sábado, 21 de noviembre de 2015

Miedo



El péndulo que se mueve entre esos momentos en que son los sueños los que nos mantienen con vida y los momentos en que vive uno tan intensamente que casi no hay tiempo para soñar, es un péndulo que se mueve entre el pánico y la seguridad. A veces nos acurrucamos con suavidad en una paz rutinaria y medio adormecida. Otras veces la vida que vivimos nos da miedo, y eso es bueno. Pocas cosas tan saludables, para mí, como una cierta medida de pánico. No un miedo que paralice o angustie en exceso, desde luego, pero de todos modos, miedo, porque hacemos algo que tiene tintes desconocidos, de algún modo impredecible,  que exige de nosotros algo más que sólo lo automático y lo cotidiano. Miedo porque enfrentamos situaciones difíciles que nos obligan a ser más fuertes de lo acostumbrado, y somos un poco más libres y estamos un poco más vivos y nos miramos, quizás, con un poquito de orgullo, y todo es a veces terrible y oscuro pero en medio se abren momentos de una dulzura incandescente.

Siento dentro de mí una desesperación que ya conozco, la desesperación frente a la tranquilidad. Quiero tener más miedo, estar más viva, quiero romper algo en pedazos, tomar una decisión impulsiva, saltar a un precipicio. Es un patrón que ya conozco. Mi vida ha sido una serie de saltos intempestivos en zigzag, del sur a una ciudad en el norte, de la ciudad al campo michoacano. Y no me arrepiento. Lo mejor de mi vida, lo más luminoso, ha nacido gracias a esos arranques. El último arranque es distinto, esta vez, y ya no es un arranque. No se trata, ahora, de abrir un capítulo luminoso en una geografía distinta, se trata de apostarle, por primera vez, ya tarde en mi historia, a construir una permanencia que sea luminosa. Combinar la cotidianidad y el miedo. Y sí, la vida se va en muchas horas inevitablemente rutinarias y eso me rompe el corazón ahora tanto como la primera vez, cuando escribí la primer entrada en este blog. Pero además hay miedo. Me da miedo no tener el talento suficiente. Me da miedo exponer el camino todavía principiante a los ojos del mundo. La distancia entre cómo se ven las cosas que hago y cómo me gustaría que se vieran es enorme. Dan ganas de encerrarse uno en una habitación por diez años y crear obsesivamente y sólo hasta después salir a mostrar mis creaciones al mundo. Yo llevo muchos años haciendo garabatitos sin disciplina ni técnica en los márgenes de mis libretas pero sólo hasta ahora empecé a dibujar y pintar con más seriedad y se siente inevitablemente tarde. Y sé que no necesito  otro arranque dramático, echando las cosas por la borda para empezar una y otra vez en otro lado. Necesito una pequeña cadena de actos valientes. Creando cosas. Atreviéndome a mostrarlas. Así. Todo pequeño y poco romántico y además, responsable, porque hay que pagar la renta mientras tanto y llegar temprano al trabajo y cumplir con las cuotas que exige sobrevivir y eso. Así la vida. Con su medida de miedo. Un miedo modesto, en dosis mesuradas, sin violencia, sin huracanes ni tormentas. Ni modo. Y aun así, chingá, esta impaciencia que crece, estas ganas, todavía, de saltar hacia lo desconocido en un solo arrebato, en un solo acto de destrucción, un solo derrumbe y luego, ver con felicidad cómo se quiebra la rutina, para siempre.



sábado, 7 de noviembre de 2015

Una vela



Hace unos meses vi una película que me gustó mucho: “20,000 Days on Earth”. Ahí, Nick Cave (personajazo) dice algo que desde entonces me acompaña, algo en lo que me descubro pensando con frecuencia: 

“All of our days are numbered. We cannot afford to be idle. To act on a bad idea is better than to not act at all, because the worth of an idea never becomes apparent until you do it.
Sometimes this idea can be the smallest thing in the world – a little flame that you hunch over, and cup with your hand, and pray will not be extinguished by all the storm that howls about it. If you can hold on to that flame, great things can be constructed around it that are massive, and powerful, and world changing.
All held up by the tiniest of ideas.”

Ese breve discurso de Nick Cave me hizo pensar en otra frase, de otra película, que me ha acompañado por años: en un documental acerca de gitanos en España uno de ellos dice algo así como que su naturaleza es soñar, no alcanzar los sueños, porque al realizar los sueños se acaban las razones para seguir soñando. Otro de los discursos repetitivos de mi vida y de este blog.

Si pudiera condensar en una sola imagen este momento de mi vida sería así: caminando en la tormenta encogida para proteger la flama delicada y frágil de un sueño. Supongo que mi vida ha sido siempre el vaivén pendular entre los momentos en que sueños (inesperados, sorpresivos) florecen de pronto, y no hay más tiempo para soñar, y sólo hay que concentrarse en vivir y tomar minutos y días abiertos y dulces como frutas maduras, y los momentos en los que los sueños son semillas que hay que proteger de la misma manera que protegemos una flama con las manos y el cuerpo en medio de la tormenta. Hay épocas en las que la vida misma es una especie dulce de incendio, y hay épocas en las que nos tenemos que aferrar a nuestra esperanza de la misma manera en la que protegemos una vela. Hay épocas que son como triunfos inesperados, épocas en las que el mundo se abre dulcemente, enorme, interminable. Y hay épocas que son el acto de luchar, épocas en las que estamos golpeando una y otra vez con el cincel y el martillo para abrir un huequito, en el mundo, donde acomodarnos. 

