No es que haga las cosas en nombre del amor, el amor no es una bandera, hago las cosas arrastrada por el amor, el amor es la violenta corriente de un río, el amor se parece algunas veces a la pesadilla de una sola ola, gigantesca, que remueve cimientos y arrastra ciudades. El amor es un puño demasiado grande, oprime mi pecho, y nada hay más insensato y hermoso que rendirnos a esa completa fragilidad. Pienso en lo que he hecho a causa del amor, y no son las decisiones del guerrillero que pone su vida en la línea de sus ideas, las mías son ensoñaciones mucho más ciegas y absolutas, se parecen a la locura de los heroinómanos. Mi adicción no es el amor, es J. Han existido desde el inicio de nuestra historia secretos oscuros (quizás un solo secreto), una sola mariposa negra que a veces está ahí, en la esquina, extendiendo unas alas de enorme tristeza. Mi amor por J., desde la primer noche y la primer mañana, fue una apuesta ejecutada febrilmente, con abismos a uno y otro lado de un delgadísimo hilo, que brilla.
Hoy he pensado mucho en Dostoievsky. Es mi escritor favorito. Sus libros hablan del corazón de los hombres y están escritos con profunda empatía, están escritos desde un profundo amor por los hombres. A lo mejor porque para entender hay que amar primero, creo que nadie nunca ha dibujado tan bien en sus libros a la naturaleza humana. Pienso en `el ahora porque recuerdo la manera en que León Muichkine (el príncipe idiota), y Ragogine amaron a Anastasia Filipovna. El amor puede redimirnos, o destruirnos. Muichkine se enamoró de Anastasia Filipovna antes de conocerla, la primera vez que vio su retrato. Todo lo que dijo entonces fue "se nota que esta mujer ha sufrido". Entiendo a Muichkine (nunca he querido a un personaje ficticio tanto como a ese príncipe), entiendo lo que es amar el rostro de alguien que ha sufrido. Pero amar a alguien que sufre es como asistir impotentes a un lento naufragio. A veces, yo también podría hundirme. Pero no quiero.
Hay también, desde el principio hubo una belleza seductora, una dulzura sin límites. Eso también es este amor. El hilo que nos une lo ilumina todo de una manera que me desarma.
domingo, 1 de mayo de 2011
viernes, 15 de abril de 2011
Regresan los teclados sin acentos, las cronicas transcritas desde una libreta profesional y los asientos... de un avion, del metro, o un autobus con anuncios parsimoniosos en ingles.
En el avion...
Milan Kundera dice que quienes se van, quienes abandonan por ejemplo un pais para empezar a vivir en otro, son los infelices. Quienes estan satisfechos no tienen razon alguna para partir. Pero yo no me voy para dejar Mexico. Mexico me hace feliz. Y no es que ame por puro nacionalismo ciego un pedacito de tierra limitado al norte por los Estados Unidos y al sur por Guatemala, pero ahi, en ese pedacito, esta mi familia. Y mi familia se parece, siempre, a la sombra protectora de los arboles. En ese pedacito esta mi historia. Esta un tejido profundo que va de mi corazon a otros corazones, y no es que ahora esos hilos se rompan, pero se estiran como las falanges de los dedos cuando queremos tocar algo que esta lejos, y ese estiramiento duele.
El ultimo dia de clases con mis alumnos de secundaria nos fuimos de paseo a las cascadas de "El Tejocote". Fue un buen dia, los ninios posaron muchas veces, para muchas fotos, y jugaron guerritas de agua y titiritaron de frio y se entregaron a dulces ataques de risa. La despedida fue un golpe mas violento de lo que esperaba. Yessica, quien hundia la cara entre los brazos sobre la mesa cada vez que le decia un cumplido, esta vez la hundio largamente para llorar, y eso me rompio el corazon. Y duele despedirse, pero es bueno que duela, porque eso quiere decir que el tejido de los hilos esta ahi, jalando, obligando a que se estiren las falanges, sin romperse, mostrandonos que ocurrio la magia que nos une a otras personas.
En ese cachito de tierra al Sur de los Estados Unidos y al Norte de Guatemala hay, ahora, jacarandas brevemente violetas, hay una camioneta destartalada que anuncia donas y bolillos con una cancion de Tin Tan. Hay tiroteos, levantados, descabezados, desaparecidos, una brutalidad creciente. Hay cadenas sin fin de montanias azules. Hay decenas de millones de pobres. Hay geranios floreando en corredores y patios de tierra recien barridos, en medio del mundo mismo, lejos de casi todo lo demas. Hay familias comprando elotes en los puestos de la Alameda, y hay estatuas vivientes en la calle de Motolinia. En ese cachito de tierra esta tambien mi mama, regando plantas, salvando gatos, mirando al mundo con dulzura. Esta mi papa, hundiendo sus pasos en el bosque con movimientos de samurai. Esta mi hermana, mi angel, manos cuadraditas, rostro lleno de luz. Ahi estan mis amigos (y sobre todo, mis amigas), esperando bebes, acabando la escuela, moviendose en el mundo con esperanza. Esta mi prima Ari mostrandome con orgullo su primer diente flojo. Esta mi abuelita, riendose de su propio cabello al despertar por la maniana, poniendose de perfil para que admiremos su "look punk". La lista no es muy larga, pero se hunde con enorme profundidad, y ahora incluye tambien a mis alumnos y sus familias.
El corazon se desgarra por un lado y por el otro, al fin se cura, al fin se completa. Despues de estar casados por mas de un anio, mi esposo y yo empezaremos, al fin, a estar casados. Y eso, ahora, compensa la distancia que crece, mientras el avion avanza inexorablemente hacia Toronto.
En el metro...
La primera vez que llegue aqui lo hice como kamikasse, como piloto estrellando el avion en un solo arranque decisivo, en un solo grito continuo. Mis primeros dias estaban dominados por el miedo y la belleza. Yo leia a Kerouac y pensaba romanticamente en la incertidumbre.
La segunda vez que llegue aqui lo hice en nombre del amor. Tambien hubo belleza, y miedo, porque J. y yo tuvimos qe caminar por la cuerda floja, en medio del vacio, para acercarnos.
