viernes, 6 de junio de 2008

luz

A veces, sólo hay milagros. Niños que sonríen de regreso. Se me olvida que la vida resiste contra el concreto de la ciudad, y que hay gorriones machos danzando para atraer a gorriones hembras, y palomas gordas que susurran sobre sus hijos, y gatos caminando con sigilo por las noches, y libélulas atravesando las avenidas mientras sus alas suavizan el sol que cae en el metal de los coches. Las aves migran de regreso a sus árboles cuando anochece y sus siluetas iluminan los edificios y los tinacos y los anuncios públicos y los cables eléctricos. Aunque a veces, sólo hay crímenes. Niños jaloneados por sus padres. Rostros fríos frente a rostros desamparados, cadenas interminables de pequeños atropellos, y fracturas ejercidas con alevosía y ventaja, jóvenes flacos, limpiando con celeridad los parabrisas de gente que los mira con enojo, y chavitos rompiéndose la espalda contra el vidrio de botellas.


Pero sobre mí (sobre nosotros), el milagro se despliega, clemente, sin límites, la gente que amamos no está condenada todavía, la vemos moverse y reír, sentimos sus manos invencibles entre las manos, sentimos su frente cálida bajo nuestro beso, sabemos que todo está bien, y sentimos ganas de llorar cuando vemos sus siluetas moviéndose a lo largo de una casa que conocemos desde siempre.


A veces me doy cuenta de mi fortuna, y me dan vergüenza las veces en que no me doy cuenta, y sé que ese es mi único crimen pero el más espantoso, cometido en mi contra, y que mis manos están manchadas con espacios vacíos y blancos. Pero a veces no puedo hacer nada, estoy muy cansada como para pelear contra mis propios instintos criminales. Soy culpable del crimen de la limpieza, cuando en realidad quiero manchar mis manos con un poco de mi sangre, con algo más que lágrimas débiles, con el rastro oscuro de muchas noches.


Sin embargo, a veces no tengo vergüenza, sino esperanza, y ni siquiera mi esperanza me avergüenza.


Hubo un tiempo en el que no sabía nada. Ahora tampoco sé nada, pero tengo una promesa. La llevo entre las manos como una niña guarda con cuidado a un insecto luminoso. Es mía. Es una promesa que me hice. Es una promesa a punto de encenderse. Me tengo aquí, lluvia a punto de caer, luz, fresno bajo la tierra y
me aprieto
contra el pecho.

jueves, 5 de junio de 2008

Todos los días y todos los minutos y todos los segundos y todas sus milésimas estoy frente al paredón, y nadie me acribilla. Nadie. El mundo se olvida de mí, de matarme. Me dejan ser, me dejan latir, el pecho sigue sin obstáculos su ritmo de todos los días de acuerdo a los horarios de las semanas laborales. No hay violencia. No hay veredictos. Hay paz. La ciudad transcurre, y yo voy como una gota a través de sus arterias. Al lado de los coches, en las banquetas, siguiendo las líneas amarillas, respetando el parpadeo de los semáforos. Nadie grita, desde hace mucho, nadie. No hay pesadillas, apenas si sueños que no recuerdo al despertar. Los miro a todos en son de paz, a los que se pierden todos los días, a los que traen los brazos cargados de frío y oscuridad a las cinco de la mañana, a los que miran con rostro beligerante, a los que llevan navajas en el bolsillo trasero, a los que no entienden, a los que creen que entienden y enjuician, a los que mastican chicles desde el aire acondicionado de los coches, a los que hacen malabares bajo el agua en los cruces peatonales, a los que miran la televisión desde la calle, a los que trafican y a los que son traficados, a los que se aburren insatisfechos y repletos frente a las vitrinas, a los que recogen colillas del suelo y aguardan sin dinero frente al puesto de comida, a los que mecen niños por encima de los hombros, a los que pedalean bicicletas como si tuvieran alas, a los que están enamorados y se mueven con el vaivén del mar a punto del desastre, a los que se inclinan bajo un beso, a los que se hincan frente a la virgen, a los que aspiran substancias prohibidas y hacen cosas prohibidas, a los que se anudan todas las mañanas una corbata que combina con la camisa, a los que tienen muchas ganas de pegarse un tiro, a los padrinos de la quinceañera, a los taxistas que adoran atravesar estas venas irritadas todo el día o toda la noche, entre estelas de luz y aleteos de aire divino, y cáncer. Yo sé que no hay paz, todos los días los ejecutores disparan y los cadáveres se apilan y los heridos se cubren la cabeza con las manos. La gente no puede dormir a gusto, porque se les viene encima alguna flecha envenenada.