Hace poco fue mi cumpleaños. Qué miedo. No tengo tras de mí, como se supone, una carrera establecida y brillante. Tengo más bien una línea en zigzag hecha de interrupciones y comienzos. Los últimos 4 años, en este país que todavía se siente de muchas maneras como un nuevo país, todo ha sido sobre todo el cincel y el martillo y la lucha y proteger la llamita de una vela. Pero mi corazón no está vacío. Porque si algo he sabido hacer, desde que era chica, es soñar, y tener esperanza. Y los sueños, aun cuando son apenas la semilla de sí mismos, son poderosos, y alcanzan para alimentarnos. Aun cuando son solo la flama de una sola idea que protegemos con las manos, alcanzan para iluminarnos. Así que a esta época no le falta su propia felicidad. El acto de luchar por lo que queremos es valioso. Y si no tenemos todavía lo que queremos, somos felices porque seguimos peleando. Mientras la llama de la vela respira, y nuestro corazón respira, somos a nuestra manera felices. 

“Porque de algo hay que morir” escribió Cortázar en algún lado, creo que es algo que dice Oliveira. El acto de ganarse la vida como una manera de morir un poco. Así ha sido la vida en Canadá. Sobrevivir de maneras más o menos aburridas y más o menos cercanas a los salarios mínimos. Poco a poco se van construyendo ahí pequeños progresos, un trabajo un poco mejor y por fin, un balcón, ventanas, plantitas, cosas vivas respirando y absorbiendo luz. Paralelamente, camino con la vela en la mano aventándome la apuesta de entrar a la escuela para aprender a dibujar, y luego, dibujo en el metro, dibujo los fines de semana, soñando con ser realmente buena, un día, lo suficientemente buena para ganarme la vida viviendo y no muriendo un poco frente a la pantalla oficinesca de una computadora. Y no se me escapa la ironía de que vine a Toronto la primera vez porque me sentía asfixiada por la pantalla oficinesca de una computadora, y ahora, años después, estoy otra vez tratando de escapar de una rutina parecida. Pero está bien. Porque en el metro, en los fines de semana, los sueños respiran y nos mueven a trabajar y pelear y nos llaman con nuestro propio nombre. Y hay felicidad ahí. Una felicidad incompleta pero suficiente.

Justo antes de venir a Canadá, dando clases en la secundaria de La Ciénega, la rutina diaria era parecida a un incendio dulce o una fruta madura. Pero esa era también una felicidad incompleta porque no estaba con mi esposo. Ahora, la rutina diaria se ilumina apenas con la vela del sueño que protegemos para que no se apague, pero J. está conmigo. Así que las cosas son pocas veces perfectas. Y en toda esta imperfección se las arregla uno para ser feliz, y estar bien. Y estoy bien. De una cosa estoy segura: “All of our days are numbered. We cannot afford to be iddle.”

miércoles, 9 de enero de 2013

Cambiando...


Toronto es una ciudad de transformaciones violentas. Enmudece y queda oscura, dormida, en el invierno. Explota en un solo incendio que parece interminable pero termina y se desmorona poco a poco y vuela caleidoscópicamente, en el otoño. Se humedece en la primavera. Despierta y desfila y retumba a lo largo de días infinitos y noches sofocantes y dulces en el verano. Y si a usted (amabilísimo lector) le atraen las preguntas y las crisis existenciales, esta ciudad es buena porque se ofrece siempre como un espejo cambiante en el que con algo de imaginación se pueden leer  las astillas interiores. Todo es breve, aquí. Las hojas amarillas y luego rojas y luego secas que llueven suavemente en el otoño. Los copos de nieve que caen una mañana gris y se derriten contra la banqueta. La brusquedad de una ráfaga de viento que nos hace encoger el cuerpo dolorosamente y hundir las manos heladas en los bolsillos. Una hora de sol en el centro del cielo en el centro de un invierno que se abre transitoriamente. Todo es una colección de umbrales a punto de cerrarse (igualito que en la existencia misma, si a usted, amabilísimo lector, le gustan ese tipo de comparaciones).  La vida de cada quien es una cadena  ininterrumpida de comienzos y finales, y comienzos otra vez, una serie de momentos que se abren y luego se cierran, y luego se abren una vez más. Ninguna dulzura y ninguna aspereza duran para siempre. Tal como en la ciudad, la belleza incandescente del otoño tiene fin, y el frío opaco del invierno, también.