Esta es la tercera vez que llego aqui. Mientras el avion se acercaba a la tierra, y vi las casas y los parques y las torres y el lago, me pregunte muhcas veces, en silencio, si Toronto iba algun dia a ser mia, asi como el D.F. fue mio, y "La Cienega" fue mia, y los rincones de Michoacan fueron mios. Esa noche, contra todos los pronosticos, nevo. Hacia un frio de la chingada, y todavia, a veces, hace un frio de la chingada, y pienso con nostalgia en los cielos azules de mi pais. Pero la nieve, desde el principio, fue mi complice en estas tierras. La nieve llego siempre para recordarme el poder de la belleza, aunque el miedo nos ande mordiendo los talones.
Hasta aqui llego porque hasta aqui llega mi credito en el cafe internet. Todo es precario de nuevo, pero en cuanto las cosas se compongan, prometo mas tiempo y mas calma en este espacio.
En el avion...
Milan Kundera dice que quienes se van, quienes abandonan por ejemplo un pais para empezar a vivir en otro, son los infelices. Quienes estan satisfechos no tienen razon alguna para partir. Pero yo no me voy para dejar Mexico. Mexico me hace feliz. Y no es que ame por puro nacionalismo ciego un pedacito de tierra limitado al norte por los Estados Unidos y al sur por Guatemala, pero ahi, en ese pedacito, esta mi familia. Y mi familia se parece, siempre, a la sombra protectora de los arboles. En ese pedacito esta mi historia. Esta un tejido profundo que va de mi corazon a otros corazones, y no es que ahora esos hilos se rompan, pero se estiran como las falanges de los dedos cuando queremos tocar algo que esta lejos, y ese estiramiento duele.
El ultimo dia de clases con mis alumnos de secundaria nos fuimos de paseo a las cascadas de "El Tejocote". Fue un buen dia, los ninios posaron muchas veces, para muchas fotos, y jugaron guerritas de agua y titiritaron de frio y se entregaron a dulces ataques de risa. La despedida fue un golpe mas violento de lo que esperaba. Yessica, quien hundia la cara entre los brazos sobre la mesa cada vez que le decia un cumplido, esta vez la hundio largamente para llorar, y eso me rompio el corazon. Y duele despedirse, pero es bueno que duela, porque eso quiere decir que el tejido de los hilos esta ahi, jalando, obligando a que se estiren las falanges, sin romperse, mostrandonos que ocurrio la magia que nos une a otras personas.
En ese cachito de tierra al Sur de los Estados Unidos y al Norte de Guatemala hay, ahora, jacarandas brevemente violetas, hay una camioneta destartalada que anuncia donas y bolillos con una cancion de Tin Tan. Hay tiroteos, levantados, descabezados, desaparecidos, una brutalidad creciente. Hay cadenas sin fin de montanias azules. Hay decenas de millones de pobres. Hay geranios floreando en corredores y patios de tierra recien barridos, en medio del mundo mismo, lejos de casi todo lo demas. Hay familias comprando elotes en los puestos de la Alameda, y hay estatuas vivientes en la calle de Motolinia. En ese cachito de tierra esta tambien mi mama, regando plantas, salvando gatos, mirando al mundo con dulzura. Esta mi papa, hundiendo sus pasos en el bosque con movimientos de samurai. Esta mi hermana, mi angel, manos cuadraditas, rostro lleno de luz. Ahi estan mis amigos (y sobre todo, mis amigas), esperando bebes, acabando la escuela, moviendose en el mundo con esperanza. Esta mi prima Ari mostrandome con orgullo su primer diente flojo. Esta mi abuelita, riendose de su propio cabello al despertar por la maniana, poniendose de perfil para que admiremos su "look punk". La lista no es muy larga, pero se hunde con enorme profundidad, y ahora incluye tambien a mis alumnos y sus familias.
El corazon se desgarra por un lado y por el otro, al fin se cura, al fin se completa. Despues de estar casados por mas de un anio, mi esposo y yo empezaremos, al fin, a estar casados. Y eso, ahora, compensa la distancia que crece, mientras el avion avanza inexorablemente hacia Toronto.
En el metro...
La primera vez que llegue aqui lo hice como kamikasse, como piloto estrellando el avion en un solo arranque decisivo, en un solo grito continuo. Mis primeros dias estaban dominados por el miedo y la belleza. Yo leia a Kerouac y pensaba romanticamente en la incertidumbre.
La segunda vez que llegue aqui lo hice en nombre del amor. Tambien hubo belleza, y miedo, porque J. y yo tuvimos qe caminar por la cuerda floja, en medio del vacio, para acercarnos.
Esta es la tercera vez que llego aqui. Mientras el avion se acercaba a la tierra, y vi las casas y los parques y las torres y el lago, me pregunte muhcas veces, en silencio, si Toronto iba algun dia a ser mia, asi como el D.F. fue mio, y "La Cienega" fue mia, y los rincones de Michoacan fueron mios. Esa noche, contra todos los pronosticos, nevo. Hacia un frio de la chingada, y todavia, a veces, hace un frio de la chingada, y pienso con nostalgia en los cielos azules de mi pais. Pero la nieve, desde el principio, fue mi complice en estas tierras. La nieve llego siempre para recordarme el poder de la belleza, aunque el miedo nos ande mordiendo los talones.
Hasta aqui llego porque hasta aqui llega mi credito en el cafe internet. Todo es precario de nuevo, pero en cuanto las cosas se compongan, prometo mas tiempo y mas calma en este espacio.