Yo tengo toda la paz del mundo para pensar, a veces, en que no hay paz. En que los perros se muerden y se deshacen y se devoran y la gente se marchita. Aunque no quieran, les caen encima noticias como colmillos agudos, y por las noches se les acercan los lobos para masticarles los vasos sanguíneos. Pero el mundo es de un azul polvoso desde esta ventana rectangular a 4 pisos de altura encima de un estacionamiento gris. Y nadie va a saltar desde aquí, aquí no hay suicidas, ni terroristas, ni héroes, ni guerrilleros, ni ángeles. Aquí hay paz.

Siempre hay quienes cantan. Cierran los ojos y bailan. Fuman con energía. Yo también y además, leo poemas por ejemplo y sé oler el huele de noche de mi calle y otras cosas. Y además, nadie me acribilla. Mi pecho surca el mundo sin asfixia, sin soplos molestos en el corazón, sin agitaciones, sin sudor. Limpia de toda culpa, de todo crimen. Tengo menos amaneceres, pero tengo paz, y mis noches son pozos negros de pura paz.

Cada vez que estoy a cierta altura me dan ganas de pegar un brinco, y cada vez que tengo enfrente un cristal mi puño se cierra, y tengo la comezón de una patada en la pierna izquierda, y un chillido de ave atragantado en las anginas.

Me siento gorda, inflada de gases y sueño en medio de estos días sin barbarie. Voy por escaleras eléctricas, sin esfuerzo, con los ojos abiertos y sin mirar a nadie, y sólo me alivia pensar con cuidado en mi próximo derrumbe.

Dan ganas de una carrera deslumbrada por las calles. Dan ganas de repartir mandarinas a los niños, recargar la espalda contra un árbol, dejar que el sol nos queme los hombros, seguir un caminito a donde nadie pueda seguirnos, y seguir por ahí hasta desaparecer de todos los radares. Y que no haya paz.

lunes, 2 de junio de 2008

Cinco minutos después, sonó el teléfono y luego se hizo el silencio. Mi silencio. Cuando se juzga la calma desde la calma, sólo se tejen discursos ingenuos. A mí se me están acabando todas las palabras. Cada quien hace lo que puede frente a su aguacero. Viene el dolor, sólo podemos apretar los dientes y resistir. Sonó el teléfono. El recordatorio. De lo que lastima, lo que nos deja desmadejados y exhaustos, sin fuerza en las manos, las muñecas dobladas, inertes. Ya no me queda nada que decir. Apretar los dientes, aguantar vara. Dejar que la ola caiga y nos doble la espalda, sin romperla. Yo estoy apenas en la periferia del sufrimiento, otra vez, a mí me llegan sólo las réplicas del terremoto. Sólo podemos esperar al momento en que todo se ilumine otra vez. Cuando llegue, si es que llega. Cada vez sé menos. Ya no sé casi nada. El universo no tiene discurso, ni sintaxis, ni cuenta sus sílabas, ni nos guiña los ojos, ni nos promete nada. Es un conjunto azaroso de palabras. Se ríe de nosotros. Toda la poesía del universo es involuntaria.
Hace muchos días que quiero caer con dulzura. Muerta de frío y llena de sal. Colgando por la punta de las uñas, por hilos de sangre adelgazada, de oasis que tiemblan en el desierto, que se diluyen, y desaparecen. Siempre resultan falsos, y son todo lo que tengo. Y aquí estoy, sostenida por hebras frágiles, de todos mis espejismos, como artista de las acrobacias, del trapecio y la cuerda floja, pedaleando el monociclo y jugando con la boca de los leones, ofreciendo el corazón a los paseantes, a los desconocidos.

Yo sé cómo estar sola. En el fondo, nunca he dejado de estar sola. Alrededor de mí está siempre la visión del oasis tembloroso, aislándome, protegiéndome, del mundo. Yo he llegado ahí innumerables veces, he bebido néctares y me he hartado de dátiles, y me he hundido en ojos como ojos de agua, y en pechos como lagos quietos. Ni siquiera cuando, una y otra vez, todo es de nuevo sólo el gusto seco de la arena, ni siquiera entonces deja de ser dulce. Ni siquiera entonces me alejo. Con fe estúpida, con esperanza deslumbrada, sigo creyendo, ofreciendo el corazón a los transeúntes, a los extraños.