Hablando de comienzos y finales, acabo de inaugurar una reluciente etapa estudiantil. Creo que entre eso y el trabajo tendré apenas el tiempo suficiente para necesidades básicas (bañarme, comer, medio dormir…). Estoy en mi primera semana de clases, y me siento ligeramente asustada, y decididamente feliz.

viernes, 13 de julio de 2012

Sociedad que se duerme se la lleva la corriente

Cuando empieza uno a vivir fuera de México, es inevitable hacer comparaciones. La idea de la democracia, por ejemplo, aparece en todo su carácter relativo. No es que de pronto los países
“accedan” a la democracia para instalarse ahí cómoda y permanentemente. La democracia siempre está en juego, y se profundiza o pierde terreno dependiendo de cada gobierno y del nivel de fuerza y participación de la sociedad civil. Esta última es fundamental. A más participación ciudadana, más democracia, y a más democracia, más participación ciudadana. Yo elegiría como un indicador de la democracia el nivel de tolerancia compartido por un pueblo. En países más democráticos la ciudadanía hace sentir su fuerza no digamos ya frente a escándalos de corrupción como los que soportamos cotidianamente en México, sino cuando el gobierno toma decisiones con las que la mayoría está en desacuerdo. En un país democrático también se asume de antemano que cualquier político sorprendido en actos de corrupción o represivos no sólo pierde inmediatamente su cargo, sino que además termina en la cárcel. En Canadá por ejemplo (que no es para mí un modelo ideal ni mucho menos), hay decididamente más democracia que en México. El nivel histórico de tolerancia de la sociedad civil mexicana es altísimo (aéreo-casi-espacial) si lo comparamos con lo que los canadienses estarían dispuestos a aceptar. La clase política mexicana sería imposible en Canadá. Sería inimaginable por ejemplo que un personaje como Mario Marín (el “gober precioso” de Puebla) haya no sólo evadido la cárcel sino continuado tranquilamente en su cargo de gobernador. Imposible que Salinas regresara al país campechanamente y además se diera el lujo de votar en las elecciones y sonreír para la foto. En Canadá (que, insisto, no es un lugar ultra democrático, sino apenas razonable), no creo que un personaje del calibre de Peña Nieto (que viene del grupo Atlacomulco, históricamente defraudador de las arcas públicas, que fue responsable de lo ocurrido en Atenco, primer lugar en feminicidios en el estado que gobernó, no supo nombrar tres libros, etc. etc. etc.) no habría encontrado el consenso social suficiente para figurar como candidato, mucho menos para “ganar” la elección. En un cartel de esos que se publican en los muros del Facebook se lee la leyenda: Los pueblos no tienen el gobierno que merecen, sino aquel que toleran.

En un país democrático (y hablo apenas de una democracia electoral-partidista de muy corto alcance), si hay evidencias de que un candidato está rebasando de manera millonaria sus topes de campaña, o está comprando ILEGALMENTE una cobertura favorable por parte de la principal cadena de televisión, estas evidencias se investigan de inmediato, seriamente. Si se demuestra que hay ilegalidad y un desbalance desmedido en la contienda, se le cancela la candidatura al partido. Así tal cual, como la consecuencia previsible de incurrir en graves delitos electorales. A mí no me sorprende que la gente salga a las calles y proteste exigiendo procesos más limpios, más democráticos. Me sorprende que todavía existan sectores sociales que se escandalicen por las protestas, y minimicen sus raíces. Después de todo, nos la hemos vivido minimizando, en México. Así es como aguantamos los feminicidios, y la infiltración del narco. Así se nos olvidan los periodistas y activistas asesinados. Así es como cargamos con las masacres, los robos millonarios y los incendios de guarderías, sin que haya a esta fecha responsables en la cárcel. Así es como cargamos un sexenio con 80 000 muertos y contando. Hay gente en nuestro país que históricamente no ha minimizado ni tolerado. Es gracias a esa gente y sus luchas que se creó el IFE, por ejemplo. Todo lo que hace falta es que minimicemos, para que el IFE pase al engranaje mayor del monstruo político dominante, en lugar de ser un organismo autónomo, independiente y crítico. Porque (esto no es ninguna novedad) no es el sistema el que otorga generosamente concesiones para hacer más justa, libre y democrática la vida, son los pueblos que se levantan y resisten, los movimientos sociales, los que históricamente abren esos espacios, para todos. El PRI no se detuvo un día gratuitamente y dijo: “pues ya está, me aburrí del dedazo”. Aunque a veces se nos olviden, hubo cientos de personas asesinadas en el intento de hacer oposición política. Antes todavía, buscando democracia, hubo miles de estudiantes marchando en la ciudad, y luego, cientos de sus cadáveres en las morgues. Todos los derechos sociales han sido conquistas, no concesiones, y se han pagado caro en nuestro país, con desaparecidos y encarcelados, con muertos y torturados. Desde luego que no asistimos ahora a la versión acabada de nuestra realidad. De hecho, hace rato ya que retrocedemos en lugar de ir para adelante. Los resultados de la elección son un salto hacia atrás que pondría a llorar a los estudiantes del 68, del 71, a las familias de Acteal, a incontables de nuestros fantasmas. A quienes dicen que en lugar de quejarnos debemos trabajar, les respondería que tienen toda la razón. Como parte de este momento en la historia, tenemos mucho trabajo por delante. Tenemos conquistas sociales por defender, y muchas conquistas nuevas por ganar, tenemos que caminar de nuevo pasos desandados y luego, seguir abriendo camino. Tenemos que informarnos, informar a otros, evaluar críticamente, imaginar a un país con mucha más justicia y mucha menos impunidad, con muchos menos muertos y muchas más libertades, con mucha menos desigualdad y mucha más inclusión, con mucho menos embotamiento televisivo y mucha más educación con substancia. Y tenemos desde luego que trabajar para construirlo, pero colectivamente, porque yo no me he enterado nunca de conquistas sociales a partir de individuos desvinculados entre sí.  Tal como Celestina Terciopelo escribía hace poco en su blog, no dar mordidas, trabajar, estudiar, hacer voluntariado, respetar derechos y libertades, son sólo nuestras obligaciones de todos los días. La situación extraordinaria del país exige ahora de nosotros mucho más que sólo lo cotidiano. Exige que actuemos organizados en conjunto.

