Puede ser que no exista el destino.
A veces, me sorprende la inmensa cantidad de coincidencias que fueron necesarias para que conociera a J., y entonces, me gusta pensar que algún hilo sutil y luminoso (y agridulce) va uniendo unos con otros los detalles ínfimos de nuestras vidas, los celulares que se quedaron sin crédito, la dirección de la tienda donde conseguí trabajo por primera vez en un país extranjero, todos los hombres a los que deseé pero que decidieron no involucrarse conmigo, como las piececitas de cerámica que sólo adquieren sentido en el mosaico completo. Esa es mi filosofía: si el mundo es el mundo hagamos lo que hagamos, no hace ningún daño mirarlo desde algún cristal ligeramente mágico. No cambiamos el mundo, pero lo hacemos un poco más poético. Otras veces sin embargo, creo que todo lo que tengo en las manos son mis decisiones, y sus consecuencias. Lo que he hecho en el último año y medio es tomar decisiones de último minuto, y mi vida ha tenido desde entonces un carácter episódico: cuatro meses en Toronto. Punto. Casi tres meses en México. Punto. Seis meses en Toronto. Punto. Luego México, coma, y una boda apresurada y una luna de miel, coma, y casi tres meses en mi departamentito de la Portales y ahora, a empezar una vez más desde cero. Punto. En Michoacán, punto y coma, quién sabe por cuánto tiempo. Me la he pasado empezando y luego, volviendo a empezar. Ya tengo veintinueve años. He exorcizado de mi alma una vieja necesidad de incertidumbre. La primera vez que me fui a Canadá me la pasé mucho tiempo muy sola, en un invierno muy crudo para mis pulgas, pero todos mis recuerdos de esa época están encendidos, como si en lugar de verlos a través de mi pantallita de todos los días los viera en la pantalla gigante del cine, fueron meses de alta definición y muchos decibeles y eso embellecía mi percepción de la belleza y embellecía también mis momentos tristes. Eso, en mi diccionario personal, se parece bastante a la felicidad. Estar despierta. Y ahora que estoy en mi vida después de ese primer salto al precipicio, lo que más deseo es empezar y luego continuar mi vida en una sola ciudad para, por ejemplo, trabajar en algo que me guste, y hacerlo cada vez mejor. Que me crezcan raíces para que me florezcan los frutos que cargo a todos lados como nubes o volutas de humo. Quién iba a pensar que yo iba a decir esto, si hace un par de años escuchaba fascinada cómo un gitano de Sevilla se definía a sí mismo como parte de un pueblo que persigue sus sueños sin hacerlos realidad, porque entonces se acabarían las razones para seguir soñando. Y yo dije, esa soy yo, yo persigo, no encuentro, me muevo de un lugar a otro y sueño sin descanso. Y ahora estoy aquí, sin embargo, deseando descanso.
Aquí, es por lo pronto Pátzcuaro. Gatos, sol, cerritos verdes a la distancia. Voy a extrañar a mi querido defectuoso. No voy a extrañar el ruido ni el estrés ni los amontonamientos humanos. Pero voy a extrañar todo lo demás. Todos los rincones de la ciudad, desde los Palacios del centro hasta mi departamentito en un edificio que se cae a pedazos, donde corren los niños subiendo y bajando escaleras. Voy a extrañar el radio, los conciertos, la cineteca, los festivales, la promesa infinita de sorpresa. Viejas complicidades, y complicidades nuevas que empezaban a dibujarse poco a poco. Estoy aquí ahora, esperando que me den la residencia para irme a vivir con mi esposo a Toronto, y caigo en la cuenta de que de veras me estoy despidiendo de la ciudad de México. Uf, nostalgia sin límites. Esa ciudad está poblada de imágenes circulares, en mi historia. Esa ciudad, en mi vida de vocación nomádica y soñadora, es lo que más se parece a una raíz y a un hogar completamente mío.
Ahora, entrecierro los ojos y hago esfuerzos pero no sirve, no veo claro. Sé que empiezo aquí en Michoacán por unos meses mientras me dan permiso para ir a Toronto y empezar ahí, una vez más, mi vida. No sé cuándo ni cómo voy a sentir por fin que mi historia ya no es una serie entrecortada de arranques y enfrenones.
Extraño a mi marido, todos los días, y mucho más, todas las noches. Un amigo muy querido de la familia me dijo en vísperas de mi boda que en la vida anda uno cambiando de carrera, de ciudad, de trabajo, pero que cuando hallamos el amor hallamos definitivamente nuestro lugar en el mundo. Y aunque suene cursi (pero todo en este blog es como para vomitar de cursi), es verdad. La incertidumbre ya no es más una luz eufórica y cinematográfica sobre los acontecimientos de mi vida, ahora es sólo una presión en el pecho. Ahora sólo quiero que pase rápido, y que me digan, ya está, ya eres libre, puedes ir a tu casa. Y mi casa, es cualquier rinconcito que pueda compartir cotidianamente con J. Ese es por lo pronto mi lugar en el mundo. Una vez ahí, ya veremos. Que nos crezcan raíces. O alas.
martes, 27 de abril de 2010
jueves, 18 de marzo de 2010
Taxi al lado oscuro

Anoche vi otro documental en el once (¿por qué me atormento de esta manera?), “Taxi al lado oscuro”, el cual empieza relatándonos la historia de Dilawar, un hombre afgano, joven, quien fue a una ciudad cercana para estrenar su recién adquirido taxi, subió a tres pasajeros, y nunca más regresó a casa. Es atrapado como botín humano, entregado al ejército estadounidense como sospechoso de terrorismo, y torturado hasta la muerte en la cárcel de Bagram, a manos de los soldados norteamericanos. A partir de ahí, el documental nos lleva en un descenso sombrío hasta las imágenes de lo ocurrido en Abu Grahib, y Guantánamo. Nos muestra periódicamente y sin miramientos las fotos de los torturados, exhibidos como personajes de circo en un teatro siniestro del dolor humano. Ojalá no hubiera visto las fotos; recuerdo flashes breves en los noticieros en la época del escándalo, pero en el documental las imágenes están expuestas sin censura, el tiempo suficiente para que queden grabadas en la cabeza, y ahora me persiguen en el cerebro, sin descanso. Aparece Dick Cheney hablando en entrevistas acerca del peligro inminente que representan para la sociedad estadounidense los desalmados, sanguinarios, inicuos terroristas, y de cómo se recurrirá a métodos ejercidos “en las sombras” (eufemismo para la tortura) para arrancar de ellos la información necesaria para proteger a las familias norteamericanas. Si han existido personajes desalmados, sanguinarios, inicuos, en la historia del mundo, Dick Cheney es uno de los más sobresalientes. Dilawar, recibiendo el trato estándar para los sospechosos de terrorismo, era obligado a permanecer de pie y sin dormir por muchas horas con las muñecas esposadas a los barrotes de metal del techo de su celda, sus piernas fueron golpeadas tantas veces que quedaron reducidas a una pulpa sanguinolenta; si hubiera sobrevivido, habrían tenido que apuntarlas. Además, era inocente. La imagen que ahora me persigue no es la foto de su cuerpo en los huesos, desnudo, cubierto de moretones, con la nariz ensangrentada, expuesto en la camilla de metal de una sala de autopsias, sino la foto de su rostro en un campo afgano al lado de un montículo de piedras, la imagen de un hombre muy joven, muy guapo, fuerte, viviendo su vida al lado de su familia en una pequeña aldea, en Afganistán. La Cruz Roja internacional estima que sólo un 10% de los prisioneros en Bagram, en Abu Grahib, en Guantánamo, podrían estar vinculados de alguna forma con Al Qaeda o el terrorismo. El resto, son aldeanos pobres como Dilawar. Donald Rumsfeld intercambia memorándums con los directores de los campos y hace una anotación a mano en uno de ellos: ¿por qué, si tienen autorización para esposar de pie a los prisioneros hasta por 8 horas, lo están haciendo sólo por 4? El documental nos muestra imágenes de los prisioneros, hombres desnudos esposados a los barrotes de su cama en posiciones extremadamente incómodas, nos muestra las fotos de Abu Grahib, un hombre desnudo y ensangrentado arrastrado por el suelo con una correa de perro atada al cuello, un hombre encapuchado, sosteniendo cables, parado sobre una caja en la que apenas caben sus pies, a quien se ha hecho creer que no debe moverse en lo absoluto para no morir electrocutado, hombres desnudos vejados sexualmente, un hombre que mira aterrorizado a un perro que ladra sin bozal a pocos centímetros de su rostro, nos muestra a los prisioneros de Guantánamo en sus trajes anaranjados, usando guantes, gogles, capucha, para inducirles estados de angustia que pueden desembocar en psicosis, a través de la privación sensorial prolongada. El documental nos muestra también imágenes de los campos de concentración durante el holocausto judío: lo que se hizo entonces fue calificado como crímenes contra la humanidad. Lo que se hizo a Dilawar, a los prisioneros de Bagram, de Abu Grahib y Guantánamo, es sólo “el trabajo concienzudo y bien hecho de personas comprometidas con la seguridad americana”. La Convención de Ginebra, que apareció como un mecanismo legal para proteger a la humanidad del horror y el infierno sistemáticos, sólo necesita de un abogado hábil para perder sus atribuciones: Estados Unidos promete que no tortura a sus prisioneros, pero se reserva el derecho a definir en qué consiste la “tortura".
