenas de una democracia electoral-partidista de muy corto alcance), si hay evidencias de que un candidato está rebasando de manera millonaria sus topes de campaña, o está comprando ILEGALMENTE una cobertura favorable por parte de la principal cadena de televisión, estas evidencias se investigan de inmediato, seriamente. Si se demuestra que hay ilegalidad y un desbalance desmedido en la contienda, se le cancela la candidatura al partido. Así tal cual, como la consecuencia previsible de incurrir en graves delitos electorales. A mí no me sorprende que la gente salga a las calles y proteste exigiendo procesos más limpios, más democráticos. Me sorprende que todavía existan sectores sociales que se escandalicen por las protestas, y minimicen sus raíces. Después de todo, nos la hemos vivido minimizando, en México. Así es como aguantamos los feminicidios, y la infiltración del narco. Así se nos olvidan los periodistas y activistas asesinados. Así es como cargamos con las masacres, los robos millonarios y los incendios de guarderías, sin que haya a esta fecha responsables en la cárcel. Así es como cargamos un sexenio con 80 000 muertos y contando. Hay gente en nuestro país que históricamente no ha minimizado ni tolerado. Es gracias a esa gente y sus luchas que se creó el IFE, por ejemplo. Todo lo que hace falta es que minimicemos, para que el IFE pase al engranaje mayor del monstruo político dominante, en lugar de ser un organismo autónomo, independiente y crítico. Porque (esto no es ninguna novedad) no es el sistema el que otorga generosamente concesiones para hacer más justa, libre y democrática la vida, son los pueblos que se levantan y resisten, los movimientos sociales, los que históricamente abren esos espacios, para todos. El PRI no se detuvo un día gratuitamente y dijo: “pues ya está, me aburrí del dedazo”. Aunque a veces se nos olviden, hubo cientos de personas asesinadas en el intento de hacer oposición política. Antes todavía, buscando democracia, hubo miles de estudiantes marchando en la ciudad, y luego, cientos de sus cadáveres en las morgues. Todos los derechos sociales han sido conquistas, no concesiones, y se han pagado caro en nuestro país, con desaparecidos y encarcelados, con muertos y torturados. Desde luego que no asistimos ahora a la versión acabada de nuestra realidad. De hecho, hace rato ya que retrocedemos en lugar de ir para adelante. Los resultados de la elección son un salto hacia atrás que pondría a llorar a los estudiantes del 68, del 71, a las familias de Acteal, a incontables de nuestros fantasmas. A quienes dicen que en lugar de quejarnos debemos trabajar, les respondería que tienen toda la razón. Como parte de este momento en la historia, tenemos mucho trabajo por delante. Tenemos conquistas sociales por defender, y muchas conquistas nuevas por ganar, tenemos que caminar de nuevo pasos desandados y luego, seguir abriendo camino. Tenemos que informarnos, informar a otros, evaluar críticamente, imaginar a un país con mucha más justicia y mucha menos impunidad, con muchos menos muertos y muchas más libertades, con mucha menos desigualdad y mucha más inclusión, con mucho menos embotamiento televisivo y mucha más educación con substancia. Y tenemos desde luego que trabajar para construirlo, pero colectivamente, porque yo no me he enterado nunca de conquistas sociales a partir de individuos desvinculados entre sí.  Tal como Celestina Terciopelo escribía hace poco en su blog, no dar mordidas, trabajar, estudiar, hacer voluntariado, respetar derechos y libertades, son sólo nuestras obligaciones de todos los días. La situación extraordinaria del país exige ahora de nosotros mucho más que sólo lo cotidiano. Exige que actuemos organizados en conjunto.