Si el pueblo suizo o canadiense se enterara de que un partido político compró votos (no importa si son miles o millones), que acarreó votantes, que gastó mucho más de lo permitido en su campaña y que explotó ilegalmente un monopolio televisivo a su favor, no dudo que la gente habría salido a las calles a protestar. ¿Por qué los mexicanos tendríamos que conformarnos con menos? ¿Por qué se supone que debemos aceptar como buena una democracia tan chafa? ¿Desde cuándo resulta que la pasividad catatónica es el mejor ejercicio conocido de civilidad frente a los abusos de una clase política que ha abusado por décadas? A la sociedad que se duerme se la lleva la corriente. Se la comen los gusanos. Se le acumulan los muertos, los descabezados, los feminicidios, los desaparecidos. Las sociedades que se duermen cargan en sus espaldas políticos corruptos y viven paralizadas por la explotación, o la inercia, o el miedo. Las sociedades que se duermen dejan de soñar. Hay en México grupos sociales que llevan tiempo despiertos (desde el 94, o poco después, o mucho antes), y a veces parecía que eran islas resistiendo la corriente en tierra permanentemente arrasada. Pero si ahora (como las chispas antes del incendio), esos grupos se amplían, y más gente se asume como participe consciente de su propia realidad, y se organiza, y discute, y sale a las calles y demanda, por ejemplo, más democracia, eso hay que mirarlo con orgullo y celebrarlo. Antes de decir cosas como “supérenlo” y “póngase a trabajar”, reduciendo la magnitud de lo que ocurre a la caricatura de zombis defendiendo a su mesías, o estudiantes revoltosos y huevones,  todos deberíamos imaginar sobre nuestro hombro la mirada vigilante de alguno de nuestros muchos fantasmas: un estudiante del poli o un niño de Chenalhó, con una bala en la cabeza. Tenemos deudas históricas con el pasado, y deudas con un futuro del que también, aunque no queramos, somos responsables.

jueves, 17 de mayo de 2012

“Vivir. A lo mejor todo lo demás es inútil.”

Hace poco, caminando de regreso a la casa un transeúnte volteó de pronto a mirarme con sorpresa y sólo entonces me di cuenta de que estaba hablando sola, en voz alta. Esa es quizás una buena forma de presentar mi retrato: a veces (muchas veces), me enredo tan intensamente en lo que ocurre dentro de mi propia cabeza que se me olvida el mundo, en público, en las banquetas tranquilas de Toronto. Las mejores de esas veces sostengo agudas discusiones existenciales conmigo misma, o sueño despierta. Las peores de esas veces, estoy preocupada por cotidianidades del orden conseguir trabajo, cambiarme de casa, alcanzarán los ahorros para pagar la renta.