Hace muchos días que quiero acurrucarme. Quiero dejar que me consuelen. Que acaricien mi cabeza.

Pero no me estoy muriendo. Estoy al margen del camino, viviendo. Recuperando espejos, cuentas de vidrio, canicas, monedas, piedritas, pequeños tesoros. No soy pobre, lo tengo todo. El cielo completo, encima de mi cabeza, y los bosques de rostros humanos, donde me pierdo cada vez que puedo. El único problema es mi corazón ciego. Corre y se estrella, una y otra vez, embiste las paredes, los árboles, los postes de luz en la banqueta. Una y otra vez, se empeña en creer, y se ofrece al azar, a los pasajeros del microbús, a los vagabundos, a los conocidos de la niñez, a voces sin cuerpo que deambulan en el aire, a rostros indefinidos que aparecen en los sueños.

Hace muchos días que quiero darme a beber.

Nada de esto importa, decirlo tampoco importa. Todo lo que podemos hacer es cerrar los ojos, o abrir los ojos. Llorar si queremos, con nuestras propias cortinas, azules o grises. Orar en silencio, si queremos, o aullar o cantar como locos, si queremos. Pedirle al corazón que por favor por favor por favor se duerma. Que se hunda en un sueño mudo, sin sueños. Que no murmure, que no exija, que nos deje en paz, que se quede callado.

Danos hoy, corazón, el sosiego nuestro de cada día, la tranquilidad de los que no se entregan, y no necesitan entregarse. Los que no quieren volar, y se resguardan, intactos. Los que caminan al ras de la tierra y vigilan sus pasos, y nunca se tropiezan, y nunca se desgarran una rodilla o el pecho, nunca se rompen el alma o los huesos. Danos hoy el desierto sin sed de los satisfechos. Aquellos que se beben a sí mismos, y con eso les basta, y nunca tienen frío, nunca tiemblan, y tampoco tienen fiebre. Danos hoy ese desierto sin espejismos, ese silencio.

Duerme de una vez, corazón. Deja de buscar. Sé un monumento frío. Si quieren venir, que vengan las palomas, los gorriones, les daremos sólo la superficie helada de la piel, los tomaremos con el puño y los dejaremos caer al suelo. Que se quiebren los otros, nosotros, corazón, nunca más nos romperemos. Vamos a ser como una estatua en un jardín, corazón, vamos a dejar que nos admiren desde lejos.

Sin sacrificios inútiles, corazón. Dejemos de latir, dejemos de escribir malos poemas. Concentrémonos en la ciencia exacta de la realidad y los balances, y hagamos transacciones equilibradas con el mundo. Hay que reír, gozar, comer en abundancia, ir a las fiestas, acariciar a las palomas o los gatos que se acerquen. Sin sacrificios inútiles, sin caídas, sin raspones, sin cielo, sin viento en las alas, sin lágrimas. Sin dolores que lleguen de improviso, corazón, esos dolores que nos pueden romper para siempre, por completo. Sin abismos. Sin galaxias. Sin vía láctea. Sin laberintos. Hay que seguir la línea recta de la carretera, sin desviaciones, sin sorpresas, sin caminitos de tierra que nos saquen de improviso hasta el mar. Sin el mar, sólo el desierto, plano, sensato, satisfecho.

Pero mi corazón no escucha. Hace su propia voluntad, no me hace caso. Anda por ahí en el mundo, como víctima propicia, como sacrificio ambulante, tembloroso, agarrado por la punta de los dedos a la imagen de una luna o la promesa de una nube. Murmurando ciegamente el nombre de ciudades.

A veces quiero darle la espalda, por estúpido, pero la mayoría de las veces sólo lo miro con mucha tristeza. No puede ser de otro modo. No quiere morirse, quiere latir. No quiere dormirse, quiere con terquedad que lo dejen estar despierto, con la boca seca, lleno de sal y muerto de frío, a punto de romperse, colgando de palabras murmuradas por accidente, y la visión de la sombra de un ave cruzando el suelo.

Cierro los ojos. Escucho al corazón latiendo con el frío y la esperanza sin raciocinio de siempre. Me gustaría acariciarle y decirle, todo está bien, no te preocupes, yo te consuelo. Pero por supuesto, no puedo. Soy yo la que tiene frío. Soy yo la que anda colgando de ficciones como hilos delgados. Soy yo la que quiere un pecho para recargar ahí la cabeza, rendida.