Si el pueblo suizo o canadiense se enterara de que un partido político compró votos (no importa si son miles o millones), que acarreó votantes, que gastó mucho más de lo permitido en su campaña y que explotó ilegalmente un monopolio televisivo a su favor, no dudo que la gente habría salido a las calles a protestar. ¿Por qué los mexicanos tendríamos que conformarnos con menos? ¿Por qué se supone que debemos aceptar como buena una democracia tan chafa? ¿Desde cuándo resulta que la pasividad catatónica es el mejor ejercicio conocido de civilidad frente a los abusos de una clase política que ha abusado por décadas? A la sociedad que se duerme se la lleva la corriente. Se la comen los gusanos. Se le acumulan los muertos, los descabezados, los feminicidios, los desaparecidos. Las sociedades que se duermen cargan en sus espaldas políticos corruptos y viven paralizadas por la explotación, o la inercia, o el miedo. Las sociedades que se duermen dejan de soñar. Hay en México grupos sociales que llevan tiempo despiertos (desde el 94, o poco después, o mucho antes), y a veces parecía que eran islas resistiendo la corriente en tierra permanentemente arrasada. Pero si ahora (como las chispas antes del incendio), esos grupos se amplían, y más gente se asume como participe consciente de su propia realidad, y se organiza, y discute, y sale a las calles y demanda, por ejemplo, más democracia, eso hay que mirarlo con orgullo y celebrarlo. Antes de decir cosas como “supérenlo” y “póngase a trabajar”, reduciendo la magnitud de lo que ocurre a la caricatura de zombis defendiendo a su mesías, o estudiantes revoltosos y huevones,  todos deberíamos imaginar sobre nuestro hombro la mirada vigilante de alguno de nuestros muchos fantasmas: un estudiante del poli o un niño de Chenalhó, con una bala en la cabeza. Tenemos deudas históricas con el pasado, y deudas con un futuro del que también, aunque no queramos, somos responsables.

lunes, 2 de julio de 2012

Durmiendo junto al dinosaurio


En una de las marchas recientes en México, alguien escribió en una pancarta: “y cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba ahí”, o “si no despertamos el dinosaurio seguirá ahí”. En una de mis pesadillas más angustiantes tenía  que hacer algo ineludible (presentar un examen o algo así) pero estaba muerta de sueño y no podía despertar, y todo era luchar luchar luchar con los ojos que se cierran y pesan como plomo. Y sí, parece que seguimos dormidos,  el dinosaurio respira junto a nosotros. Pero en una de esas no. El aire sigue cargado de impulsos eléctricos  y promete tormentas, sacudidas, en fin, esperanza. He dicho ya que de todas las novelas de ciencia ficción que he leído, mi favorita es Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. El futuro que él se imaginó hace décadas se parece mucho al presente de ahora. Él describió  un mundo en donde la dominación era ejercida a través del adormecimiento. Sus personajes trabajaban obsesivamente para transformar las paredes de sus salas en pantallas gigantes de televisión. Había voces disidentes, gente escondiendo con amor sus libros en el sótano o el closet, y un aparato represivo para encontrar y quemar esos libros, silenciar la originalidad o la conciencia, desaparecerla. Pero el sistema se las había arreglado para dominar cómodamente aniquilando la capacidad para pensar, generando incesantemente distracciones coloridas, intensas, y al mismo tiempo, carentes de substancia. El sistema ahora nos sigue arrebatando cosas, y dejamos que nos las arrebate muchas veces sin protestar, porque estamos preocupados por la multiplicidad de pantallas en las que vivimos inmersos (distraídos por el consumo), o porque la pura sobrevivencia nos tiene demasiado ocupados (distraídos por el trabajo).  