Hace poco también, encontré por azar en la televisión “Beginners”, de Mike Mills. Es en parte el retrato de un hombre que participó en la segunda guerra mundial, y fue gay toda su vida, todo a lo largo de su matrimonio, todo a lo largo de los 40s y los 50s, y los 60s y los 70s… y no salió del closet sino hasta un par de años antes de morir de cáncer. Es el retrato de ese hombre, como padre, tal como lo recuerda su hijo, y es también la historia de amor entre ese hijo y una mujer llamada Ana. En una de mis escenas favoritas, Oliver (el hijo) dice  algo así como (soy una concienzuda atesoradora de frases que me gustan): “We didn’t have to go to this war. We didn’t have to hide to have sex. Our good fortune allowed us to feel a sadness our parents didn’t have time for.”  (Traducción defectuosa: “Nosotros no tuvimos que ir a esta Guerra. No tuvimos que escondernos para tener sexo. Nuestra buena fortuna nos permitió sentir una tristeza para la que nuestros padres no tuvieron tiempo.”) Me acuerdo también de los principios de este blog, cuando trabajaba cómodamente en una oficina, y escribía largos soliloquios en estas páginas virtuales. Dedicaba mucho a tiempo a pensar, por ejemplo, en la felicidad y en la tristeza. Recuerdo específicamente escuchar con asombro la historia de la abuela judío-alemana de una amiga en el trabajo: una mujer que escapó apenas de la Alemania nazi y perdió a casi toda su familia para enamorarse años después de un cubano justo antes de la revolución, que vivió ese amor con profundidad y un romanticismo de película o de novela, para perder después a su esposo y también a su único hijo. Podría contar aquí la historia completa, pero entonces como ahora, creo que el relato le pertenece por completo a la propia abuela, y a su nieta, quienes la están escribiendo juntas. El caso es que las pérdidas de esa abuela fueron monumentales, pero la abuela no es una persona triste. Escribí entonces: Y así, debilitando todas las respuestas, ablandando todos los edificios tenazmente erigidos, me da por pensar en que la cadena misma de las preguntas es inútil, es un ejercicio ocioso, autocomplaciente. Los que tienen hambre, los que huyen de la guerra, los que tienen cáncer, no preguntan, saben que no hay tiempo para preguntar, sólo ciñen dolorosamente a la vida, la aprietan con fuerza en la mano, no la sueltan, la beben con sed. Las preguntas son un lujo (así como la tristeza). Estaba pensando en todo esto porque cuando me encontré con el rostro sorprendido del transeúnte y me di cuenta de que estaba pensando en voz alta, no reflexionaba sobre la felicidad o el dolor humanos sino sobre los resultados improbables de mi última entrevista de trabajo. Y pensé con algo de nostalgia en los discursos interminables que escribía aquí con frecuencia, cuando vivía placenteramente en el DeEfe, yendo al cine varias veces por semana y pasando los sábados leyendo en la cama sorbiendo una tras otra tazas de café con mucho azúcar. Es como si mi lado más filosófico  (el lado que adora a las almas atormentadas de las novelas de Dostoievski) viviera sumergido ahora por el peso de la vida misma, la premura por sobrevivir de algún modo en un país al que llegué con mucha esperanza pero sin planes definidos. Pero entonces me doy cuenta de que si respiro profundo, en realidad está bien, luchar, preocuparse, vivir en un departamento diminuto, todo esto también es una forma de acercarse al mundo, y entenderlo mejor.

Mi esposo y yo hemos vivido el último par de meses con más premura de la acostumbrada y sin embargo, hay más esperanza que nunca. Se desenreda poco a poco en nuestros días y nuestras noches una belleza incompleta. Como ya no podemos derrochar libremente el dinero en entradas para el museo, caminamos por la ciudad; en lugar de ir de la sala dedicada al Japón a la sala dedicada a Grecia mirando de paso los delicados artefactos históricos, nos detenemos enfrente de los árboles de lila y aspiramos el perfume de las flores, le tomamos fotos a las grietas que hace el agua en el barro cerca de la playa, sentimos felicidad arropados por los colores y los olores y los ruidos que se desbordan hasta las calles en el barrio hindú, que hacen a mi esposo sentirse orgulloso de las personalidades múltiples de su ciudad, y a mí me recuerdan irremediablemente a México.  Hasta eso, tuve la buena fortuna de caer en el desempleo justo cuando empieza el verano y todo florece en todas partes, y hay sol, y las calles de Toronto explotan con la vida que guardaron en reserva a lo largo del invierno y sus horas congeladas.


martes, 10 de abril de 2012

...riqueza.


Existimos, ahora, a la sombra de una pobreza primermundista. Es decir, podemos pagar comida china de vez en cuando, internet, cable. Pero vivimos en un departamento diminuto, en un sótano, por ejemplo, y no compramos cosas libremente con frecuencia, y a veces sentimos un sobresalto de incertidumbre, sobre todo si nos dan menos horas en el trabajo, o si hay la posibilidad de quedarnos sin trabajo. No hace mucho sin embargo, yo pasé muchos meses al lado de personas que tenían menos todavía, mucho menos, pero más de cualquier forma, mucho más. Hay personas así, familias así. Trabajan aplicadamente, con sus manos, con la fuerza de sus brazos, todo el día, todos los días, y viven sin lujos, sin cable, sin internet, sin comida china. Pero están en el mundo, en el centro mismo de la enormidad del mundo, están bajo las estrellas, bajo los árboles, se echan a correr libremente, en lugares sin asfalto, sin tráfico, sin semáforos. A veces, caminando por estas calles de acá, me imagino en cuál de todas las casas me gustaría vivir: una casa bien iluminada, con muchas ventanas, con un jardincito, con un  árbol gigante en la parte trasera. Aplicando obsesivamente para trabajos administrativos en organizaciones no gubernamentales (para los únicos para los que tengo certificados suficientes, de acuerdo a las reglas canadienses), me imagino un mejor sueldo, una vida más holgada, un departamento con más luz. En realidad no es eso lo que quiero. Desde el principio, lo que siempre he querido, es el mundo. Los árboles, las estrellas, las carreras de niños en lugares sin semáforos.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