sábado, 19 de marzo de 2011
a punto del desmayo
Estaba en la casa de Doña Josefina, sacando junto con ella una mesita de plástico para preparar mis clases en el corredor de la cocina, cuando llegó Lupe. Él caminó cuarenta minutos desde su casa para avisarme que mi hermana había hablado acerca de una llamada urgente del gobierno canadiense. Luego de malabar y medio para conseguir un teléfono que funcionara, y alguien dispuesto a llevarme en camioneta hasta Morelia, llegué a Pátzcuaro en la noche, para estar ahí y esperar, según instrucciones de la oficina de migración, junto al teléfono. Esperé el jueves todo el día y el teléfono nunca sonó. Luego de malabar y medio para avisarle a mis alumnos que tampoco habría clases al día siguiente (pero sin poder contactar a todos, así que hubo quienes caminaron cuarenta minutos hasta la escuela para encontrarla vacía), me dispuse a esperar de nuevo junto al teléfono. Esta vez sí sonó, en la mañana. Me dijeron que había sido aceptada (eeeeeh!!!!) pero que tenía las siguientes dos opciones: irme a Canadá de inmediato, porque mi visa de residente expira al año de comenzados mis exámenes médicos, o sea, el 7 de Abril… o tomar mis exámenes médicos de nuevo, e irme sin tanta prisa, pero sujeta de nuevo a la arbitrariedad de los tiempos burocráticos de la embajada. Cuando pienso retrospectivamente en esa conversación telefónica (y es todo lo que he hecho este día), me doy cuenta de que debí haber dicho, me voy, de inmediato, sin lugar a ninguna duda. Pero en el momento de la llamada no supe qué contestar, sobre todo porque me duele dejar sin maestro y tan intempestivamente a 17 alumnos que son 17 personas a las que quiero, mucho. La señorita que habló conmigo esperaba una respuesta en el instante mismo de la llamada, y yo no sabía cómo responder, así que ella me dijo: hablo hoy por la tarde. En cuanto tuve un par de minutos para pensarlo me di cuenta de que lo que quiero hacer es irme, aunque sea así, de pronto, abandonándolo todo sin preparativos, y abrazar a mi esposo, empezar la vida que nos corresponde y que todavía no empieza. Es egoísta pero es así, es lo que quiero, quiero escapar de la presión asfixiante del sistema burocrático, quiero dejar de esperar. Quiero a mi esposo a mi lado en las noches, en las mañanas, sin la presión en el pecho (una presión que no se disuelve) de la despedida en el aeropuerto luego de un mes, o una semana. Pero el teléfono no volvió a sonar, ayer.
Mi estómago es un caldo en el que se cultivan todas las emociones, me da miedo que por no responder de manera certera a la pregunta que me hicieron el viernes por la mañana todo se derrumbe de algún modo, que el umbral se cierre, que deba volver a la asfixia de la mano presionando el cuello esperando esperando esperando sin derecho a demandar una respuesta, me hace feliz la idea de que todo puede resolverse pronto, a lo mejor muy pronto, pienso en J., pienso en su espalda y en sus omóplatos y en sus manos grandes y en su piel (suaaave), pienso en José Guadalupe caminando cuarenta minutos hasta casa de Doña Josefina, pienso en él, y en Jessica, Andrés, Marco, Brisa, Nancy, Jazmín, Fernando, Jorge, José Armando, Gerardo, Vladimir, Pablo, Yalit, José Luis, Dulce y Selene. Doña Juventina aprendiendo a leer, la voz de Doña Juventina leyendo párrafos de un libro de primaria, siguiendo las letras con el dedo, despacio. Espero que otro maestro, mucho mejor que yo, llegue pronto a terminar lo que estoy dejando tan incompleto. A mi mamá se le humedecieron los ojos con la noticia. Mi hermana y yo ya no tendremos tiempo de hacer el viaje juntas que nos hemos prometido, faltó subir al San Miguel de nuevo, con mi papá, me han hecho falta muchas conversaciones, todavía, con amigas a las que quiero y a las que casi no he visto. Faltó llevar a mis alumnos al planetario, terminar de montar nuestras obras de teatro, construir un barco de vapor. Despedirse. Empezar de nuevo. Toronto una masa de luces que se mueven velozmente, una masa de promesas. Nostalgia sin fin. La nostalgia por adelantado que llega cuando sobreviene una despedida es una luz muy clara, que ofrece cuadros invaluables, todo es valioso, todo, dan ganas de abrazar largamente a una multitud de personas. Pero nada es real todavía. Falta la llamada telefónica y mientras, ando por ahí a través de los minutos, a punto del desmayo.
sábado, 12 de febrero de 2011
José Guadalupe tiene los ojos claros, color miel. Es alto, su voz es profunda, tiene 14 años. Va en segundo de secundaria, para llegar a la escuela camina todos los días casi una hora, en medio del bosque. Su casa también está en medio del bosque, es un espacio limpio, agradable, cuartos de madera, malvas, duraznos. Alrededor de él se forma todo el tiempo una complicidad protectora, el grupo de segundo, toda la escuela, todos los que lo conocen, adultos y niños, saltarían en un segundo a defenderlo, y lo defienden, y lo quieren. Hay algo en él, carismático y limpio, que mueve al mundo entero a cerrar filas a su alrededor, y nadie, nunca, habla mal de Lupe, nadie lo delata cuando hace travesuras, nadie se burla de sus errores. A todos nos gusta estar cerca de Lupe, porque derrama aplomo y sentido del humor, y porque le late en el pecho un corazón radiante, noble. La semana pasada me tocó quedarme en su casa. El camino para salir de “La Ciénega” es polvoso y seco, y luego, nos metemos al monte y pisamos alfombras de huinumo, y disfrutamos de la sombra de los árboles. Hay que pasar tres o cuatro cercas de alambre de púas en el trayecto, “es lo malo, que hay muchas cercas” se disculpa Lupe, como si fuera su culpa, me ayuda a cruzar, me pide que le pase la mochila, constata que está pesada, porque cargo un montón de libros para preparar las clases del día siguiente, y sin decir palabra, continúa caminando y se cuelga mi mochila al hombro, no importa cuánto le pida que me la devuelva, sólo sonríe y sigue caminando. Cuando llegamos a las afueras de su casa, pesa mi mochila en la báscula que usan para la resina: 8 kilos y medio, “siempre sí es algo”. Desde entonces, ya nunca más me deja cargar mi mochila, sin importar cuánto proteste o me avergüence.