Ahora sin embargo, las cosas y los sueños que dan vueltas en mi cabeza cuando camino por las calles de Toronto han adquirido una profundidad y magnitud inesperadas. Porque no son sólo mis sueños, y tampoco (bueno sólo un poquito) mis angustias mundanas más urgentes. Resulta que este blog, dedicado históricamente a los vaivenes diminutos de mi vida, se interesa ahora por la política. Resulta que miles y  miles de personas dentro (y fuera) de mi país, se interesan por la política. No se trata solamente (gracias al cielo), de la elección que se nos vino encima, sino de México, así, enorme, bonito, a punto del desastre, en medio del desastre, hundiéndose por años en un desastre que crece exponencialmente.  Se nos ha educado (histórica y también en gran medida generacionalmente, porque crecimos bajo doctrinas neoliberales) para creer en el poder redentor del individuo: para pensar en los poderes estatales y burocráticos con desconfianza, para pensar en los sindicatos como en corporaciones anticuadas, corruptas, ineficientes, y para celebrar el poder de las iniciativas individuales, en un mercado que entre menos regulado mejor, para que todo el mundo, rascándose con sus propias uñas, haciendo actos geniales de innovación o de ingenio y perseverancia (a la Steve Jobs o lo que sea), alcance su propia rebanada de opulencia y prosperidad. Se nos bombardea con mensajes para que vivamos absortos en nuestras trayectorias personales, en un mundo donde tenemos que competir constantemente con las trayectorias personales de los demás. Se nos impone una idea del éxito construida casi exclusivamente en la capacidad de consumo, se nos acostumbra a medir y ser medidos según el tamaño del sueldo que ganamos, y las cosas que compramos. Trabajartrabajartrabajar para así poder comprarcomprarcomprar. Y se nos dijo innumerables veces (y se nos sigue diciendo), que eso era algo así como la cumbre de nuestras aspiraciones. También se nos sugirió que el mercado (desregulado y libre) iba a resolver nuestros problemas sociales, (porque iba a generar empleos, por ejemplo), y que iba a distribuir la riqueza, la cual iba a descender como en cascada desde las manos más ricas hacia todos los demás. Se desregularon los mercados, pulularon los tratados de libre comercio entre regiones por aquí y por allá, se privatizó todo lo que se alcanzó a privatizar, el gobierno se volvió una figura más chiquita y más débil, y otras figuras, como las corporaciones privadas, se agigantaron.

Es evidente que ese modelo neoliberal no funcionó. Es un modelo que ha actuado como parámetro  general de las políticas económicas para la mayor parte de los gobiernos y sobre todo los gobiernos de la derecha, durante décadas. Los índices de desigualdad, desempleo y pobreza han aumentado en casi todas partes, y en algunas partes, como en nuestro país, ya son insostenibles. El mercado, dejado a su libre albedrío, no distribuye la riqueza, sino que la concentra en pocas manos (duuuuuh). Y en ese escenario, se nos hace pensar que lo bonito de esta variante neoliberal del capitalismo es que eso sí, de perdis, es muy democrático, hay libertad en los mercados, libertad para el consumo, libertad de expresión, libertad para que los individuos elijan, y por ejemplo, voten por el candidato y el partido de su preferencia (cosa que los cubanos por ejemplo, pobrecitos, no pueden hacer). Y yo, como muchos, he vivido esa idea de democracia partidista con desencanto. Aun asumiendo que se respete (porque se ha violentado y se sigue violentando sin que al IFE se le mueva un pelo de vergüenza), el derecho a votar implica un margen de decisión muy limitado. Los gobiernos ya no tienen el poder que tenían para mover las cuerdas de la realidad, fueron precisamente las políticas neoliberales las que le pasaron esa batuta a los intereses privados. Ahora hay una serie de fuerzas o poderes (las dos únicas cadenas de televisión en México al lado de los otros monopolios empresariales, las trasnacionales, los bancos y los mercados financieros, las mafias de todo tipo, el narco) que nadie eligió pero que están ahí, y que no velan por nadie más que por sus propios intereses, y que han sabido muy bien presionar, chantajear, infiltrar, comprar, las esferas donde se toman las decisiones que nos afectan a todos. Nuestro voto toca a un cachito de la realidad donde se toman esas decisiones, pero se le escapan las capas invisibles, los intereses creados, las manipulaciones que se tejen por detrás de la cortina de la democracia.  Ese es (con algunas excepciones) un fenómeno global, y es por eso que hay todo un sector de la juventud (y no tan juventud) que ha dejado de creer en la democracia pensada en los términos actuales.  Por eso es que Occupy Wall Street dice: “the only solution is a revolution” , y por eso es que se leen consignas como “si votar sirviera para algo, sería ilegal”. En México, además, la corrupción no ha detenido su marcha rapaz, así que el poder de esas fuerzas o intereses creados se tiene que multiplicar como por mil (y es de lo más evidente).