Son entrevistados los soldados que participaron en la tortura sistemática de Dilawar. Ellos sabían que probablemente era inocente. Sabían que lo que hacían no estaba del todo bien. Pero estaban rodeados por gente que afirmaba que ese era simplemente, su trabajo, en un universo moral propio, aislado. Debieron negarse pero no lo hicieron. Debieron escuchar a su conciencia, pero la silenciaron. El punto que hace elocuentemente el documental es que estos soldados, sin entrenamiento real, sin parámetros morales, sin límites claros acerca de lo que sí se puede y no se puede hacer a otro ser humano, y finalmente llevados a juicio, son sólo los chivos expiatorios de un sistema diseñado por oficiales y altos mandos. Ningún alto mando fue llevado a juicio. La mujer que dirigió Bagram, y luego Abu Grahib, pasó después de los escándalos a hacerse cargo de un campo en el que entrenan a la siguiente generación de soldados. El mensaje moral, en realidad, es claro: está permitido ser moralmente ambiguos.
Después de la administración Bush, Obama gana puntos con su decisión de cerrar definitivamente Guantánamo. Pero ese es apenas un golpe propagandístico. La realidad es que lugares como Bagram, en donde murió Dilawar después de apenas 5 días detenido, siguen operando, al lado de muchos campos de detención ubicados fuera del territorio norteamericano, donde los prisioneros pueden estar encerrados indefinidamente sin derecho a audiencia, y donde no están protegidos por la Convención de Ginebra.
En realidad, esos centros clandestinos de tortura son una buena metáfora del mundo. El sistema en el que vivimos está tan podrido como Bagram o Abu Grahib, las de ayer son sólo las fotos siniestras que llegan a los noticieros. Pero lo siniestro, lo injusto, nos está soplando en la nuca, nos mira de reojo en las calles, en los pasillos del metro.
¿Qué pasa cuando en un afán francamente masoquista te pones a ver el documental en el 11 de los miércoles a las 11 y media de la noche? Te ponen la realidad enfrente el tiempo suficiente para que se quede tatuada en las circunvalaciones del cerebro. ¿Y luego? Te quedas sola frente a la conciencia de la injusticia y el horror, del que aún estás cómodamente lejos, pero no lo suficiente, porque te lo trajeron por la pantalla de la televisión y ahora te cuesta trabajo olvidarlo, deshacerte de él. Escuchas a la distancia los gritos angustiados de Dilawar. ¿Y luego? Vives en una época en la que casi todos los idealismos están terriblemente devaluados. Otras generaciones iban a manifestaciones multitudinarias, se colocaban enfrente de los tanques militares. Mi generación creció con la sensación de que aquello fue ingenuo, y fracasó. Mucha inocencia murió cuando murieron héroes maravillosos, como el Che, como Salvador Allende, en los que ya nadie piensa demasiado. Además, las resistencias y las revoluciones y los ideales y las convicciones tienden a crear personas que caminan con un aura de superioridad moral que el resto resiente, y esta generación no quiere saber nada de las gentes que se sienten moralmente superiores; en un capítulo de South Park, los gringuitos de la caricatura que deciden manejar coches híbridos para proteger el ambiente se dedican a oler con placer sus propias flatulentas mientras miran con desprecio a todos los que no manejan el mismo modelo de auto. Ya no quedan muchas cosas en las que creer, ya no hay un solo modelo del que queramos ser discípulos, todo el mundo sabe en qué acabó el comunismo. Ya no parece quedar de otra más que ser testigos impotentes de la realidad, un poquito desolados, un poquito cínicos. Nadie tiene ganas de ser un forever, un chairo, un jípi comeflores, no tiene sentido.
Uno se siente a veces adolorido. Otras veces es posible evadir la realidad y disfrutar de nuestros pequeños privilegios. No vivimos en Ciudad Juárez, o Bagdad, o Somalia, o la franja de Gaza, qué bueno. Angustiarse por esas realidades y muchas otras parece una tarea masoquista y además, improductiva. Mejor, nos preparamos para la fiesta en turno, nos preocupamos por la firmeza de nuestro propio piso en épocas de desempleo y competencia violenta: un buen currículum, una buena chamba. Apenas si podemos rascarnos con nuestras propias uñas para preocuparnos además por el resto del mundo, esa marea descomunal de desigualdades y dolor humano.
Y yo, que no sé nada, sé que no quiero vivir así, en esos términos. ¿Y luego? Pensé que era suficiente asumir alguna modesta periferia, estar en el mundo desde una orillita, no caer en el juego de la carrera brillante y el chingo de lana, cómplice sin reservas de la realidad tal y como está planteada. Pero es como si uno estuviera en el campo de prisioneros número 50, por ejemplo, donde las cosas no están del todo bien pero tampoco están del todo mal, y a lo lejos, desde la pantalla de la televisión o el periódico, oímos los gritos de los que están en el campo de prisioneros número 4, o 5, o 2, los gritos angustiados de alguien como Dilawar, o como Rosa Jiménez; como los chavos en situación de calle que pasan por los pasillos del metro con las espaldas desnudas y un trapito en el que cargan un montón de vidrios de botellas, y que colocan los vidrios en el suelo, y luego caen de espaldas con todo su peso sobre ellos, para hacerse sangrar una piel llena de cicatrices, y pedir dinero a los pasajeros. Lo que hacen ellos, sin alzar demasiado la voz, es escupir un grito adolorido en las caras de todos los que están ahí para ser testigos, involuntarios. Uno mira, uno se da cuenta, ¿Y LUEGO?
Cambiar el mundo es una tarea imposible, si estamos solos. En ese caso, mejor le apagamos a la tele a la hora del próximo documental y nos ahorramos una hora de sufrimiento perfectamente inútil.
La cuestión que importa es si en esta época de individualismos feroces, podemos todavía pensar en términos solidarios, y colectivos.