Se me ocurrió comprar un ajedrez para el grupo, la semana pasada, y fue un éxito. Los niños aprendieron a jugar rápidamente y se abalanzaban sobre el tablero en cada resquicio libre del día, en todos los recreos, a la hora de la salida. Lupe me pidió permiso para llevárselo a su casa por las tardes. En su casa no hay televisión, porque en realidad tampoco hay electricidad, la planta solar alcanza a alimentar los focos por la noche, y la licuadora, pero nada más. La vez pasada que me tocó quedarme en su casa, hace más de cuatro meses, era época de lluvias, y recuerdo pasar la tarde con Lupe, y su mamá, y su hermano mayor y su hermana más chica, jugando inocentemente en un corredor, sentados en una banca de madera, ese juego en el que el primero que dice “si” o “no”, pierde. Ahora, su hermano Paco y él pasaban las tardes inclinados sobre el tablero. Por la noche, su mamá, una mujer dulce de ojos azules y cabello negro, nos reparte agüita de guayaba, o maicena caliente, pan, hace frío, los hermanos mayores de Lupe se sientan en silencio alrededor del fogón, las manos oscurecidas por la resina, las marcas del trabajo. El papá de Lupe usa guaraches en el aire helado, y tiene la misma limpieza y el mismo corazón que sus hijos, y la misma fuerza también. Un matón del que sólo algunas familias me han hablado confidencialmente, cargaba a todos lados un cuerno de chivo, y al emborracharse disparaba a la menor provocación, irracionalmente, y mató a muchas gentes, y todos en el rumbo le tenían miedo. El papá de Lupe se le enfrentó, y el matón no disparó sobre él, se fue diciendo “eres muy hombre”. Finalmente a aquel matón le cayó el ejército, y murió disparando de nuevo su cuerno de chivo, y ahora es sólo una historia que se hace lejana y de la que sólo algunas personas hablan, en voz baja. El papá de Lupe no habla desde luego sobre eso, platica con inocencia de otras cosas, del trabajo cuando fue para el norte, de la vez que cruzó por el desierto y pasó dos días sin comer ni tomar agua, de la peregrinación a la Basílica en la que caminan desde Michoacán hasta la ciudad de México, diez días, doce horas diarias, de su trabajo en la resina, de los venados que ven pasar a veces muy cerca y de cómo él nunca ha querido matar a ninguno. Si usted alguna vez siente una oscuridad palpitando por dentro, algún resentimiento o amargura, vaya a pasar un par de días en la casa de Lupe, en ese espacio limpio con sus malvas y sus duraznos sobre el que se extiende la protección de las montañas y sus árboles caudalosos durante el día, y una multitud de estrellas por la noche. Pase, si algo le duele internamente, una noche sentado alrededor de ese fogón, y asómese a la belleza de un mundo que late con ternura, un mundo sin sombras.
De regreso a Morelia en el camión traqueteado que se sacude con los baches, mirando por la ventana las huertas de aguacate, los pinos, recuerdo estar consciente de mi propia felicidad. Una felicidad sin aspavientos, incompleta, porque desde luego estoy incompleta; una conciencia suave que descansa en reservas incontenibles de dulzura, cuando pienso en la casa de Lupe y los hermanos mayores con las manos manchadas de resina, y la mamá de Lupe sacando fotos de un cajón para mostrarme la historia de su familia, y el papá de Lupe usando guaraches en el aire helado de la noche, y Lupe cargando mi mochila, y los niños jugando ajedrez en los recreos.
Se me ocurrió comprar un ajedrez para el grupo, la semana pasada, y fue un éxito. Los niños aprendieron a jugar rápidamente y se abalanzaban sobre el tablero en cada resquicio libre del día, en todos los recreos, a la hora de la salida. Lupe me pidió permiso para llevárselo a su casa por las tardes. En su casa no hay televisión, porque en realidad tampoco hay electricidad, la planta solar alcanza a alimentar los focos por la noche, y la licuadora, pero nada más. La vez pasada que me tocó quedarme en su casa, hace más de cuatro meses, era época de lluvias, y recuerdo pasar la tarde con Lupe, y su mamá, y su hermano mayor y su hermana más chica, jugando inocentemente en un corredor, sentados en una banca de madera, ese juego en el que el primero que dice “si” o “no”, pierde. Ahora, su hermano Paco y él pasaban las tardes inclinados sobre el tablero. Por la noche, su mamá, una mujer dulce de ojos azules y cabello negro, nos reparte agüita de guayaba, o maicena caliente, pan, hace frío, los hermanos mayores de Lupe se sientan en silencio alrededor del fogón, las manos oscurecidas por la resina, las marcas del trabajo. El papá de Lupe usa guaraches en el aire helado, y tiene la misma limpieza y el mismo corazón que sus hijos, y la misma fuerza también. Un matón del que sólo algunas familias me han hablado confidencialmente, cargaba a todos lados un cuerno de chivo, y al emborracharse disparaba a la menor provocación, irracionalmente, y mató a muchas gentes, y todos en el rumbo le tenían miedo. El papá de Lupe se le enfrentó, y el matón no disparó sobre él, se fue diciendo “eres muy hombre”. Finalmente a aquel matón le cayó el ejército, y murió disparando de nuevo su cuerno de chivo, y ahora es sólo una historia que se hace lejana y de la que sólo algunas personas hablan, en voz baja. El papá de Lupe no habla desde luego sobre eso, platica con inocencia de otras cosas, del trabajo cuando fue para el norte, de la vez que cruzó por el desierto y pasó dos días sin comer ni tomar agua, de la peregrinación a la Basílica en la que caminan desde Michoacán hasta la ciudad de México, diez días, doce horas diarias, de su trabajo en la resina, de los venados que ven pasar a veces muy cerca y de cómo él nunca ha querido matar a ninguno. Si usted alguna vez siente una oscuridad palpitando por dentro, algún resentimiento o amargura, vaya a pasar un par de días en la casa de Lupe, en ese espacio limpio con sus malvas y sus duraznos sobre el que se extiende la protección de las montañas y sus árboles caudalosos durante el día, y una multitud de estrellas por la noche. Pase, si algo le duele internamente, una noche sentado alrededor de ese fogón, y asómese a la belleza de un mundo que late con ternura, un mundo sin sombras.