En el fondo, siempre me he inclinado al bando de los que están vivos, los que sufren por las estrellas, los que se pierden y se mueren sin dejar de buscar el mar.

También sé que esto es lo que dicen los que todavía no saben. Nada. Los que olvidan toda la amargura de los sabores amargos y todo el ácido que remueve huesos. Yo sufrí una vez solamente. Y ya no recuerdo nada. Por eso me inclino a favor de mis latidos, y pienso con ingenuidad en mis alas abiertas. Y sigo queriendo. Hace muchos días que quiero caer con dulzura. Al primer descuido, voy a dejar que me rompan por completo.

POSDATA

A los que han logrado con éxito arrullar su corazón para dormirlo, y no se inmolan inútilmente, y evitan con cuidado los abismos. A algunos de ustedes, no sé muy bien por qué, los quiero. A los que no vuelan porque les rompieron una por una las fibras de las alas, y es por eso que renunciaron al cielo, y se predican a sí mismos la contención y el silencio. Estaría dispuesta a creer en algunos, los más dulces, los más frágiles, los más cálidos, los más honestos de ustedes. Creo que llevan firmamento interminable, y cúmulos de galaxias, y cúmulos de aves, migratorias, que son valientes y atraviesan muchas veces el mar, por dentro.

Desde lejos. Con esperanza distante. Con mi propia frialdad. Sin cercanía y sin desprecio. Ustedes son el límite de mi corazón (mi corazón es estúpido, pero tiene límites). Sé de antemano que no se van a enamorar de mí. De antemano les digo que no me voy a enamorar de ustedes. Pero les podría acariciar la cabeza lacerada, un momento. Me gustaría decirles (pero qué caso tiene), que la vida es un túnel de luciérnagas breves. Y no hay nada más dulce que el momento en que nos encendemos.

jueves, 29 de mayo de 2008

gratuita

Yo: gratuita como el cielo o un árbol
fui un conejo blanco
en la trampa
de tus manos
y me dejé beber como un vaso de leche,
y fui el murmullo claro que caía
en hilos de rumor, por tu garganta

puse mi cabeza frágil sobre tu hombro,
y era mi corazón, aunque no lo sabía


Fueron tus dedos pero eran mis dedos
los que inventaron el viento y la lluvia
y el frío, para que yo me quebrara
como la fina armadura del agua.

Fue tu boca pero era mi boca
y eran, desde la raíz de mi espalda, mis alas
y eran mis manos adoloridas
que te sostuvieron, como una taza caliente
para la noche helada.


No alcanzamos luz suficiente para una vela entera,
sólo el flashazo afilado en la mirada de un gato,
o la uña de una luna, o el anillo de un planeta.

Fueron tus lanzas
pero mía, la guerra.
Y míos los tigres dispuestos al salto
y mías las heridas que abrió la tormenta.

Mía es la sangre
que escurrió en hebras tiernas
y son mías mis lágrimas
que mis manos despejan.

Yo: como la mañana, gratuita
puse mi voz
en el hueco de tu pecho
y fui para tu boca la sangre soleada
de las colmenas, una ola de trigo,
un pedacito de pan.

Sacrificada como un cordero
alimentado con flores, limpio y delgado
me quebré, yo, el tallo de una niña
me rompí, yo, el párpado del ciego
en las manos del milagro.

Fue tu boca pero eran mis venas
Fue tu noche pero la noche era mía
Era mi fiesta,
mi oración, mi sacrificio, mi ceremonia
oficiados a la sombra de mi pecho
en la tibia hondura de mi sangre,
Una palabra mía, secreta, una rama de olivo, un anuncio de tierra
para llevarla en el pico como golondrina reciente
y consolar al hombre (un día, un hombre)
que ahora navega y no sabe

que me espera.

Era mi noche, mi canción, mi noche.
Ahora te vas pero mi corazón se queda
porque era mi corazón, en el corazón de la tierra
entre los surcos del mundo, un árbol dormido
y la semilla dulce
de otras
estrellas.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Vi “la escafandra y la mariposa” (la escafandra es el encierro, la mariposa es la libertad). Es la historia de un hombre que debido a un desorden cardiaco queda paralizado. Sólo quedan intactos el control de su párpado izquierdo y su lucidez. Puede ver y escuchar. Sólo eso. La película está narrada casi exclusivamente desde el punto de vista de Jean-Dominique, el protagonista.