Me imagino que cada quien tiene momentos significativos que modifican de manera profunda la percepción de su propio país. Yo me acuerdo con mucha claridad qué se sintió leer por primera vez “La noche de Tlatelolco”, y poquito después (yo tenía trece años) leer los primeros comunicados del subcomandante Marcos. La idea que yo tenía de México se profundizó y cambió para siempre. Me acuerdo de las fotos que salían en LaJornada de rostros indígenas con un tiro de gracia en la frente, y a esos abusos y matanzas le han seguido muchos más. Pero en México parecía que los escándalos explotaban para evaporarse poco después, bajo la mirada de un pueblo con una enorme capacidad de tolerancia (alguien escribió hace poco que las cosas que han sucedido en México ya habrían tumbado varios gobiernos en otras regiones del mundo). Parecía (con notables excepciones) como si estuviéramos programados para sentirnos impotentes. Porque si uno está solo, aislado, frente al aparato corrupto, la violencia, el horror que se vuelve cotidiano, uno se siente impotente.  

Lo más bonito, lo más esperanzador de los movimientos sociales (como ahora el 132), es que anulan esa sensación de impotencia, y nos devuelven un papel activo, como parte del país, parte de la realidad que compartimos. Y eso no se logra como atomito individual en las corrientes abrumadoras del mundo. Se logra colectivamente. Se logra a través de la organización y de la unión. Se logra a través de un sentido compartido de solidaridad y dignidad. Lo que le sucede a uno nos sucede a todos. Todos somos Atenco. Todos somos los niños y las familias de la guardería ABC. Todos somos las mujeres asesinadas. Todos somos Acteal, Aguas Blancas. Todos somos el 2 de octubre y el halconazo. Todos somos los periodistas y activistas asesinados, desaparecidos, encarcelados. Todos somos las víctimas de la guerra contra el narco, y los que mueren atravesando muros fronterizos.  Todos somos los pueblos indígenas en resistencia.  Tenemos memoria. Creemos que otro México no sólo es necesario, sino que también es posible. Porque no estamos solos.

Al plantear como un eje central de sus demandas el acceso libre a la información y el fin de los monopolios televisivos, el movimiento da en el clavo de la democracia. No sólo en México, pero en México todavía mucho más que otros lados, no gana las elecciones el candidato con el mejor proyecto de nación, gana el candidato con la mejor campaña publicitaria. No se trata de quién eres, sino de la imagen que proyectas, cuidadosamente armada por todo un equipo de asesores. No importa que Obama sea un presidente más bien bastante conservador, los republicanos van a repetir hasta el cansancio que es el presidente más radical y socialista que se recuerda en la historia de los Estados Unidos, hasta que un suficiente porcentaje del electorado se lo crea. Obama es un peligro. Andrés Manuel López Obrador es un peligro. La gente aprende a votar a partir del miedo en vez de votar a partir de un análisis mesurado de su propia realidad. El voto es un ejercicio emocional, no racional. Gana el que se consiga el asesor de campaña más picudo, aquel que sepa manipular mejor las emociones del electorado. Eso ocurre en todas partes, pero en México se vuelve particularmente importante si un enorme porcentaje de la población filtra su realidad a través de dos canales de televisión, nada más. Y debería ser un escándalo nacional y tema de investigación inmediata por parte del IFE el hecho de que exista la sospecha fundada de que Enrique Peña Nieto haya pagado por debajo del agua cantidades millonarias a televisa, a cambio de una cobertura favorable. Ese fue y sigue siendo el meollo de la trampa, e ilustra muy bien además todo lo que está mal con la democracia que nos siguen vendiendo como democracia. Si no hay un voto informado, reflexionado, consciente, que se respete en las urnas, no hay democracia, o si la hay, es muy deficiente. Si no hay equidad de condiciones en la contienda, no hay democracia. Y si en México las opiniones se filtran y se manipulan a través de una tele diseñada para estupidizar a la gente, no hay democracia.