flechazo

Antier cumplimos dos años de casados. Fue un aniversario anticlimático, por razones mundanas (tuve un día frustrante en el trabajo, llegué exhausta a la casa en la noche) y por razones personales (que no voy a discutir en este blog). Pero eso importa poco. Lo que importa mucho es que hace dos años (en una boda apresurada que se planeó en dos semanas y que fue la culminación de un periodo en mi vida borroso y veloz y febril) celebramos la promesa de estar juntos hasta estar viejitos, y hoy, todavía sonreímos luminosamente pensando en nuestros cuerpos deshechos por el tiempo asidos firmemente el uno al otro, todavía queremos estar juntos por los siglos de los siglos amén. A veces miro a otras parejas, y todo desde el exterior se adivina estable y fácil y feliz, y me pregunto si mi esposo y yo somos una excepción atribulada a las reglas generales de los buenos matrimonios, o si en el fondo todas las relaciones de pareja son difíciles a su manera, pero nadie quiere admitirlo y todo es una cuestión de grados y matices. El amor que era un sueño tejido ingenuamente en mi cabeza, cuando todo era la silueta de alguien en la prepa y una timidez extraordinaria, no se parece al amor real de ahora. Yo miro a este amor, ahora, sobre todo, con infinita sorpresa. Me sorprende todo lo que ha resistido. Las imágenes que describirían a este amor se parecen a las imágenes que usé alguna vez para describir a mi esposo: boxeador noqueado muchas veces que regresa al round siguiente silbando o sonriendo, sin derrumbe definitivo, sin cicatrices, sin amargura, con inocencia. Llevamos juntos tres años y ninguno ha sido fácil, han transcurrido siempre como en el centro de una tormenta, una serie majestuosa de tormentas, agridulces, amarguísimas, dulcísimas. Tejidas desde más allá de nosotros, desde antes, desde que él era muy joven, tejidas también con la distancia entre dos países distintos y sus fronteras. Pero el amor no sólo está ahí, sino que además sigue siendo transparente, inocente, está entero, no tiene grietas. Nunca nos hemos traicionado, nos comunicamos abiertamente y sin mentiras, iniciamos y terminamos los días en los brazos del otro, inmersos en un mar infinito que sólo es nuestro y que se quiebra una y otra vez con una ternura tempestuosa y profunda y sin fisuras.

Quien haya leído las entradas más antiguas de este blog sabe que el amor ha sido un tema recurrente mucho antes de conocer a mi esposo. Dediqué mucho tiempo en mi vida a soñar despierta con el amor y a reflexionar acerca de su naturaleza. Cada quien elige sus propias redenciones, el tema recurrente de la propia alma, para algunos es la libertad, o la justicia, o la capacidad para crear, o el conocimiento, o la belleza (esto también lo dije antes), y a mí me fascina el amor (este blog ha sido siempre inocentón y cursi), el amor a la gente en general y a un grupo de personas cercanas en particular, y a una sola persona en específico. O sea que desde el principio intuí que mi corazón era fuerte, y resistente, porque aunque seamos inocentones y cursis todos sabemos que el amor se parece mucho a saltar a un desfiladero, y pocas cosas duelen tanto como el corazón cuando se rompe. Así que yo caminaba en el mundo como un velero dispuesto a hundirse por completo, y me preguntaba cómo sería el hombre que me movería a hundirme de una vez por todas, y cuándo lo iba a conocer, y dónde. Y me preguntaba (y todavía me pregunto), si algo parecido a la magia o el destino existe, y teje para nosotros los pequeños accidentes y pormenores que culminan en el amor. A veces, mirando todo hacia atrás, parece que sí, que algún ángel oculto en millones de coincidencias dibujó desde antes de que lo supiéramos nuestra historia. A veces me da por pensar que ese ángel no sólo existe sino que además me ofreció esta historia específica para que yo probara que mi vocación es verdadera y al hacerlo, tuviera la oportunidad de asomarme a toda la magnitud dorada y roja, azul y negra, del amor. Ese es, desde luego, el lado más soñador de mí misma (sin duda el lado dominante de mi vida). Otras veces, me da por pensar en que los ángeles no existen, o si existen, tienen ocupaciones más importantes, lejos de nosotros, lejos de este mundo, y lo que cuenta es que cada quien sepa elegir sabiamente sus batallas, y sepa protegerse, estar a salvo, estar bien.

Antes de regresar a la casa, la noche de nuestro aniversario, una compañera de la chamba me platicó cómo ella y su esposo están buscando una casa nueva, y en su cumpleaños tiene planeado sorprenderlo con una noche en una habitación lujosa en un hotelito cerca de las cataratas del Niágara. Sentí que mi vida estaba a un millón de años luz de esa vida. Pero no importa. Lo que importa es que después de todo, resulta que me siento orgullosa, del corazón de mi esposo, y de mi corazón. No es por presumir, pero son corazones valientes.