De regreso a Morelia en el camión traqueteado que se sacude con los baches, mirando por la ventana las huertas de aguacate, los pinos, recuerdo estar consciente de mi propia felicidad. Una felicidad sin aspavientos, incompleta, porque desde luego estoy incompleta; una conciencia suave que descansa en reservas incontenibles de dulzura, cuando pienso en la casa de Lupe y los hermanos mayores con las manos manchadas de resina, y la mamá de Lupe sacando fotos de un cajón para mostrarme la historia de su familia, y el papá de Lupe usando guaraches en el aire helado de la noche, y Lupe cargando mi mochila, y los niños jugando ajedrez en los recreos.
domingo, 6 de febrero de 2011
lotería
De todas las magias que con discreción nos acompañan todos los días, de todos nuestros breves asombros, nada es tan deslumbrante para mí como el poder de las casualidades. Todas las cosas que deben ocurrir, y que deben dejar de ocurrir, para que se dibuje el contorno de nuestra historia. Impulsos infinitesimales, décimas de segundo en las que todo cambia para siempre, y vuelve a cambiar para siempre, y cambia para siempre otra vez. Somos la suma de una serie de accidentes de una fragilidad casi aterradora. [¿O será al revés? ¿Existen los accidentes para corregir los impulsos que nos lanzan a una historia que no es la nuestra?] Hay muchas cosas que no me gustan de mi pasado. Pero no cambiaría ni una sola, no porque carezca de arrepentimientos (me arrepiento de muchísimas cosas), sino porque alterar la trama minuciosa de ese conjunto de casualidades me enviaría lejos, para siempre, sin remedio, de mi esposo. Y no sé si somos “el uno para el otro”, no sé si seremos “felices para siempre”, no sé si exista algo así como la media naranja, una sola media naranja que nos complete, me inclino a pensar por el contrario que existen en el mundo muchas personas con las que nos sería posible tejer historias significativas, y que incluso el instante mismo en que el amor inicia su viaje hacia la superficie es la consecuencia de accidentes microscópicos. ¿Pero, quién iba a pelear por él, saltar en su defensa, y quién me iba a proteger, si no nos hubiéramos conocido? ¿Habríamos encontrado consuelo de todos modos? … Cuando me imagino esas historias posibles que ya no nacieron, historias en las que no está él sino alguien más, siempre las imagino cubiertas por una sombra de desamparo. El amor, este amor específico, esta historia de amor, este accidente cuidadosamente construido con años de otros accidentes, parece tan insustituible, tan irrenunciable, como el rostro de un hijo.
martes, 25 de enero de 2011
ÁFRICA
África. O sea, un continente a la vez hermoso y lejano. Un lugar con el que siempre he querido hacer contacto, desde veredas de tierra, rodeada de niños. Cuando pienso en eso, cuando pienso en África como un territorio a ratos verde y a ratos de un polvo rojizo, un territorio deslumbrante en el que se despliegue una cercanía construida poco a poco, no desde un avión ni desde un hotel ni desde un jeep sino al ras de la tierra misma, pienso en la comunidad donde doy clases. Voy por veredas de tierra, rodeada de niños, y regreso a la ciudad cubierta de un polvo rojizo… así que mi trabajo, después de todo, se parece a mis sueños. No renuncio, desde luego, a África, pero pienso una y otra vez en una frase que oí precisamente en una película acerca de África: “algunos lugares tienen la propiedad de despertarnos”, y siento que mi destino en el mundo no es una sola raíz o un solo horizonte, sino un caleidoscopio de lugares en los que sea posible estar atentamente atada al presente, despierta. Así que estoy bien. Los espacios en los que transcurre mi vida me mantienen alerta y en la punta de los pies. Enamorada. Puedo decir que no sólo hay lugares con la propiedad de despertarnos, sino que hay lugares con propiedades curativas, y sólo desde donde estoy ahora era posible sobrevivir al desgaste que implica despedirse en el aeropuerto, sin saber cuándo llegará el permiso para que él y yo vivamos la vida que nos corresponde, juntos, como esposo y esposa que somos. Él, mi esposo (no pensé que yo, escéptica inicialmente ante la idea general del matrimonio, iba a disfrutar tanto decir una y otra vez “mi esposo”), estuvo conmigo en México por alrededor de un mes, y el paréntesis que se abrió entonces para él y para mí, en medio de la espera, queda desde luego sólo para él y para mí, lejos de todo lo demás, lejos de las crónicas desnudas de este blog. Todo se asienta nuevamente en las llamadas de larga distancia y la punzada en el estómago y el qué estará haciendo en estos momentos. Hace mucho, aquí, escribí que yo no le tenía verdadera fe a nada, pero que estúpidamente, cursimente, decidía de todos modos tenerle fe al amor. Ahora, luego de que he cumplido un año de matrimonio, 11 de esos 12 meses lejos de mi esposo, sigo creyendo en el amor, sobre todo el nuestro. De alguna forma, segura de mi corazón y del suyo (aunque nadie está nunca del todo seguro), arropada en el bálsamo de mis días como maestra rural de secundaria, encuentro que a esta época de mi vida no le falta luz. Después de todo, deseo profundamente para mí esa África con la que siempre he soñado, y deseo que mi vida de todos los días, también se parezca a África.
sábado, 6 de noviembre de 2010
"mi tierra"
Cada mes nos reunimos los instructores de secundaria para entregar papeles y ver cómo nos está yendo en nuestras respectivas comunidades. Muchos de mis compañeros dan clases en zonas calientes, en Municipios como Tzitzio o Villa Madero, donde casi todos los campesinos siembran marihuana y hablan de ella como de un negocio cotidiano, y donde “la familia” es prácticamente la única autoridad, o por lo menos la más indiscutible. En una de las brechas que se hunden en la sierra antes eran frecuentes los asaltos, hombres armados le quitaban a los campesinos sus camionetas, o el dinero que acababan de cobrar por las becas de oportunidades, “la familia” lo supo, mató a algunos de los asaltantes, dejó claro el mensaje, y ahora no hay robos, excepto, por supuesto, las extorsiones y cuotas impuestas por los propios narcotraficantes. “Ahora sembrar ya no rinde como antes, porque hay que pagarle más impuestos a los soldados”, dicen los campesinos como si hablaran de IVA y jitomates en vez de mota, y sobornos. Hace mucho tiempo, la primera vez que fui instructora, visité muchos de esos lugares calientes, y aunque nadie hablaba de ello abiertamente, todos adivinábamos que se sembraba mota. Lugares muy pobres. “Tal comunidad ya no existe- nos contaban los choferes de camiones en los que a veces viajábamos de raid- porque el ejército descubrió y quemó los campos, y como ya no podían sembrar marihuana, todos migraron para el norte.”