Uf. Este blog se está poniendo muy denso.
jueves, 11 de marzo de 2010
Rosa Estela Olvera Jiménez
A veces creo incluso que está bien, vivir en la carne propia los dramas del mundo, aunque sea sólo la superficie de los dramas del mundo. No por vocación mártir o masoquista. Sólo para tocar lo humano de los demás en nosotros mismos. Yo sé que he sufrido muy poco, que mi vida ha sido desde sus inicios amable, privilegiada. Pongo cara de víctima, y me dan ganas de azotarme porque me encuentro lejos de la persona que quiero, sobrecogida por la sensación impotente de la distancia. Y entonces, viene la realidad a mostrarme sus dientes amarillos, no mi realidad por supuesto, porque mi realidad es liviana, es un drama Light de corto alcance, sino la realidad del mundo. Anoche vi un documental en el once, “mi vida adentro”, que cuenta la historia de Rosa, una mujer muy joven, mexicana, migrante, que llegó de manera ilegal a Texas y que trabajaba como niñera, con esposo, con hijos pequeños, encerrada en una cárcel gringa de máxima seguridad. Una mujer joven, y dulce, que llegó a Estados Unidos con el sueño de mandarle dinero a su mamá y a sus hermanos, que tuvo la desgracia de que se muriera bajo su cuidado un niñito de dos años. El bebé se ahogó con una toalla de papel, y el Estado la acusó de introducirle el papel a la fuerza, con el objetivo expreso de lastimarlo. Se desenvuelven las escenas del juicio al lado de entrevistas a Rosa y a su familia, y uno va entendiendo el horror doloroso del encierro para todos, para la mamá en México que no puede conseguir la visa para visitar a su hija en Estados Unidos, para el esposo joven que sólo puede verla a través de un muro de cristal, sin derecho a tocarla, para los niños que crecen con la abuelita en Ecatepec, y que sólo mantienen un vínculo vago con su mamá a través de fotografías. La fiscalía presenta sus pruebas y la defensa presenta sus pruebas, y no hay duda de que Rosa es inocente. La fiscal quiere pintar el cuadro de un acto diabólico cometido por una inmigrante que, “a pesar de ser mexicana, podía ser también inteligente” (palabras textuales durante el juicio), y a la que hay que condenar sin consideraciones, porque el niñito nunca más podrá subir a una bicicleta, o escribirle una carta a Santa Claus. Es obvio que la muerte del niño es accidental, pero el juicio ocurre en Texas, y la enjuiciada es una mexicana pobre, que llegó al país ilegalmente. Es encontrada culpable y condenada a pasar el resto de su vida en una prisión de alta seguridad en la que apenas se le permite un mínimo de contacto humano. Nunca más va a tocar a su marido, a su mamá, a sus hijos. Tiene derecho a hacer una llamada de 5 minutos cada seis meses a alguno de sus familiares. Tiene derecho a salir al patio durante una hora, una vez al mes, sólo si hay buen clima. Su esposo no sabe qué hacer: si permanece en Estados Unidos, se queda lejos de sus hijos, si se va a México, se queda lejos de su esposa. Cualquiera que sea su decisión, nunca va a abrazar a Rosa de nuevo.
Rosa escribe en una de sus cartas: "Me hubiera gustado conocer el mar".
Una de las abogadas defensoras expone con ademanes cansados, muy tristes, que ha perdido su fe en el sistema. Es un sistema torcido. No hay justicia. Si eres pobre, si para colmo eres mexicana, si encima de todo vives en Texas, entonces la justicia es un privilegio que tus circunstancias no alcanzan a comprar. Con ademanes siempre tristes la abogada defensora dice que ha estado en casos de pena de muerte y que todos los ejecutados son pobres, nadie de clase media y con algo de educación termina en el pabellón de los condenados.
No me puedo imaginar el dolor de Rosa ni el de su familia. Lo único que pasa es que su dolor me duele. Me duele un poco más ahora porque sé un poco mejor que antes cómo sabe la distancia que nos separa de las personas que queremos. De cualquier forma, no sé nada. En este mundo jodido, en este mundo de injusticia sin fin, los seres humanos en general estamos muy lejos, los unos de los otros. No nos importamos lo suficiente, y no nos dolemos lo suficiente. El mundo es como es y parece como si ya muy pocos tuvieran fuerza para intentar la tarea descomunal de transformarlo. Las campanas, cuando doblan por Rosa, sólo doblan por Rosa, ya no doblan por mí, o por ti. Los migrantes ilegales están solos, los indígenas están solos, los electricistas despedidos están solos, los palestinos están solos, los iraquíes que vuelan en pedazos cada dos o tres días están solos, todos los soldados del mundo están solos, todas las víctimas civiles están solas, todos los países pobres están solos, todos los pobres del mundo están solos. Sin solidaridad (quizás algún gesto caritativo de acuerdo al desastre en turno, un día le toca a Haití, otro día a Chalco, otro día a Chile), y también sin sueños, la mayoría es, como bien se sabe, una mayoría que guarda silencio. Una mayoría que ve o no ve y no dice nada, y no se conmueve demasiado por nada. O a lo mejor, exagero. A lo mejor, esto es sólo un discurso injustamente amargo. Y a lo mejor, la humanidad aún es capaz de asumirse como parte de la humanidad. Por supuesto, hay héroes. Siempre han existido personas capaces de participar en las luchas de otros haciéndolas suyas, personas que se sienten disminuidas, como continentes que se desmoronan, cuando las campanas doblan por Rosa. Pero la mayoría parece muda, parece demasiado dispuesta a mirar a otro lado cuando el dolor humano pincha sus buenas conciencias. Y yo soy parte de esa mayoría, y tampoco digo o hago algo. Ni siquiera sé cómo. Me queda cada vez más claro sin embargo, que pocas cosas hay peores a quedarse en el silencio (culpable o indiferente) que mira para el otro lado.
Rosa escribe en una de sus cartas: "Me hubiera gustado conocer el mar".
Una de las abogadas defensoras expone con ademanes cansados, muy tristes, que ha perdido su fe en el sistema. Es un sistema torcido. No hay justicia. Si eres pobre, si para colmo eres mexicana, si encima de todo vives en Texas, entonces la justicia es un privilegio que tus circunstancias no alcanzan a comprar. Con ademanes siempre tristes la abogada defensora dice que ha estado en casos de pena de muerte y que todos los ejecutados son pobres, nadie de clase media y con algo de educación termina en el pabellón de los condenados.
No me puedo imaginar el dolor de Rosa ni el de su familia. Lo único que pasa es que su dolor me duele. Me duele un poco más ahora porque sé un poco mejor que antes cómo sabe la distancia que nos separa de las personas que queremos. De cualquier forma, no sé nada. En este mundo jodido, en este mundo de injusticia sin fin, los seres humanos en general estamos muy lejos, los unos de los otros. No nos importamos lo suficiente, y no nos dolemos lo suficiente. El mundo es como es y parece como si ya muy pocos tuvieran fuerza para intentar la tarea descomunal de transformarlo. Las campanas, cuando doblan por Rosa, sólo doblan por Rosa, ya no doblan por mí, o por ti. Los migrantes ilegales están solos, los indígenas están solos, los electricistas despedidos están solos, los palestinos están solos, los iraquíes que vuelan en pedazos cada dos o tres días están solos, todos los soldados del mundo están solos, todas las víctimas civiles están solas, todos los países pobres están solos, todos los pobres del mundo están solos. Sin solidaridad (quizás algún gesto caritativo de acuerdo al desastre en turno, un día le toca a Haití, otro día a Chalco, otro día a Chile), y también sin sueños, la mayoría es, como bien se sabe, una mayoría que guarda silencio. Una mayoría que ve o no ve y no dice nada, y no se conmueve demasiado por nada. O a lo mejor, exagero. A lo mejor, esto es sólo un discurso injustamente amargo. Y a lo mejor, la humanidad aún es capaz de asumirse como parte de la humanidad. Por supuesto, hay héroes. Siempre han existido personas capaces de participar en las luchas de otros haciéndolas suyas, personas que se sienten disminuidas, como continentes que se desmoronan, cuando las campanas doblan por Rosa. Pero la mayoría parece muda, parece demasiado dispuesta a mirar a otro lado cuando el dolor humano pincha sus buenas conciencias. Y yo soy parte de esa mayoría, y tampoco digo o hago algo. Ni siquiera sé cómo. Me queda cada vez más claro sin embargo, que pocas cosas hay peores a quedarse en el silencio (culpable o indiferente) que mira para el otro lado.