Por cierto, estaba releyendo cachitos de este blog, y me encontré con esta entrada - disculparán ustedes la irritante ausencia de eñes y de acentos, pero esas fueron crónicas escritas velozmente desde teclados extranjeros- en la que describo algunas de mis preguntas y obsesiones recurrentes, justo cuando decidí quedarme un mes extra en Toronto. Esa decisión fue el comienzo de la historia, entre J. y yo.  Viéndolo todo retrospectivamente, dan ganas de creer en ese ángel silencioso.




martes, 29 de noviembre de 2011

Nostalgia

Desde acá, el trabajo se come inexorablemente espacios que deberían estar reservados sólo para la vida (aunque empujemos con los codos para llenar de vida nuestras horas asalariadas), y se nos tienta con la promesa de la estabilidad: una casa o un departamento propios, viajar con frecuencia (viajecitos cortos los fines de semana, viajes a otros países en las vacaciones), a lo mejor un coche, definitivamente dos habitaciones, y ventanas, y un balcón para fumar y mirar a la ciudad desplegándose abajo, comprar holgadamente libros o ropa o música o lujitos gourmet de supermercado, vino tinto o blanco, hijos (dos), un gato, conciertos y festivales, cenas en restaurantes una o dos veces por semana. La estabilidad aparece claramente asequible (o quizás es un espejismo, como casi todo), y el camino está, ahí, si uno se esfuerza en conseguir los diplomas y la experiencia necesarios, puede uno acceder a calidad de propietario, clase media, y haciendo algo disfrutable además, algo con un sentido profundo, una ocupación que llene cotidianamente los viejos anhelos del alma, esos quejidos suaves, esos reclamos que son invariablemente lo mejor de uno mismo. Todavía pienso en África (siempre), los mejores días, los días que estaban más cerca del mundo y de la vida, en mi historia, han sido los días que se parecían a África, a lo que sea que África evoca en mi cabeza. Son días cubiertos de polvo, días incómodos, días que exprimieron todo su jugo y en los que hubo que usar la fuerza entera de los brazos, la columna, la frente, el sudor de la frente y la cabeza y el corazón. Días impredecibles en los que lo más difícil era predecir el minuto en el que vendría la iluminación siguiente, un momento de belleza absoluta y absolutamente simple, un árbol y el sol entre las ramas, o seguir la figura de alguien más a través del bosque, o asistir a la generosidad, a los actos de generosidad de las personas. Días sin prestigio, sin dinero, días tejidos humildemente, con toda la luz del mundo.

¿Tiene razón Mafalda y si uno no se apura a cambiar al mundo entonces es el mundo el que lo cambia a uno? No se trata ni siquiera de renunciar a África, porque el sentido de esa imagen está en todas partes incluidos los países ricos y aquí también hay barrios donde viven los migrantes o los desempleados o los adictos. Tampoco se trata de renunciar al sentido de la felicidad (estar en el mundo, estar despierta en el mundo). Se trata de renunciar a una felicidad que llega en arranques violentos, a una felicidad que ocurre en los filos agudos, cortantes, de la vida. Una felicidad junto a un precipicio. Tengo ganas de México, tengo ganas de África, me retuerzo de impaciencia en esta geografía que se enfría con el invierno y en la que no hay de otra más que ser pacientes, sobrevivir mientras tanto aplicadamente, hacer lo que hay que hacer para pagar la renta (como todos), mientras trazamos las rutas que nos saquen del principio del laberinto. El espíritu se las arregla por lo pronto con dosis casi obsesivas de Radiohead, y Roberto Bolaño (Nocturno de Chile), y Julio Cortázar (Modelo para armar), y se siente bien leer en español, escribir en español en el día libre escuchando una y otra vez las últimas 4 canciones en “The King of limbs” mientras afuera llueve y las calles se enfrían cada vez más y aquí hay aire acondicionado y café con mucho azúcar. Lo único que se parece al precipicio, ahora, es que nadie ha dicho todavía la última palabra, el futuro espera a que lo adivinemos, secreto, paciente, el futuro no está dicho aún pero ha existido desde siempre, un camino mío que quiere ser revelado, como un mensaje con jugo de limón que espera a que le acerquen una flama.