Michoacán es deslumbrante, sobre todo si entra uno a la sierra a través de una brecha, y no hay asfalto ni restaurantes a la orilla del camino, hay sólo montañas y árboles y ríos. En mundos como cápsulas de tiempo, los niños crecen trepándose a los árboles de mango, brincando al agua fría de los arroyos, y la tierra para ellos es un espacio abierto y sin fronteras, sin semáforos, sin estacionamientos, sin candados, donde se puede correr libremente, donde se juega futbol todas las tardes. Pero hay una violencia ahí que no se va, una violencia que deja inermes a las personas. La única autoridad, o la más contundente, trae a ese mundo, este mundo, bajo la mira del cuerno de chivo. Ayer el camión que me llevaba de regreso a casa no pudo entrar a Pátzcuaro por la vía conocida, hubo que dar marcha atrás, y los pasajeros comentaban entre sí la posibilidad de un tiroteo, sin alarma, sin sorpresa. Vemos pasar todos los días camionetas federales con hombres armados, vemos pasar a los soldados, y no sentimos alarma, ni nos sorprendemos. Hubo una especie tácita de toque de queda anoche en Morelia, hace algún tiempo una frase así me habría dejado incrédula, ahora es parte de nuestro vocabulario acostumbrado. Nos estamos acostumbrando a la brutalidad. A. , una muchacha de 18 años, bonita, muy dulce, que se metió al conafe con la esperanza de estudiar después psicología, acaba de abandonar el programa para irse a otro estado porque su familia tiene miedo de que esté en una especie de lista para la trata de blancas. Se escuchan rumores cada vez más sombríos. Nunca había mirado a mi propio país con tanta incertidumbre y tristeza.
Entonces, vuelvo a mi comunidad, al ranchito donde doy clases. Probablemente por el clima, la gente ahí no siembra mota. Estamos al margen de la mira del cuerno de chivo, en la orillita. Mis alumnos son muchachos y muchachas que caminan entre cuarenta minutos y una hora para llegar a la escuela, que por las tardes hacen quehacer o trabajan ayudando a sus familias, que juegan futbol en vez de ver la tele, que están acostumbrados a la belleza del paisaje que los rodea y a una sensación de espacio abierto, sin límites. Hacen una expresión de disgusto cuando hablan de Morelia y dicen que en la ciudad se sienten encerrados. Por los pasados dos meses he estado compartiendo su mundo con ellos, y lo encuentro cada vez más luminoso. No quisiera que crezcan mis hijos, si tengo hijos, en la cultura norteamericana del materialismo y los bullys, ojalá crecieran en un mundo como el de mis alumnos. Mis alumnos no comparan lo que tienen con el de al lado, y nada los ha corrompido todavía. Son inocentes. La semana pasada me tocó quedarme con una familia que vive a una hora caminando, de la escuela. No me imaginé que a pocos metros de donde doy clases todas las semanas empezara un camino que trae toda la sierra en el costado izquierdo. Me maldije por no llevar la cámara, pero luego me di cuenta de que sin la cámara, había que estar más atenta a la belleza y a la luz frágil del paisaje, había que dejar a la memoria hacer su trabajo y empaparse en la intensidad suave del momento. “Este va a ser luego un recuerdo”, sonreía, absorbiendo las imágenes como se sorbe un cafecito caliente, una cápsula de felicidad no adulterada. Lo que ocurre, además del despliegue espléndido de las imágenes, es el despliegue cotidiano de una humanidad que es transparente. La gente es generosa y es buena, así, sin adornos, sin segundas intenciones, con limpieza. Tratan a sus hijos con dulzura, tienen gestos deslumbrantes sin mayores aspavientos, y ríen con inocencia, de buena gana. Estoy ahí y me reconcilio con el mundo, porque sé que el mundo se las arregla aún para sostener rincones cristalinos. Me reconcilio con la humanidad, y me siento en paz, y se me olvida casi, todo lo otro, todo lo oscuro. Todos tienen sus escapes y este es el mío, hay quienes son adictos a la adrenalina, yo soy adicta a esta sensación diaria de esperanza; es posible acurrucarse ahí, y descansar los ojos, y el ama.
Michoacán es deslumbrante, sobre todo si entra uno a la sierra a través de una brecha, y no hay asfalto ni restaurantes a la orilla del camino, hay sólo montañas y árboles y ríos. En mundos como cápsulas de tiempo, los niños crecen trepándose a los árboles de mango, brincando al agua fría de los arroyos, y la tierra para ellos es un espacio abierto y sin fronteras, sin semáforos, sin estacionamientos, sin candados, donde se puede correr libremente, donde se juega futbol todas las tardes. Pero hay una violencia ahí que no se va, una violencia que deja inermes a las personas. La única autoridad, o la más contundente, trae a ese mundo, este mundo, bajo la mira del cuerno de chivo. Ayer el camión que me llevaba de regreso a casa no pudo entrar a Pátzcuaro por la vía conocida, hubo que dar marcha atrás, y los pasajeros comentaban entre sí la posibilidad de un tiroteo, sin alarma, sin sorpresa. Vemos pasar todos los días camionetas federales con hombres armados, vemos pasar a los soldados, y no sentimos alarma, ni nos sorprendemos. Hubo una especie tácita de toque de queda anoche en Morelia, hace algún tiempo una frase así me habría dejado incrédula, ahora es parte de nuestro vocabulario acostumbrado. Nos estamos acostumbrando a la brutalidad. A. , una muchacha de 18 años, bonita, muy dulce, que se metió al conafe con la esperanza de estudiar después psicología, acaba de abandonar el programa para irse a otro estado porque su familia tiene miedo de que esté en una especie de lista para la trata de blancas. Se escuchan rumores cada vez más sombríos. Nunca había mirado a mi propio país con tanta incertidumbre y tristeza.