martes, 9 de marzo de 2010
Interior número nueve
Cada vez que le abrimos a la llave del agua en el fregadero de la cocina, además del chorro vertical, sale disparado hacia la izquierda un hilo de agua horizontal que humedece de nuevo los trastes en el escurridor. Además, desde hace más o menos un mes vivo aterrorizada por el bóiler. Primero, es un logro conseguir que se mantenga la frágil llamita del piloto, y entonces, hay que mover la perilla hacia la leyenda de “abierto”, y oír cómo sale el gas por todos lados sin que se encienda la flama, una pausa eterna en la que siempre corro hasta la otra orilla del baño, mirando fijamente el mecanismo de metal en el que no ocurre nada, se oye salir el gas pero no ocurre nada, se prepara la explosión que acabará con la mitad del edificio, hasta que con una especie de tos que expulsa hollín para todos lados, el bóiler se enciende finalmente. Todos los días, la misma pausa interminable, el mismo miedo a una explosión que acabe con la mitad del edificio, mis ojos fijos con horror en el mecanismo de metal, parapetada en el extremo opuesto del baño. Además, hay un corto en el cable del que cuelga el foco en el comedor, y por eso no puedo colgarle una lámpara, y pocas cosas tan tristes como un cable desde el que cuelga un foco pelón. Y todas las ventanas de mi departamento se abren hacia muros grises y descarapelados. Vive también aquí una lagartija que a base de tenacidad se ha convertido en mi mascota involuntaria. Cuando algo la asusta desaparece por días o hasta por semanas y cuando pienso que ahora sí se me murió, la veo de nuevo, inmóvil, cazando moscas desde una esquina en la pared, y entonces me siento inexplicablemente feliz. Tengo una vecina que se llama Andrea y ya cumplió 5 años, que toca a mi departamento todos los días. Me asomo por la mirilla de la puerta y no veo nada y entonces sé que ella está del otro lado, demasiado pequeñita todavía para aparecer en la mira del ojo de cristal. Y ahora, tengo dos nuevos compañeros de casa: Silvia y su hijo Sebastián. Sebastián tiene 6 años y canta to-do-el-tiem-po.
Sucede que también este pequeño espacio desgastado por el uso, en un edificio en la Portales, se llena de luz, a su manera.
Sucede que también este pequeño espacio desgastado por el uso, en un edificio en la Portales, se llena de luz, a su manera.
domingo, 7 de marzo de 2010
Los libros de Kapuscinski, y otros libros
Trabajé dos semanas en la Feria Internacional del Libro atendiendo el stand de Michoacán. Había ratos, sobre todo los fines de semana, en que el tiempo se movía con una lentitud espantosa, de pie, dando vueltas alrededor del salón, tomando un libro de poesía, leyendo una página, soltándolo, tomándolo otra vez, deseando que las hordas humanas se disuelvan de una vez por todas, para dejarnos en paz. Pero la mayor parte de los días el saldo fue positivo por amplio margen de ventaja. Las ferias del libro atraen a gente que deambula por inercia o aburrimiento sin un interés particular en los libros, a niños de secundaria o primero de prepa enviados en contingente por sus maestros, que pasan como nubes oscuras a llevarse todo lo que es gratuito, a tomarse fotos enfrente del arreglo de flores para su perfil en el Facebook. Pero las ferias del libro también atraen a personas que aman a los libros, que usan chamarras pasadas de moda pero compran libros, que traen las puntas de los zapatos corroídas por el uso, pero compran libros, que pasean con humildad y cuidado con las ropas completamente desgastadas observando todos los títulos en los libreros, uno por uno, y luego, sacan del pantalón diez pesos para comprarse una revista de poesía. Eruditos obsesivos que compran TODO lo que tenga que ver con Morelos, o las Haciendas. Hombres de mayor edad que se detienen a llenarte de datos curiosos, tal ciudad antes se llamaba de tal otro modo, cambió de nombre por esto y por esto, esta región de Guerrero antes era Michoacana, etcétera y etcétera. Hombres con el rostro arrugado en una sonrisa permanente (los viejos no pueden esconder cuál ha sido la emoción predominante de sus vidas porque se les queda marcada en los surcos indelebles de sus caras), que regresan dos o tres veces por semana, y se ponen de buen humor si los reconoces. Entonces, ya entrados en confianza, uno de ellos me platica por ejemplo que se vino a la ciudad de México cuando era adolescente, sin permiso, o sea que trabajaba y estudiaba y pasó hambres, así y todo fue de los primeros estudiantes que mandaron de intercambio a China, y se las arregló para ir a Japón, y Washington en Estados Unidos (aunque desde luego, los gringos nunca le han caído muy bien), y a Canadá, y otras partes, él es orgullosamente de la UNAM (sus ojos sonríen con placer), adora su camiseta, él fue 68, conoce a todos los de movimiento, enumera a protagonistas famosos, le decían Prepa 7 aunque él protestara y les dijera que su nombre es Jaime, estuvo en Tlatelolco el dos de octubre pero se salvó gracias a su madre, ella lo venía a visitar desde Michoacán y fueron juntos al mitin, pero lo convenció a que se salieran un ratito para que la llevara a La Villa, y a comer algo, y a comprar zapatos, y cuando él quiso entrar de nuevo a la explanada ya estaba cerrado el paso por los soldados. Lázaro Cárdenas era su tío, se señala las orejas enormes, inconfundibles, el mejor presidente que tuvimos, Cuauhtémoc por otro lado no le cae bien, no se hablan, y así, de un tema al siguiente, con ojos que sonríen todo el tiempo y a ratos se iluminan por completo evocando buenos tiempos, oye, qué agradable eres, pensé que eras una niña fresa la primera vez que te vi, y entonces yo le platico también de mis aventuras canadienses, y que mi marido está lejos, y él me mira con ternura y me dice, ay, mi niña, no te preocupes. Así como esta podría reproducir muchas otras conversaciones que se sintieron como encuentros y que me dejaban de buen humor por muchas horas. Por regla general creo que las personas que son atentas y cuidadosas con los libros son también atentas con la gente, y buenas para conversar.
Además, me regalaron “Cristo con un fusil al hombro”, de Kapuscinski, que en mi estado actual de pobreza no me habría podido comprar sin una culpa del tamaño del mundo. Lo leí casi todo de un tirón, con el pecho acelerado, como corresponde a las lecturas extraordinarias. Esas crónicas fueron escritas en los 70s y retratan realidades que sublevan a cualquiera con un mínimo sentido de la humanidad y la justicia. Las leo en el 2010 con la sensación de que el mundo es peor que entonces, más desigual, más injusto. Como un murmullo de agua en desiertos individualistas, hay personas que siguen creyendo en otros mundos posibles. Están ahí, hay que saber que están ahí. Las personas que creen en otros mundos posibles son los ángeles guardianes de nuestra historia. Sin ellos, ya no nos queda más que un desierto cada vez más solitario, sin vida, sin ideas, sin sueños, sin sorpresas.