Hace poquito, mi sueño era mudarme del sótano donde vivo con mi esposo, y vivir en un departamento con ventanas de a de veras. Ahora sueño con otras cosas (bueno, con las ventanas también). Me imagino por ejemplo que la gente que duerme ahora junto al dinosaurio, despierta, a lo mejor en una sola oleada feroz, a lo mejor poco a poco, estirando un brazo, luego el otro, y descubre que la realidad no es una imposición que hay que aceptar, cada vez más solos, cada vez más impotentes, sino que desde el principio nos hemos tenido los unos a los otros, para escucharnos, organizarnos, asumirnos como parte de lo que ocurre alrededor nuestro... y que entonces, pacíficamente, de manera consciente, juntos todos, transformamos al país.

 La esperanza no hay que ponerla en un candidato, o un partido, o un presidente. Hay que tener suficiente esperanza en nosotros, todos nosotros. Porque los problemas colectivos se resuelven colectivamente, no hay de otra, y los cambios se construyen desde abajo hacia arriba, y no al revés.

jueves, 17 de mayo de 2012

“Vivir. A lo mejor todo lo demás es inútil.”

Hace poco, caminando de regreso a la casa un transeúnte volteó de pronto a mirarme con sorpresa y sólo entonces me di cuenta de que estaba hablando sola, en voz alta. Esa es quizás una buena forma de presentar mi retrato: a veces (muchas veces), me enredo tan intensamente en lo que ocurre dentro de mi propia cabeza que se me olvida el mundo, en público, en las banquetas tranquilas de Toronto. Las mejores de esas veces sostengo agudas discusiones existenciales conmigo misma, o sueño despierta. Las peores de esas veces, estoy preocupada por cotidianidades del orden conseguir trabajo, cambiarme de casa, alcanzarán los ahorros para pagar la renta.

Hace poco también, encontré por azar en la televisión “Beginners”, de Mike Mills. Es en parte el retrato de un hombre que participó en la segunda guerra mundial, y fue gay toda su vida, todo a lo largo de su matrimonio, todo a lo largo de los 40s y los 50s, y los 60s y los 70s… y no salió del closet sino hasta un par de años antes de morir de cáncer. Es el retrato de ese hombre, como padre, tal como lo recuerda su hijo, y es también la historia de amor entre ese hijo y una mujer llamada Ana. En una de mis escenas favoritas, Oliver (el hijo) dice  algo así como (soy una concienzuda atesoradora de frases que me gustan): “We didn’t have to go to this war. We didn’t have to hide to have sex. Our good fortune allowed us to feel a sadness our parents didn’t have time for.”  (Traducción defectuosa: “Nosotros no tuvimos que ir a esta Guerra. No tuvimos que escondernos para tener sexo. Nuestra buena fortuna nos permitió sentir una tristeza para la que nuestros padres no tuvieron tiempo.”) Me acuerdo también de los principios de este blog, cuando trabajaba cómodamente en una oficina, y escribía largos soliloquios en estas páginas virtuales. Dedicaba mucho a tiempo a pensar, por ejemplo, en la felicidad y en la tristeza. Recuerdo específicamente escuchar con asombro la historia de la abuela judío-alemana de una amiga en el trabajo: una mujer que escapó apenas de la Alemania nazi y perdió a casi toda su familia para enamorarse años después de un cubano justo antes de la revolución, que vivió ese amor con profundidad y un romanticismo de película o de novela, para perder después a su esposo y también a su único hijo. Podría contar aquí la historia completa, pero entonces como ahora, creo que el relato le pertenece por completo a la propia abuela, y a su nieta, quienes la están escribiendo juntas. El caso es que las pérdidas de esa abuela fueron monumentales, pero la abuela no es una persona triste. Escribí entonces: Y así, debilitando todas las respuestas, ablandando todos los edificios tenazmente erigidos, me da por pensar en que la cadena misma de las preguntas es inútil, es un ejercicio ocioso, autocomplaciente. Los que tienen hambre, los que huyen de la guerra, los que tienen cáncer, no preguntan, saben que no hay tiempo para preguntar, sólo ciñen dolorosamente a la vida, la aprietan con fuerza en la mano, no la sueltan, la beben con sed. Las preguntas son un lujo (así como la tristeza). Estaba pensando en todo esto porque cuando me encontré con el rostro sorprendido del transeúnte y me di cuenta de que estaba pensando en voz alta, no reflexionaba sobre la felicidad o el dolor humanos sino sobre los resultados improbables de mi última entrevista de trabajo. Y pensé con algo de nostalgia en los discursos interminables que escribía aquí con frecuencia, cuando vivía placenteramente en el DeEfe, yendo al cine varias veces por semana y pasando los sábados leyendo en la cama sorbiendo una tras otra tazas de café con mucho azúcar. Es como si mi lado más filosófico  (el lado que adora a las almas atormentadas de las novelas de Dostoievski) viviera sumergido ahora por el peso de la vida misma, la premura por sobrevivir de algún modo en un país al que llegué con mucha esperanza pero sin planes definidos. Pero entonces me doy cuenta de que si respiro profundo, en realidad está bien, luchar, preocuparse, vivir en un departamento diminuto, todo esto también es una forma de acercarse al mundo, y entenderlo mejor.