Entonces, vuelvo a mi comunidad, al ranchito donde doy clases. Probablemente por el clima, la gente ahí no siembra mota. Estamos al margen de la mira del cuerno de chivo, en la orillita. Mis alumnos son muchachos y muchachas que caminan entre cuarenta minutos y una hora para llegar a la escuela, que por las tardes hacen quehacer o trabajan ayudando a sus familias, que juegan futbol en vez de ver la tele, que están acostumbrados a la belleza del paisaje que los rodea y a una sensación de espacio abierto, sin límites. Hacen una expresión de disgusto cuando hablan de Morelia y dicen que en la ciudad se sienten encerrados. Por los pasados dos meses he estado compartiendo su mundo con ellos, y lo encuentro cada vez más luminoso. No quisiera que crezcan mis hijos, si tengo hijos, en la cultura norteamericana del materialismo y los bullys, ojalá crecieran en un mundo como el de mis alumnos. Mis alumnos no comparan lo que tienen con el de al lado, y nada los ha corrompido todavía. Son inocentes. La semana pasada me tocó quedarme con una familia que vive a una hora caminando, de la escuela. No me imaginé que a pocos metros de donde doy clases todas las semanas empezara un camino que trae toda la sierra en el costado izquierdo. Me maldije por no llevar la cámara, pero luego me di cuenta de que sin la cámara, había que estar más atenta a la belleza y a la luz frágil del paisaje, había que dejar a la memoria hacer su trabajo y empaparse en la intensidad suave del momento. “Este va a ser luego un recuerdo”, sonreía, absorbiendo las imágenes como se sorbe un cafecito caliente, una cápsula de felicidad no adulterada. Lo que ocurre, además del despliegue espléndido de las imágenes, es el despliegue cotidiano de una humanidad que es transparente. La gente es generosa y es buena, así, sin adornos, sin segundas intenciones, con limpieza. Tratan a sus hijos con dulzura, tienen gestos deslumbrantes sin mayores aspavientos, y ríen con inocencia, de buena gana. Estoy ahí y me reconcilio con el mundo, porque sé que el mundo se las arregla aún para sostener rincones cristalinos. Me reconcilio con la humanidad, y me siento en paz, y se me olvida casi, todo lo otro, todo lo oscuro. Todos tienen sus escapes y este es el mío, hay quienes son adictos a la adrenalina, yo soy adicta a esta sensación diaria de esperanza; es posible acurrucarse ahí, y descansar los ojos, y el ama.
sábado, 30 de octubre de 2010
allá abajo en el hueco en el boquete, nacen flores por ra-mi-lle-te
Se nota la diferencia entre quienes son de la Ciénega o los ranchos cercanos, y los que llegan de fuera a trabajar en las huertas de aguacate. Hay códigos implícitos, maneras de respetarse, maneras de mirar y de saludar y responder a los saludos. ¿Creció usted, amable lector cobijado por un código, por un lenguaje que no necesita hablarse? ¿Tiene usted raíces que lo atan a la belleza de un paisaje, la cadencia singular de unas calles, un ritmo pautado para el transcurrir del tiempo? En las orillas de los centros del mundo, en todas las orillas, la gente se cría bajo un paisaje, callecitas, callejones, abuelos y abuelas, camiones traqueteados anunciando productos de belleza a través de megáfonos prehistóricos, fervores y fiestas, peregrinaciones y santos. La gente en esas orillas tiene un lugar en el mundo, es un lugar dibujado claramente bajo las nubes y bajo las estrellas, es un lugar con coordenadas y símbolos irremplazables. En los centros se difuminan las coordenadas, se difuminan las raíces y las familias, la vida se ordena y se silencia, no hay música en las calles, las casas están pintadas con colores pálidos, casi mudos, y en los centros neurálgicos veloces todo se compra o se paga, se trabaja febrilmente para consumir febrilmente, la gente no tiene un lugar en el mundo, apenas tiene, con suerte, una imagen, que debe esculpir y re-esculpir de acuerdo al dictado del último anuncio en las revistas de moda . Lo único que le da sabor e identidad a esas ciudades de marquesina son sus propias orillas, sus migrantes, la gente que llega cargando sus códigos y sus recuerdos y sus perfumes y su música, y también aquellos que con libertad creativa se salen del eje para ser otra cosa, algo más parecido a ellos mismos. Con una especie de ceguera hostil, vueltos permanentemente hacia sí mismos, presos de una compulsión aséptica, hay quienes quieren imaginar su mundo como una línea suburbana que sea la repetición de sí misma en todas partes, casitas iguales, porches iguales, jardines frontales bien podados. Las reglas de la frontera dictan: productividad, corbata, portafolio, y de preferencia, dinero. Si por el contrario no tiene usted mucho más que ofrecer que la riqueza de sus colores y sus canciones, apriete los dientes. Ojalá no hubiera desesperación en las orillas, y la gente no tuviera que irse nunca a tocar la puerta de esas ciudades blancas, para que haya quienes los miren con desprecio, con racismo. Aquí estoy también, tocando la puerta. La única razón por la que me siento atraída hacia Toronto es porque está llena de migrantes, y gracias a eso, una vida y un alma le corren en las venas. Si no fuera así, encontraría insufribles el invierno y los horarios y las calles silenciosas y bien vigiladas.
Llegó nueva carta de la oficina de migración canadiense. Quieren más fotos de J. y yo en Canadá, y quieren alguna prueba escrita de que vivimos juntos, como una cuenta conjunta en el banco, o un contrato para rentar una casa. Esto último es imposible (y, chingá, ellos lo saben) porque nunca fui residente, y no tenía derecho a abrir cuentas de banco o firmar contratos. Fotos de J. y yo con alguna imagen reconocible de Canadá en el fondo hay muy pocas, porque nos gustaba tomar fotos de las escenas y los paisajes, pero no somos de los que se andan retratando enfrente. Había fotos con el invierno y la nieve, pero el primer día que regresé a la ciudad de México me asaltaron y junto con la cámara perdí imágenes que no había descargado en ningún lado. Apretando los dientes con coraje, ya les enviamos mails privados, todo tipo de fotos en las que aparecen también nuestros amigos y nuestras familias, radiografías, pruebas de orina, currículum detallado. No es suficiente. La carta dice que si no envío esas pruebas en los próximos 30 días, mi expediente será evaluado tal y como está, y corro el riesgo de que mi petición sea rechazada. Cuánta impotencia. Tengo ganas de decir, quédense con su pinche frontera, y su país (tan despoblado, además), que yo, desde siempre, tuve el mío, y ahí, hay abundancia de cielo, hay sol todo el año, hay fiestas y misterios, hay tradiciones y cuetes, hay procesiones y música, hay paisajes y hay, en cada comunidad y en cada barrio, un lenguaje cifrado. Sólo espero que mi esposo y yo podamos estar, el uno para el otro, por encima de la angustia y el desgaste y la espera.