Además, me regalaron “Cristo con un fusil al hombro”, de Kapuscinski, que en mi estado actual de pobreza no me habría podido comprar sin una culpa del tamaño del mundo. Lo leí casi todo de un tirón, con el pecho acelerado, como corresponde a las lecturas extraordinarias. Esas crónicas fueron escritas en los 70s y retratan realidades que sublevan a cualquiera con un mínimo sentido de la humanidad y la justicia. Las leo en el 2010 con la sensación de que el mundo es peor que entonces, más desigual, más injusto. Como un murmullo de agua en desiertos individualistas, hay personas que siguen creyendo en otros mundos posibles. Están ahí, hay que saber que están ahí. Las personas que creen en otros mundos posibles son los ángeles guardianes de nuestra historia. Sin ellos, ya no nos queda más que un desierto cada vez más solitario, sin vida, sin ideas, sin sueños, sin sorpresas.
capítulo
escritores que me gustan,
ventana
viernes, 5 de marzo de 2010
Vivimos realidades paralelas. No puedo dejar de pensar en eso. Cuando tengo calor y salgo sin chamarra, a él se le moja el pie por un hoyito en su zapato mientras atraviesa una ciudad blanca, endurecida por el invierno. Cuando me siento sofocada y me muevo con lentitud a través de masas de gente, él camina con sus zancadas características a través de una calle desierta y bajo cero. Cuando me encojo entre las cobijas él fuma a la intemperie, bocanadas breves. Cuando me tiendo con languidez él se mueve nerviosamente haciendo recorridos circulares por su departamento. Mientras me recojo el cabello él se deja crecer la barba, y no podemos mirar nuestras metamorfosis en el espejo cotidiano del otro.
Cuando sueño despierta, cuando me gana la risa, cuando leo, cuando voy a bailar, cuando veo el bistec a la mexicana en el menú de cualquier restaurante, cuando miro juguetes pequeños, cuando me voy a la cama, cuando escucho a The Velvet Underground o The Clash o Burning Speer o una canción vieja de Bob Marley, cuando me arrullo con el resplandor azul de la tele, cuando hago buches con el enjuague bucal, cuando me tropiezo con las grietas en el suelo... siento un agudo dolor en un espacio vago del cuerpo, y me pregunto qué hace él, y me imagino sus gestos, y me pregunto si está bien, y cierro los ojos con ganas de un ángel, que se asegure, de que él esté bien, y siga estando bien, siempre. Y éste es un fervor distinto. No viene de una honda y humilde expansión en el pecho, sino de ese dolor agudo, que se clava brevemente quién sabe dónde, que me recuerda al miedo. A todos nos educan para saber de antemano que el amor no es miedo, sino entrega confiada, y fe resplandeciente en la persona que amamos. Pero el amor también está hecho de miedo. A todos los azares, al sufrimiento del otro. El amor también es cerrar los ojos con fuerza, y desear un ángel, pedirle a un ángel que lo cuide, Dios mío, si existe Dios, por favor por favor por favor que lo cuide, que le acaricie la cabeza, que le sople dulzura en el pecho, todas las mañanas, todas las noches, que lo proteja, que lo consuele, siempre, invisible, tierno, a su lado, fiel, inseparable, así como debería estar yo a su lado, ahora mismo por ejemplo, mientras escribo esto porque necesitaba escribirlo y sé de antemano que voy a tener insomnio también esta noche, y él duerme quizás oyendo de lejos a Los Simpsons, en su colchón de siempre, sobre el suelo.
Cuando sueño despierta, cuando me gana la risa, cuando leo, cuando voy a bailar, cuando veo el bistec a la mexicana en el menú de cualquier restaurante, cuando miro juguetes pequeños, cuando me voy a la cama, cuando escucho a The Velvet Underground o The Clash o Burning Speer o una canción vieja de Bob Marley, cuando me arrullo con el resplandor azul de la tele, cuando hago buches con el enjuague bucal, cuando me tropiezo con las grietas en el suelo... siento un agudo dolor en un espacio vago del cuerpo, y me pregunto qué hace él, y me imagino sus gestos, y me pregunto si está bien, y cierro los ojos con ganas de un ángel, que se asegure, de que él esté bien, y siga estando bien, siempre. Y éste es un fervor distinto. No viene de una honda y humilde expansión en el pecho, sino de ese dolor agudo, que se clava brevemente quién sabe dónde, que me recuerda al miedo. A todos nos educan para saber de antemano que el amor no es miedo, sino entrega confiada, y fe resplandeciente en la persona que amamos. Pero el amor también está hecho de miedo. A todos los azares, al sufrimiento del otro. El amor también es cerrar los ojos con fuerza, y desear un ángel, pedirle a un ángel que lo cuide, Dios mío, si existe Dios, por favor por favor por favor que lo cuide, que le acaricie la cabeza, que le sople dulzura en el pecho, todas las mañanas, todas las noches, que lo proteja, que lo consuele, siempre, invisible, tierno, a su lado, fiel, inseparable, así como debería estar yo a su lado, ahora mismo por ejemplo, mientras escribo esto porque necesitaba escribirlo y sé de antemano que voy a tener insomnio también esta noche, y él duerme quizás oyendo de lejos a Los Simpsons, en su colchón de siempre, sobre el suelo.
sábado, 13 de febrero de 2010
Si nos pusiéramos dramáticos (y eso a mí nunca me ha costado trabajo), y si además nos pusiéramos románticos (y me pinto solita para eso), y si tendiéramos ligeramente a la exageración de las cosas (pero sólo ligeramente), podríamos decir que él es mi Romeo, y yo, por supuesto, su Julieta. Que los Montesco son los países del primer mundo, los que se pueden dar el lujo de ser "receptores" de inmigrantes, y los Capuleto son los países del tercer mundo, a donde la gente no llega, sino desde donde la gente se va. Los dos grupos de personas, no es que se odien a muerte (más bien sucede a veces que no se odian en absoluto), pero no se supone que deban mezclarse. Por lo menos, eso dicen los Montesco. No se trata de una guerra declarada abiertamente, pero es, de todos modos, una guerra. La abogada se lo explicó claramente a J: si yo tuviera un pasaporte europeo, o gringo, las cosas avanzarían con gran rapidez y sin mayores contratiempos. Pero mi pasaporte es mexicano, estoy marcada irremediablemente con la marca de los Capuleto, los subdesarrollados del mundo, y eso me hace culpable de varios crímenes hasta que se demuestre lo contrario: que me caso por interés con un canadiense sólo para obtener la ciudadanía de un país que desde mi territorio violento y empobrecido se debe ver más o menos como el equivalente al paraíso, que sólo quiero abusar del gobierno para alimentarme del welfare, que llego como parásito de última calidad a contaminar un país de gente trabajadora y gracias a eso, próspera. Lo que se trasluce detrás de los argumentos y sobre todo detrás de las políticas migratorias es el convencimiento de que la gente ha de ser pobre porque no trabaja. La gente pobre ha de traer encima algún defecto cultural o congénito, y hay que escanearla cuidadosamente antes de permitirle franquear fronteras: que demuestre con pelos y señales qué ha hecho en los últimos diez años de su vida, que muestre todas sus credenciales, que no tenga antecedentes sospechosos, que no le duela ni una muela, que muestre su cartilla con todas las vacunas que ha tomado para protegerse de la pobreza, esa pandemia. Y que se inmole, frente a nosotros, por lo menos un poquito, que llore un poquito, que suplique un poquito. Que no se le ocurra opinar, decir por ejemplo que el proceso le parece injusto y desde cuando a acá las familias no tienen el derecho inalienable a estar juntas, porque entonces le ponemos un tache al expediente y lo mandamos de regreso al fondo de la torre interminable de carpetas. ¿Es usted Capuleto? Entonces entienda claramente que esta es nuestra fiesta, y usted no está invitado. Usted no tiene derecho a franquear las puertas de esta casa ni siquiera disfrazado, si usted quiere intentar la peligrosa alquimia que pretende transformar su devaluado plomo por nuestro brillante oro, entonces entienda de una vez que no tiene derecho a hacerlo, el amor no lo redime ante nosotros, hínquese, pague sus cuotas, llene todos los espacios en blanco de los cuestionarios, calladito se ve más bonito, y dentro de uno o dos años, si lo encontramos libre de toda culpa, si nos demuestra que es Capuleto más por accidente geográfico que por vocación verdadera, entonces lo dejamos entrar. Después de todo, somos buenas personas.