Es una película que nos sumerge en la percepción intensa de las sensaciones, a pesar de que cuenta la historia de alguien que las ha perdido casi todas. Si todo lo que puedes hacer es mirar (con un solo ojo), entonces las emociones que lees en los rostros de tus interlocutores o la forma en que el aire levanta el vestido de una mujer hermosa, o su cabello, o tus hijos jugando junto al mar, pero también las flores junto a la ventana, y la luz en las cortinas, son cuadros irrepetibles. Si todo lo que puedes hacer es escuchar, entonces las voces entrañables y los sentimientos que se traslucen en ellas, a través del altavoz del teléfono en tu cuarto de hospital, tienen un valor irrenunciable. Son todo lo que tienes. Si sólo puedes imaginar o recordar, las imágenes que recrea tu cerebro no son sólo funciones acostumbradas, sino actos de liberación.

Un gruñido equivale a una canción y vale mucho más que una canción. Eres un vegetal, pero un vegetal con sentido del humor (lástima que tras el rostro inmóvil nadie sepa que te ríes).

De regreso a la casa, luego de ver la película, iba atenta a todos mis milagros habituales, que por ser habituales pierden su carácter milagroso. Me acordé de los ángeles de Wim Wenders en “Cielo sobre Berlín”. Si los ángeles existen, siempre he creído que deben ser así, como ellos. Seguro no se asombran por la caída de un país más de lo que se asombran por la poesía cotidiana. Seguro tienen una libreta en la que anotan: “hoy, un hombre cerró su paraguas bajo la lluvia”, y: “una mujer ciega sintió mi presencia”. Seguro que si les atrae la idea de convertirse en humanos, no es para amasar fama y fortuna, sino para sentir cómo les crujen los huesos dentro del cuerpo, y sacarse con placer los zapatos por debajo de la mesa.

Estoy aquí, el talón me arde un poco, siento comezón en una mejilla, fumé un cigarro junto a la ventana. Para escribir sólo necesito mi pluma y una hoja en blanco. Estornudo. Puedo romper a cantar en cualquier momento.

Volviendo del cine, encontramos fuera del edificio a uno de nuestros vecinos. Debe tener 20 o 21 años. Trabaja todas las noches atendiendo un puesto de tacos. Trabaja hasta las seis o siete de la mañana, sin pausas, con la velocidad eficiente de la experiencia. Tiene un día de descanso a la semana, pero con frecuencia trabaja consecutivamente tres o cuatro semanas, para “ahorrar” sus días de descanso y disfrutarlos de un solo tirón, una vez al mes. Nos platica que ha sufrido palpitaciones y dolores punzantes en el pecho, que a lo mejor anda mal del corazón. Tuvo que comprar unas pastillas, y nos dice con asombro que la caja le costó 500 pesos. Eso es mucho para mí, y para él es demasiado. Sonríe. No se angustia. Se ríe. Habla con cariño de su esposa y luego nos coquetea, juguetón.

Yo acabo de ver una película de Julian Schnabel y me preocupa si este año haré el viaje que llevo mucho tiempo prometiéndome a mí misma. Él lleva en el bolsillo medicinas caras para el corazón, y le preocupa que su jefe lo cambie al turno del día en el puesto de tacos, para abusar menos de su salud. Así que todos llevamos nuestras escafandras. Pero unas son injustamente estrechas y otras injustamente amplias. No hay orden ni justicia en el universo. Aunque hay otras cosas. Y la gente se las arregla para vivir, para dibujar con frecuencia los hoyuelos de sus mejillas. Quizás son las escafandras más estrechas las que producen las liberaciones más elocuentes, y las que desgastan menos la capacidad de asombro en las personas. Me acuerdo de alguien, de vida ruda y muchas cicatrices, que me dijo: “para los pobres el mundo siempre es enorme, para los ricos no, a ellos se les hace muy chico y se les acaba muy rápido.”

Entonces, camino para mi casa iba pensando en los ángeles de Wim Wenders, porque “la mariposa y la escafandra” me traia inmersa en la emoción de lo sencillo, pero sólo hice dos anotaciones en mi bitácora privada:

-Niño en la línea azul del metro. No tiene aún 3 años, y todo el trayecto al lado de sus hermanos mayores, ignorado por ellos, peleó contra villanos, les asestó golpes de karate, los amenazó con sus gestos (en la medida en que un niño de esa edad puede hacer gestos que evoquen amenaza o ferocidad). Magia.