Después de la descarga encorajinada, aquí les dejo un videíto. Calle trece no me hace muy feliz, pero esta canción, sí que sí.
https://www.youtube.com/watch?v=B0cVKmkYamU
Llegó nueva carta de la oficina de migración canadiense. Quieren más fotos de J. y yo en Canadá, y quieren alguna prueba escrita de que vivimos juntos, como una cuenta conjunta en el banco, o un contrato para rentar una casa. Esto último es imposible (y, chingá, ellos lo saben) porque nunca fui residente, y no tenía derecho a abrir cuentas de banco o firmar contratos. Fotos de J. y yo con alguna imagen reconocible de Canadá en el fondo hay muy pocas, porque nos gustaba tomar fotos de las escenas y los paisajes, pero no somos de los que se andan retratando enfrente. Había fotos con el invierno y la nieve, pero el primer día que regresé a la ciudad de México me asaltaron y junto con la cámara perdí imágenes que no había descargado en ningún lado. Apretando los dientes con coraje, ya les enviamos mails privados, todo tipo de fotos en las que aparecen también nuestros amigos y nuestras familias, radiografías, pruebas de orina, currículum detallado. No es suficiente. La carta dice que si no envío esas pruebas en los próximos 30 días, mi expediente será evaluado tal y como está, y corro el riesgo de que mi petición sea rechazada. Cuánta impotencia. Tengo ganas de decir, quédense con su pinche frontera, y su país (tan despoblado, además), que yo, desde siempre, tuve el mío, y ahí, hay abundancia de cielo, hay sol todo el año, hay fiestas y misterios, hay tradiciones y cuetes, hay procesiones y música, hay paisajes y hay, en cada comunidad y en cada barrio, un lenguaje cifrado. Sólo espero que mi esposo y yo podamos estar, el uno para el otro, por encima de la angustia y el desgaste y la espera.
Después de la descarga encorajinada, aquí les dejo un videíto. Calle trece no me hace muy feliz, pero esta canción, sí que sí.
https://www.youtube.com/watch?v=B0cVKmkYamU
domingo, 24 de octubre de 2010
Cada semana, me toca vivir con una familia distinta. A veces hay que caminar una hora para llegar a la escuela, a veces 40 minutos, a veces hay luz, a veces no, a veces hay letrina, a veces no, a veces toca bañarse con agua fría, a veces con agua caliente. Cada semana vivo con la familia de uno de mis alumnos, y eso quiere decir que en el camino platicamos, y me asomo más de cerca a sus vidas, a veces alcanzo a tocar alguno de sus secretos, todos tan diferentes. Cada semana las imágenes cotidianas cambian, y todos los días o las noches hay alguna sorpresa, un caballo iluminado por el sol de las 5 de la tarde, un grupo de gallinas durmiendo en la copa de los encinos, constelaciones levantándose por encima del horizonte que es la cima suave de un monte, y sus árboles.
Hace poco me tocó quedarme con una de las familias más pobres. El papá camina con un zapato que tiene una abertura horizontal casi todo a lo largo y deja al descubierto el pie sin calcetines. A ese mismo hombre se le escucha silbar con deleite todas las mañanas, todas las tardes, canciones que él inventa, que sólo existen fugazmente. La gente del rumbo le dice, quién fuera usted, para vivir siempre tan alegre y despreocupado. Pero poniendo más atención, por los caminos casi siempre es posible escuchar a alguna mujer o algún hombre, un muchacho o un niño, que cantan a todo volumen, con gusto, en las mañanas, o en las tardes. Mis ojos excesivamente románticos tienden a obviar el drama y las carencias más evidentes, la gente trabaja todo el día, y sobrevive apenas sin lujos, muchas familias están divididas por la migración al norte, muchos de mis alumnos no van a estudiar más que la secundaria. Sucede de todos modos que por las mañanas, por las tardes, alguien silba, las personas cantan, animadas por claridades propias, alegrías secretas.
Mis alumnos son el producto de ese mundo, esas tardes y esas mañanas en las que una claridad o una incógnita suave mueven a la gente a cantar. Entre más los conozco, más los quiero. Y así llego a uno de mis mejores secretos, una de mis verdades más claras. Sonrío con agradecimiento, porque sí, soy bien pinche cursi, y bien pinche rosa, y además, siento ganas de cantar, y sé que todo está bien, y las carencias empequeñecen bajo la luz de una belleza sin complicaciones, imágenes, pinos verdes contra nubes blancas, Jessica usando por primera vez el teclado de la computadora, buscando la “e” y luego la “m”…
Hace poco me tocó quedarme con una de las familias más pobres. El papá camina con un zapato que tiene una abertura horizontal casi todo a lo largo y deja al descubierto el pie sin calcetines. A ese mismo hombre se le escucha silbar con deleite todas las mañanas, todas las tardes, canciones que él inventa, que sólo existen fugazmente. La gente del rumbo le dice, quién fuera usted, para vivir siempre tan alegre y despreocupado. Pero poniendo más atención, por los caminos casi siempre es posible escuchar a alguna mujer o algún hombre, un muchacho o un niño, que cantan a todo volumen, con gusto, en las mañanas, o en las tardes. Mis ojos excesivamente románticos tienden a obviar el drama y las carencias más evidentes, la gente trabaja todo el día, y sobrevive apenas sin lujos, muchas familias están divididas por la migración al norte, muchos de mis alumnos no van a estudiar más que la secundaria. Sucede de todos modos que por las mañanas, por las tardes, alguien silba, las personas cantan, animadas por claridades propias, alegrías secretas.
Mis alumnos son el producto de ese mundo, esas tardes y esas mañanas en las que una claridad o una incógnita suave mueven a la gente a cantar. Entre más los conozco, más los quiero. Y así llego a uno de mis mejores secretos, una de mis verdades más claras. Sonrío con agradecimiento, porque sí, soy bien pinche cursi, y bien pinche rosa, y además, siento ganas de cantar, y sé que todo está bien, y las carencias empequeñecen bajo la luz de una belleza sin complicaciones, imágenes, pinos verdes contra nubes blancas, Jessica usando por primera vez el teclado de la computadora, buscando la “e” y luego la “m”…
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