Que conste que no hablo de los canadienses, sino de su gobierno. Si algo me gustó de Toronto es la forma en que la gente no alzaba las cejas cuando me oía platicar en español, porque el de al lado platica en mandarín, y el de más allá en punjabi. Nunca me sentí extraña, en una ciudad tejida con extraños de todas partes. De hecho, lo que recuerdo son actos de una amabilidad deslumbrante ejecutados por extraños, hacia la extraña que era yo, en las calles, en los autobuses, en los pequeños supermercados.
En realidad, lo que está jodido no es ni siquiera el gobierno canadiense, sino el mundo.
Como explica Zygmunt Bauman (a quien he leído casi obsesivamente en las últimas semanas), el mundo está dividido por la movilidad. Los ricos tienen derecho a moverse, sin interrogatorios de por medio, a través de todas las fronteras y todas las aduanas. Tienen derecho a abrir compañías en países del tercer mundo para pagar salarios ínfimos y contaminar sin obstáculos legales los lagos o el subsuelo; si los trabajadores encuentran el trato injusto y se alebrestan, si el terreno ha sido explotado y contaminado más allá de todo remedio, entonces los ricos del mundo tienen derecho a recoger sus cachivaches e instalarse en algún otro país todavía más pobre y todavía menos regulado. Los pobres, están condenados a quedarse, junto al lago contaminado, bebiendo el agua infecta, y sin empleo.
Los pobres no tienen derecho a la alquimia que los transforme en habitantes de otros mundos (si nacieron en el tercero, en el tercero habrán de morir). Pueden intentarlo si pagan el precio incalculable de la ilegalidad. Puede ser que se mueran en el intento, mientras cruzan una frontera cada vez más vigilada. Puede ser que no vean a sus seres queridos hasta dentro de una o dos décadas. Puede ser que no los vuelvan a ver.
Mis encuentros dramáticos con esa realidad no fueron en Canadá, sino en los municipios de Pátzcuaro, Tiquicheo, Tzitzio, en Michoacán. Una vez, cuando era maestrita de primaria en "Las Palmitas", me tocó caminar detrás de un hombre que se iba despidiendo de todos, cargando una mochila y una chamarra azul, ya de camino al otro lado. La gente le estrechaba la mano y le decía que le vaya bien, y él respondía, Dios lo escuche, con una voz oscurecida por la incertidumbre y por una esperanza kamikaze. Cada apretón de manos y cada despedida estaban cargados con la solemnidad de los gestos que ocurren, por ejemplo, bajo el techo sagrado de una iglesia. En el interior de una casa de madera, a las faldas de una montaña todavía profundamente verde, una mujer lloraba de angustia. Mientras fui maestra rural, me encontré con muchas mujeres así, que lloraban frente a mí porque no sabían si sus maridos o sus hijos iban a cruzar, o regresar, algún día. Es que "ahora les disparan como si fueran venados", me decían, en tiempos anteriores al 11 de septiembre, y el muro fronterizo. Una de ellas me explicó con la voz hecha pedacitos que habían metido a su hijo a la cárcel en Estados Unidos, y que le llegaban cartas de él, pero que a él las cartas de ella no le llegaban, y no tenía forma de decirle que ahí seguía, al pendiente, queriéndolo.
Llevo menos de un mes lejos de J, y ya me encuentro desmadejada por el insomnio. Es que, la mera verdad, para la gente medianamente normal y medianamente egoísta, como yo, las tragedias ajenas siguen siendo ajenas hasta que nos tocan, aunque sea tangencialmente. Tenía que enamorarme de un canadiense y cometer el error de casarme con él en México, para entender todo el peso de las fronteras que nos dividen en buenos y malos, Montesco y Capuleto, ricos y pobres, deseables o indeseables. Tenía que enfrentarme con incredulidad absoluta a que me dijeran, usted no tiene derecho a visitar a su esposo, hasta que le demos la residencia, si es que se la damos. Le dicen lo mismo a las madres que tienen a sus hijos pequeños en otro país, y a los hijos que quieren llevar a Canadá a madres o padres ancianos y débiles, y si se les mueren en el camino de la espera, pues ya ni modo. Si son Capuleto, por supuesto, si vienen de países como Ecuador o Polonia. Si son Montesco, si vienen de Inglaterra o Francia, entonces es probable que ni siquiera necesiten una visa para entrar al país. Cada quien carga con la marca imborrable de su apellido, expuesto ahí, claramente, en el color de su pasaporte.
Por eso es que ahora, en un blog dedicado a los tropiezos románticos de una mujer que tiende a soñar en exceso, aparecen por primera vez (y demasiado tarde) palabras como ricos, y pobres, al más puro estilo chairo. Lo que hay debajo no es compromiso político, ni siquiera ideología. Sino una realidad que duele porque de pronto, sin que uno lo creyera posible, se hizo cercana.
J me telefoneó hace rato, para explicarme los resultados de su entrevista con una abogada experta en asuntos migratorios. Resulta que no tengo derecho a visitarlo, ni por razones humanitarias, porque el amor no es una razón humanitaria de peso. Pero él sí tiene derecho a venir para acá. Y él, sin dudarlo, se viene para acá, conmigo, a México. Después de todo, él es mi Romeo, no faltaba más. Esperemos sólamente que el símil termine antes del desenlace trágico propuesto por Shakespeare.
Que conste que no hablo de los canadienses, sino de su gobierno. Si algo me gustó de Toronto es la forma en que la gente no alzaba las cejas cuando me oía platicar en español, porque el de al lado platica en mandarín, y el de más allá en punjabi. Nunca me sentí extraña, en una ciudad tejida con extraños de todas partes. De hecho, lo que recuerdo son actos de una amabilidad deslumbrante ejecutados por extraños, hacia la extraña que era yo, en las calles, en los autobuses, en los pequeños supermercados.
En realidad, lo que está jodido no es ni siquiera el gobierno canadiense, sino el mundo.
Como explica Zygmunt Bauman (a quien he leído casi obsesivamente en las últimas semanas), el mundo está dividido por la movilidad. Los ricos tienen derecho a moverse, sin interrogatorios de por medio, a través de todas las fronteras y todas las aduanas. Tienen derecho a abrir compañías en países del tercer mundo para pagar salarios ínfimos y contaminar sin obstáculos legales los lagos o el subsuelo; si los trabajadores encuentran el trato injusto y se alebrestan, si el terreno ha sido explotado y contaminado más allá de todo remedio, entonces los ricos del mundo tienen derecho a recoger sus cachivaches e instalarse en algún otro país todavía más pobre y todavía menos regulado. Los pobres, están condenados a quedarse, junto al lago contaminado, bebiendo el agua infecta, y sin empleo.
Los pobres no tienen derecho a la alquimia que los transforme en habitantes de otros mundos (si nacieron en el tercero, en el tercero habrán de morir). Pueden intentarlo si pagan el precio incalculable de la ilegalidad. Puede ser que se mueran en el intento, mientras cruzan una frontera cada vez más vigilada. Puede ser que no vean a sus seres queridos hasta dentro de una o dos décadas. Puede ser que no los vuelvan a ver.
Mis encuentros dramáticos con esa realidad no fueron en Canadá, sino en los municipios de Pátzcuaro, Tiquicheo, Tzitzio, en Michoacán. Una vez, cuando era maestrita de primaria en "Las Palmitas", me tocó caminar detrás de un hombre que se iba despidiendo de todos, cargando una mochila y una chamarra azul, ya de camino al otro lado. La gente le estrechaba la mano y le decía que le vaya bien, y él respondía, Dios lo escuche, con una voz oscurecida por la incertidumbre y por una esperanza kamikaze. Cada apretón de manos y cada despedida estaban cargados con la solemnidad de los gestos que ocurren, por ejemplo, bajo el techo sagrado de una iglesia. En el interior de una casa de madera, a las faldas de una montaña todavía profundamente verde, una mujer lloraba de angustia. Mientras fui maestra rural, me encontré con muchas mujeres así, que lloraban frente a mí porque no sabían si sus maridos o sus hijos iban a cruzar, o regresar, algún día. Es que "ahora les disparan como si fueran venados", me decían, en tiempos anteriores al 11 de septiembre, y el muro fronterizo. Una de ellas me explicó con la voz hecha pedacitos que habían metido a su hijo a la cárcel en Estados Unidos, y que le llegaban cartas de él, pero que a él las cartas de ella no le llegaban, y no tenía forma de decirle que ahí seguía, al pendiente, queriéndolo.