-Niño en el trolebús sobre Zapata, sentado junto a su abuela. Traía un swétter azul, típico de los uniformes. Los ojos muy rasgados y la piel muy tostada, igual que su abuela. Jugamos a mirarnos. Yo lo chiveaba, él se cubría la cara con las manos, y luego me veía para asegurarse de que yo lo veía, y entonces se ocultaba otra vez, sonriendo. A veces hacía gestos teatrales, como señalar con sorpresa hacia algo en la ventana. Gestos para el público, que sólo era yo a esas horas del trolebús y de la noche. Su abuela iba junto a él, y me puse a ver sus manos, muy pequeñas, y muy arrugadas. Una mano parecía preocuparle (o asombrarle), la estiraba, doblaba los dedos, la movía como alguien que observa con cuidado el comportamiento de las aves. Vi su rostro cuajado de surcos y pensé en los gestos dulces de una niña.

Pronto a lo mejor ya no voy a recordar ninguna de estas cosas. Voy a maldecir el tráfico. Voy a preocuparme porque, como siempre, se me hizo tarde para el trabajo. Voy a pagar mi jornada de ocho horas frente a la pantalla inmóvil. Sentada. Quieta. En mi escafandra, la de todos los días. Me van a preocupar los arrebatos y las aventuras y ya no me voy a dar cuenta de si crujen o no mis huesos cuando camino. No sé vivir como los que se dan cuenta de todos los prodigios. La cotidianeidad destruye el carácter asombroso de muchas cosas. Y no he aprendido, nada me obliga todavía a aprender. Estoy sana, no me duele nada. Por lo menos no me parte ningún dolor insoportable. Mi vida transcurre sin grandes tormentas, sin grandes angustias, sin pérdidas catastróficas. Todavía. Y como muchos de los afortunados corrientes, voy a desperdiciar el grifo abierto de los milagros, ciega.

Intentaré leer poesía, toda la que pueda (si puedo, si consigo acordarme con frecuencia) la de los libros y también la de los gestos y los asombros, los encuentros y el movimiento. Pero siento desde ahorita cómo se me escapa la conciencia de muchas cosas, de casi todo, como agua que se escurre hacia la coladera.

viernes, 23 de mayo de 2008

rompernos los huesos de golpe luego
de sobrevolar la ciudad

ofreciendo los jirones del pecho y
la boca como una fruta partida
para alimentar los gorriones

los ojos desvelados y abiertos
sobre
azoteas sobre la madrugada y

semáforos sobre el silencio


las manos heridas
por la noche áspera
para que alguien les sople su aliento
y las consuele como se consuela a las manos
de los niños que se tropiezan.


todos aquí llevamos
una película gris
sobre el cabello
y a mí me gustan las cabezas salvajes

me gustan las palabras:
embarcación, y montaña y

líneas i n f i n i t a s.

Me gusta pensar en viajeros
que rompen a llorar, de pronto
y tejidos atormentados
por la visión de un sueño
o la memoria de un rostro
y el timbre de una voz
o el eco de una infancia



quiero enumerar riscos, y despeñamientos ciegos
y dedos cubiertos de espuma
y bocas dulcemente abiertas
como abismos para el vuelo
y lenguas de filo encendido
por la violencia del sol

y fumar un aire incendiado
por la electricidad del minuto
y sacudir a los árboles
para liberar sus pájaros

y sacudir el suelo
hasta que el terremoto nazca
para quebrar de una vez por todas
todos los vidrios, de todas las ventanas

y todas las orillas
que nos separan.

jueves, 22 de mayo de 2008

kitsch

Dice Milan Kundera que todos tenemos una imagen kitsch arraigada consciente o inconscientemente, por más anti-kitsch que seamos. Para mí eso no es problema porque no tengo casi nada de anti-, de hecho, la lista privada de imágenes que reconozco como kitsch es inmensa. Las más poderosas tienen que ver con mi familia. Ni modo, así es.

Una casa sin número en una calle sin pavimento. Árboles de nísperos, gatas grises de ojos amarillos, una chimenea, el sonido del tren, y un tlacuache que vivía en el techo y asustaba a las visitas. Un vocho verde escarabajo. Un portón negro. Una hamaca anaranjada.