Mi esposo y yo hemos vivido el último par de meses con más premura de la acostumbrada y sin embargo, hay más esperanza que nunca. Se desenreda poco a poco en nuestros días y nuestras noches una belleza incompleta. Como ya no podemos derrochar libremente el dinero en entradas para el museo, caminamos por la ciudad; en lugar de ir de la sala dedicada al Japón a la sala dedicada a Grecia mirando de paso los delicados artefactos históricos, nos detenemos enfrente de los árboles de lila y aspiramos el perfume de las flores, le tomamos fotos a las grietas que hace el agua en el barro cerca de la playa, sentimos felicidad arropados por los colores y los olores y los ruidos que se desbordan hasta las calles en el barrio hindú, que hacen a mi esposo sentirse orgulloso de las personalidades múltiples de su ciudad, y a mí me recuerdan irremediablemente a México.  Hasta eso, tuve la buena fortuna de caer en el desempleo justo cuando empieza el verano y todo florece en todas partes, y hay sol, y las calles de Toronto explotan con la vida que guardaron en reserva a lo largo del invierno y sus horas congeladas.


martes, 10 de abril de 2012

...riqueza.


Existimos, ahora, a la sombra de una pobreza primermundista. Es decir, podemos pagar comida china de vez en cuando, internet, cable. Pero vivimos en un departamento diminuto, en un sótano, por ejemplo, y no compramos cosas libremente con frecuencia, y a veces sentimos un sobresalto de incertidumbre, sobre todo si nos dan menos horas en el trabajo, o si hay la posibilidad de quedarnos sin trabajo. No hace mucho sin embargo, yo pasé muchos meses al lado de personas que tenían menos todavía, mucho menos, pero más de cualquier forma, mucho más. Hay personas así, familias así. Trabajan aplicadamente, con sus manos, con la fuerza de sus brazos, todo el día, todos los días, y viven sin lujos, sin cable, sin internet, sin comida china. Pero están en el mundo, en el centro mismo de la enormidad del mundo, están bajo las estrellas, bajo los árboles, se echan a correr libremente, en lugares sin asfalto, sin tráfico, sin semáforos. A veces, caminando por estas calles de acá, me imagino en cuál de todas las casas me gustaría vivir: una casa bien iluminada, con muchas ventanas, con un jardincito, con un  árbol gigante en la parte trasera. Aplicando obsesivamente para trabajos administrativos en organizaciones no gubernamentales (para los únicos para los que tengo certificados suficientes, de acuerdo a las reglas canadienses), me imagino un mejor sueldo, una vida más holgada, un departamento con más luz. En realidad no es eso lo que quiero. Desde el principio, lo que siempre he querido, es el mundo. Los árboles, las estrellas, las carreras de niños en lugares sin semáforos.