Llevo menos de un mes lejos de J, y ya me encuentro desmadejada por el insomnio. Es que, la mera verdad, para la gente medianamente normal y medianamente egoísta, como yo, las tragedias ajenas siguen siendo ajenas hasta que nos tocan, aunque sea tangencialmente. Tenía que enamorarme de un canadiense y cometer el error de casarme con él en México, para entender todo el peso de las fronteras que nos dividen en buenos y malos, Montesco y Capuleto, ricos y pobres, deseables o indeseables. Tenía que enfrentarme con incredulidad absoluta a que me dijeran, usted no tiene derecho a visitar a su esposo, hasta que le demos la residencia, si es que se la damos. Le dicen lo mismo a las madres que tienen a sus hijos pequeños en otro país, y a los hijos que quieren llevar a Canadá a madres o padres ancianos y débiles, y si se les mueren en el camino de la espera, pues ya ni modo. Si son Capuleto, por supuesto, si vienen de países como Ecuador o Polonia. Si son Montesco, si vienen de Inglaterra o Francia, entonces es probable que ni siquiera necesiten una visa para entrar al país. Cada quien carga con la marca imborrable de su apellido, expuesto ahí, claramente, en el color de su pasaporte.
Por eso es que ahora, en un blog dedicado a los tropiezos románticos de una mujer que tiende a soñar en exceso, aparecen por primera vez (y demasiado tarde) palabras como ricos, y pobres, al más puro estilo chairo. Lo que hay debajo no es compromiso político, ni siquiera ideología. Sino una realidad que duele porque de pronto, sin que uno lo creyera posible, se hizo cercana.
J me telefoneó hace rato, para explicarme los resultados de su entrevista con una abogada experta en asuntos migratorios. Resulta que no tengo derecho a visitarlo, ni por razones humanitarias, porque el amor no es una razón humanitaria de peso. Pero él sí tiene derecho a venir para acá. Y él, sin dudarlo, se viene para acá, conmigo, a México. Después de todo, él es mi Romeo, no faltaba más. Esperemos sólamente que el símil termine antes del desenlace trágico propuesto por Shakespeare.
capítulo
flechazo,
frontera,
Santa Jimena de la autocompasión
miércoles, 10 de febrero de 2010
Nos casamos con increíble ingenuidad. Hasta ahora voy aquilatando lo estúpidos que fuimos. Pensamos que estar casados nos daba el derecho a estar juntos (¿no es para estar juntos que la gente se casa?). Pues no. Para el gobierno canadiense, no. El proceso para obtener la residencia tarda entre año y medio y dos años. Yo pensé que podía decirles: estoy casada, quiero tramitar la residencia, y quiero estar con mi esposo mientras el trámite concluye. Pues no. Hasta entonces, tengo que quedarme en el país, y él tiene que estar en Canadá, probándole a su gobierno que trabaja y puede mantenerme. O sea que tampoco tenemos derecho a estar juntos en México. Yo ya sabía, porque todo el mundo sabe, que oficiales gubernamentales nos iban a entrevistar innumerables veces para asegurarse de que nuestro matrimonio es real y no un arreglo por conveniencia, sabía que iban a meter su nariz hasta los últimos rincones de nuestra vida privada, y la idea nunca me hizo feliz pero entendí que era una manera de asegurarse de que no haya fraude, porque los fraudes son comunes.
Esto no lo entiendo. Me parece tortura emocional sin sentido. El gobierno canadiense no gana nada manteniéndonos separados, y mientras tanto, nosotros perdemos un chingo. J. habló con gente de una ong que ofrece asesoría gratuita (porque además, no tenemos dinero para abogados ni nada parecido), y le dijeron que mi opción más factible era pedir el derecho a visitarlo por razones humanitarias. Si me encuentro con alguien compasivo, me dan el permiso, si se levantó de malas esa mañana, estamos jodidos, y no nos queda de otra más que apretar los dientes. Si me dan el permiso, puedo estar con él por algo así como dos meses, los restantes 8 o 12 o 15 meses, los tengo que apechugar de nuevo lejos de mi marido. Así como usted hay millones, usted nomás sea paciente, es un proceso frustrante. Eso le dijeron.
Si no estuviéramos casados, tendríamos más posibilidades de estar juntos.
Yo ni siquiera quiero ser residente. Yo no quería vivir en Canadá. A mí me gusta mucho México. Así, jodido, país de la periferia, del tercer mundo. Yo lo único que quería, desde el principio, era estar con mi esposo.
Tengo insomnio desde que se fue. No puedo dormir sin sentir su cuerpo a mi lado.
Esto no lo entiendo. Me parece tortura emocional sin sentido. El gobierno canadiense no gana nada manteniéndonos separados, y mientras tanto, nosotros perdemos un chingo. J. habló con gente de una ong que ofrece asesoría gratuita (porque además, no tenemos dinero para abogados ni nada parecido), y le dijeron que mi opción más factible era pedir el derecho a visitarlo por razones humanitarias. Si me encuentro con alguien compasivo, me dan el permiso, si se levantó de malas esa mañana, estamos jodidos, y no nos queda de otra más que apretar los dientes. Si me dan el permiso, puedo estar con él por algo así como dos meses, los restantes 8 o 12 o 15 meses, los tengo que apechugar de nuevo lejos de mi marido. Así como usted hay millones, usted nomás sea paciente, es un proceso frustrante. Eso le dijeron.
Si no estuviéramos casados, tendríamos más posibilidades de estar juntos.
Yo ni siquiera quiero ser residente. Yo no quería vivir en Canadá. A mí me gusta mucho México. Así, jodido, país de la periferia, del tercer mundo. Yo lo único que quería, desde el principio, era estar con mi esposo.
Tengo insomnio desde que se fue. No puedo dormir sin sentir su cuerpo a mi lado.
martes, 9 de febrero de 2010
¿Qué generación de computadora, i-pod y celular tiene usted? ¿De qué año y modelo es el coche que maneja? ¿Ya sustituyó sus DVDs por el blue ray? ¿Está usted seguro de que tiene lo último de lo último y lo mejor de lo mejor?
En palabras de Zygmunt Bauman: “El mercado recibiría un golpe mortal si el estatus de los individuos les aportara una sensación de seguridad, si sus logros y sus objetos personales estuvieran a buen recaudo, si sus proyectos fuesen finitos y si el final de sus trabajosos esfuerzos estuviese a su alcance. El arte del marketing está dedicado a impedir que se cierren las opciones y se realicen los deseos.” Luego de que usted ahorró para comprarse triunfalmente la más sofisticada computadora del mercado, sale a la venta un par de meses después una infinitamente mejor, que hace a la suya obsoleta; ahora, ésa es la que hay que tener…hasta que un nuevo modelo la reemplace, a su vez, en poco tiempo. Tal como el mismo Bauman afirma en su libro Vida Líquida, el objetivo de una sociedad basada en el consumo no es vendernos cosas que nos duren para siempre, sino continuar vendiéndonos productos hasta el infinito, así que el truco es mantener a la gente en un estado permanente de insatisfacción. Y tan importante como es comprar a la velocidad impuesta por el mercado, es desechar lo mismo que el mercado ha declarado caduco. No cometa usted el ridículo de aparecer en la reunión de ex alumnos de su escuela cargando una cámara no-digital, o una de sólo tres megapixeles cuando todo el mundo sabe que ahora hay que tener 8 o ya de perdis 7, mí-ni-mo.