Falkor, nuestro primer perro (adoptado de la calle, como todos los que siguieron). El pelo nunca se lo pudimos arreglar, así que del inicio al fin de su vida tuvo rastas que le llegaban hasta el piso y hacían un sonido como de muchas escobillas. Recuerdo mejor de lo que recuerdo un millón de otras cosas el sonido de Falkor al moverse, con sus patas suaves, y las escobillas del pelo barriendo el suelo. Es un sonido que encapsula dulzura sin matices, dulzura limpia y nada más. El rostro era idéntico al del dragón en “historia sin fin”, y el carácter era muy tímido. Pero Falkor era valiente. Fue el protagonista de una pelea con dos bull terriers que llegaron a desafiar el territorio de nuestra casa. Falkor, pequeña masa blanca de rastas, salió disparado a la calle, a defendernos. Se lo estaban madreando, pero en un ataque de coraje que también pasó a los anales legendarios de la familia, nuestra gata gris salió a la batalla. Y entre los dos, expulsaron a los invasores.

Falkor se murió de cáncer y ahora está enterrado en uno de mis territorios kitsch por excelencia, el “estribo chico”, en Pátzcuaro.

Esta es la imagen: es sábado o domingo, y mi hermana y yo caminamos detrás de la figura serena de mi padre, a través de senderos de charanda que nos llevan al bosque. Mi papá es muy alto, y delgado, da pasos rítmicos y largos (nosotras damos pasos cortos y rápidos, para no quedarnos atrás). Usa camisas de franela, a cuadros, botas sencillas de montaña, con agujetas, y jeans. Mi papá muy pocas veces, y sólo por obligación, ha usado corbata. Camina como samurái, se mueve lo indispensable, y casi no hace ruido. Lleva la espalda derecha y los brazos y las manos cerca del cuerpo. No choca, no resbala, no lo rasguñan las ramas. Se mueve con elegancia a través del bosque. En el fondo de todo, el bosque es su medio natural. Puede cortar camino en zonas sin camino y no perderse. Puede caminar por muchas horas, puede subir pendientes pronunciadas sin pausas, sin que se acelere el ritmo suave de su respiración. Vamos en silencio, hablamos y reímos un poco y regresamos al silencio. Yo nunca lo logré, fui y soy una figura desgarbada en el bosque, que resopla, se detiene, se distrae. Pero la misión sería siempre caminar como él, ser una presencia esbelta y sin ruido, que deja al bosque estar presente todo el tiempo.

La imagen del silencio incluye una mirada profunda y dulce. Dudo que se dé cuenta de que a veces se le dulcifica la mirada, porque él sí es una persona anti-kitsch, y tiene el espíritu inteligente y escéptico, y el humor negro y seco. Además, se mira en el espejo sólo lo indispensable para funciones prácticas. Para rasurarse y pasar el peine sobre el cabello mojado dos o tres veces y ya. Los ojos a veces son muy dulces, evidencia de un corazón que no se da cuenta de su propia inmensidad.

Supongo que en el fondo, desde siempre he tratado de caminar igual que él. Una vez comparé nuestras sombras reflejadas en la arena de la playa. Dos siluetas largas, moviéndose con las manos cerca del cuerpo y una ligera inclinación del torso a la derecha, como si camináramos por un desnivel imaginario.

Entre las imágenes que se repiten muchas veces en mis sueños, está la sensación protectora de los árboles.

miércoles, 21 de mayo de 2008

silencio

Empiezo a sentirme venenosa. Publiqué una entrada que espero que nadie haya leído porque traía mensajes duros para personas que nunca han sido duras conmigo. A veces la tristeza nos pone un poco tóxicos, y son días en que no deberíamos hablar con nadie de nada importante, mucho menos en espacios públicos o semi-públicos. Mi tristeza es pequeñita y aguantable. Nadie, y mucho menos yo, que casi no sufro o sufro en dosis controladas, tiene derecho a juzgar el dolor de quienes tienen el corazón atravesado, por una sombra, por un silencio, por un bosque incendiado o un bosque sin germinar.
Hay sólo mucha impotencia. Mucha. Cuando ves a quienes han sido ángeles tuyos atravesar tormentas o desiertos sin que puedas ser un ángel para ellos.
Yo quisiera ser así, como un ángel, es decir invisible y con poderes sobrenaturales, para abrazar silenciosamente a las personas que más quiero.
Eso es lo único que quiero hacer. Los quiero abrazar en silencio.