De todas las novelas de ciencia ficción que he leído, mi favorita de todos los tiempos es Farenheit 451. Bradbury, hace décadas, dio en el clavo. A fin de cuentas, no era necesario programar genéticamente a las personas desde antes de su nacimiento a la Aldous Huxley, ni ejercer sobre la gente una vigilancia panóptica tipo George Orwell; lo único que hace falta para mantener un orden con pocas fisuras son pantallas gigantes de televisión. Es cierto que en el mundo recreado por Bradbury también hay bomberos que queman libros prohibidos, pero la premisa más interesante de la novela es que los bomberos son casi innecesarios, y no es sólo la represión, sino sobre todo el embotamiento, lo que mantiene a las calles en paz. Mildred, la esposa de Montag, sabe vagamente que más allá de las fronteras de su mundo privilegiado se pelea una guerra pero no le importa. Y ya no recuerda cuándo ni cómo conoció a su marido, lo único que verdaderamente la obsesiona es el dinero para que la cuarta pared de su sala sea transformada en televisión, y que desde esas cuatro paredes, la inunde todos los días y todas las noches la ilusión perfecta de sus amigos virtuales. Por supuesto, aunque Bradbury no lo dice uno puede imaginar que si Mildred se hubiera comprado la cuarta pared-televisión, se la iba a seducir de inmediato con nuevas pantallas táctiles y no sólo visuales, o techos con alguna cualidad estereofónica.
La vida se ha transformado en una carrera en la que nadie tiene derecho a detenerse. Y eso se puede aplicar al mercado pero también (quizás precisamente por eso) a casi todo lo demás. Después del post-doctorado, sigue el post-post-doctorado, o si usted ya se hizo gerente ahora le toca hacerse gerente en jefe ahí en la compañía donde trabaja. Sirve que así le pagan más dinero, y puede usted comprar más y mejores cosas. Póngale más pisos a su casa, múdese a un departamento más bonito. Después de pagar a cuotas y trabajosamente su coche, apresúrese a venderlo, no vaya a ser que se le devalúe, y póngase a pagar en cuotas y trabajosamente el coche que sigue.
Mientras tanto, conozco a alguien que en lugar de perseguir el siguiente título rimbombante, el siguiente objeto sofisticado y luminoso, la zanahoria en turno puesta por delante de nuestras bocas, se fue a vivir a un pueblito de Michoacán para estar en un lugar desde el que es posible, aún, oír el tren o los grillos a lo lejos. Y la verdad, es una mujer que produce una profunda impresión de luz, y seguridad.
J. va a todas partes cargando el mismo disc-man que ha tenido en los últimos cinco años, y le brillan los ojos cuando escucha por millonésima vez su disco favorito de Burning Speer. Nunca le ha interesado comprarse un coche, y le gusta caminar, y cuando camina, se detiene con frecuencia a observar los insectos que caminan junto a él por la banqueta.
La gente más conectada con cosas parece simultáneamente más desconectada del mundo. Y la gente más conectada con el mundo, está menos obsesionada con las cosas. El mundo, después de todo, ocurre todo el tiempo por debajo de nuestras narices, y no hay que pagar nada para sentirlo, mientras nos toca.
En palabras de Zygmunt Bauman: “El mercado recibiría un golpe mortal si el estatus de los individuos les aportara una sensación de seguridad, si sus logros y sus objetos personales estuvieran a buen recaudo, si sus proyectos fuesen finitos y si el final de sus trabajosos esfuerzos estuviese a su alcance. El arte del marketing está dedicado a impedir que se cierren las opciones y se realicen los deseos.” Luego de que usted ahorró para comprarse triunfalmente la más sofisticada computadora del mercado, sale a la venta un par de meses después una infinitamente mejor, que hace a la suya obsoleta; ahora, ésa es la que hay que tener…hasta que un nuevo modelo la reemplace, a su vez, en poco tiempo. Tal como el mismo Bauman afirma en su libro Vida Líquida, el objetivo de una sociedad basada en el consumo no es vendernos cosas que nos duren para siempre, sino continuar vendiéndonos productos hasta el infinito, así que el truco es mantener a la gente en un estado permanente de insatisfacción. Y tan importante como es comprar a la velocidad impuesta por el mercado, es desechar lo mismo que el mercado ha declarado caduco. No cometa usted el ridículo de aparecer en la reunión de ex alumnos de su escuela cargando una cámara no-digital, o una de sólo tres megapixeles cuando todo el mundo sabe que ahora hay que tener 8 o ya de perdis 7, mí-ni-mo.
De todas las novelas de ciencia ficción que he leído, mi favorita de todos los tiempos es Farenheit 451. Bradbury, hace décadas, dio en el clavo. A fin de cuentas, no era necesario programar genéticamente a las personas desde antes de su nacimiento a la Aldous Huxley, ni ejercer sobre la gente una vigilancia panóptica tipo George Orwell; lo único que hace falta para mantener un orden con pocas fisuras son pantallas gigantes de televisión. Es cierto que en el mundo recreado por Bradbury también hay bomberos que queman libros prohibidos, pero la premisa más interesante de la novela es que los bomberos son casi innecesarios, y no es sólo la represión, sino sobre todo el embotamiento, lo que mantiene a las calles en paz. Mildred, la esposa de Montag, sabe vagamente que más allá de las fronteras de su mundo privilegiado se pelea una guerra pero no le importa. Y ya no recuerda cuándo ni cómo conoció a su marido, lo único que verdaderamente la obsesiona es el dinero para que la cuarta pared de su sala sea transformada en televisión, y que desde esas cuatro paredes, la inunde todos los días y todas las noches la ilusión perfecta de sus amigos virtuales. Por supuesto, aunque Bradbury no lo dice uno puede imaginar que si Mildred se hubiera comprado la cuarta pared-televisión, se la iba a seducir de inmediato con nuevas pantallas táctiles y no sólo visuales, o techos con alguna cualidad estereofónica.
La vida se ha transformado en una carrera en la que nadie tiene derecho a detenerse. Y eso se puede aplicar al mercado pero también (quizás precisamente por eso) a casi todo lo demás. Después del post-doctorado, sigue el post-post-doctorado, o si usted ya se hizo gerente ahora le toca hacerse gerente en jefe ahí en la compañía donde trabaja. Sirve que así le pagan más dinero, y puede usted comprar más y mejores cosas. Póngale más pisos a su casa, múdese a un departamento más bonito. Después de pagar a cuotas y trabajosamente su coche, apresúrese a venderlo, no vaya a ser que se le devalúe, y póngase a pagar en cuotas y trabajosamente el coche que sigue.
Mientras tanto, conozco a alguien que en lugar de perseguir el siguiente título rimbombante, el siguiente objeto sofisticado y luminoso, la zanahoria en turno puesta por delante de nuestras bocas, se fue a vivir a un pueblito de Michoacán para estar en un lugar desde el que es posible, aún, oír el tren o los grillos a lo lejos. Y la verdad, es una mujer que produce una profunda impresión de luz, y seguridad.
J. va a todas partes cargando el mismo disc-man que ha tenido en los últimos cinco años, y le brillan los ojos cuando escucha por millonésima vez su disco favorito de Burning Speer. Nunca le ha interesado comprarse un coche, y le gusta caminar, y cuando camina, se detiene con frecuencia a observar los insectos que caminan junto a él por la banqueta.
La gente más conectada con cosas parece simultáneamente más desconectada del mundo. Y la gente más conectada con el mundo, está menos obsesionada con las cosas. El mundo, después de todo, ocurre todo el tiempo por debajo de nuestras narices, y no hay que pagar nada para sentirlo, mientras nos toca.
capítulo
desencanto,
escritores que me gustan,
ventana
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