miércoles, 9 de noviembre de 2011

Hubo una época en la que Mario Benedetti me gustaba mucho (y no es que ahora me guste menos, sino que el paso del tiempo y las transiciones biográficas me han empujado a otros escritores que son ahora los más cercanos), como siempre en el caso de la literatura (y la música, y las películas) hay frases o atmósferas o páginas o personajes que es como si nos estuvieran mirando, susurrando cosas que hacen un eco íntimo y profundo. En el caso de Benedetti, lo que más recuerdo es una página en “La Tregua” donde el personaje principal escribe que si pudiera ser cualquier cosa, cualquier profesión en el mundo, sería mesero, para asomarse todos los días a la humanidad; si pudiera admirarse y conmoverse cotidianamente con algo   no sería con cuadros ni ciudades ni monumentos, sino con el ir y venir apresurado de las personas y sus rostros. Algo así.  El caso es que cuando leí ese cachito del libro estuve profundamente de acuerdo, y mi vida ha cambiado desde entonces, y yo por supuesto he cambiado, y hace mucho que no leo a Benedetti, pero ese cachito del libro me sigue acompañando. De  hecho,  mi decisión de estudiar Antropología Social  es una respuesta, una manera de estar de acuerdo con ese cachito del libro. Y mis peores trabajos (incluido, literalmente, el de mesera en un café de la ciudad de México) han estado siempre redimidos por la oportunidad de asomarme a la humanidad. Ahora me encuentro pensando con mucha frecuencia en esa página  leída a los quince o los dieciséis años,  porque mi trabajo es precisamente asomarme a los rostros de las personas, y sus historias. Mi chamba consiste en detener a los que pasan y convencerlos a que donen dinero para ONGs tipo “Doctors Without Borders”: es un trabajo para jóvenes estudiantes o recién egresados, para gente que no tiene chance aún de hacer lo que realmente quiere hacer, pero que tampoco quiere trabajar en un café o en un McDonalds. En esa categoría caigo también, temporalmente, en lo que paso por los exámenes y las certificaciones y le voy encontrando las salidas a la vida pobretona y apenas sobreviviente de recién inmigrada.    Abundan los momentos frustrantes, sobre todo cuando no puedo convencer a la gente para que done dinero, y siento sobre mi cabeza la amenaza de un desempleo inmediato. Todos los días, sin embargo, la humanidad pasa frente a mi mesa, y se detiene junto a mí, y platica conmigo, y es tacaña y oscura, o generosa y brillante, y con mayor frecuencia de la que podría imaginarse, me cuenta sus historias. Mis compañeros de chamba son un grupo joven y original y maravilloso. Tienen hobbies como asistir a marchas de zombis; o memorizan el canto de cientos de aves para identificar su presencia detenida brevemente al filo de una sombra, en el mundo; o duermen sólo cuatro horas diarias para leer obsesivamente y no tienen más que un par de zapatos pero estantes opulentos, rebosantes de libros; o tocan el banjo; o les encanta la lucha libre; o van a convenciones de vikingos; o a convenciones de comics. Son todos muy jóvenes, y yo, a su lado, mucho mayor, me siento a ratos oficialmente perdida en todos mis comienzos, en todas las abruptas interrupciones de los últimos años de mi vida, mientras ellos parecen ir sin desviaciones hacia el futuro que han inventado para sí  mismos.   
 Todos los días platico con unos quince desconocidos (a veces muchos más), y me entero de cosas, y nunca sé de qué tamaño es la revelación siguiente, a veces es que han viajado desde la India para estudiar contabilidad en una universidad canadiense, a veces es que uno de sus hijos ha sobrevivido el cáncer (o lucha por doceava vez contra el cáncer), o que ellos mismos han sobrevivido la vida en un campo de refugiados en África. Hoy por ejemplo, conocí a un hombre que acaba de salir del hospital luego de un trasplante doble de pulmones (un hombre todavía joven que se movía lentamente por los pasillos con un andador), y a una mujer que con una sonrisa leyó para mí las letras pequeñas de los carteles para demostrar lo bien que le sirven las córneas que le llegaron en regalo desde los ojos de un muerto. Mi trabajo consiste en convencer a todos esos extraños para que donen dinero, y por unos meses fui muy buena, y ahora ya no mucho, así que en realidad no sé hasta cuándo me va a durar la gracia de este sueldo, y si hay que buscar otra forma de ganar la vida pues tampoco me da mucho miedo esa recurrente inseguridad (me he acostumbrado a recomenzar como en un espacio despejado). Respeto a la gente que no dona, porque tiene poco, o porque no cree en el asunto este de las donaciones. Los que son más bien cómicos son los que sí  creen, y lo miran a uno con una cara terriblemente compungida porque pues pobres de los niños, o los refugiados hambrientos, y ellos están ahí, blackberry en mano, de vuelta de sus vacaciones en las bermudas, y dicen que la verdad sí quisieran (a veces los ojos les lagrimean un poco mientras sostienen un vaso de café gourmet que cuesta el doble de lo que cuesta el café que bebemos el resto de los mortales), pero lo que pasa es que no les alcanza, no tienen dinero.  Ellos me recuerdan un texto en donde Guillermo Fadanelli compara esos gestos con  muecas de estreñimiento. Afortunadamente no son ellos de quienes quiero hablar porque resulta que hay muchos más (en mi memoria) de los otros, los que iluminan todo con una generosidad que se siente como una reconciliación, con la humanidad, o con el mundo (es verdad conocida que soy bien pinche romántica y bien pinche cursi). La generosidad es un acto resplandeciente, y casi nunca viene de los que tienen mucho, los más desprendidos son los que tienen muy poco (a veces casi nada), y quién sabe, es un misterio para mí  dónde están las cuerdas de esas almas que luego de luchar duramente por las cosas, las entregan sin  mayores aspavientos a alguien más. Tengo muchas historias favoritas,  migrantes ilegales con malas rodillas y sin seguro médico, mamás solteras, estudiantes extranjeros con deudas hasta el cuello, hombres y mujeres de una dulzura infinita. No me alcanza el espacio para todos, así que voy a escribir sólo de Don Jaime, porque es paisano (del mero Michoacán), y porque lo vi de nuevo este domingo. Lo conocí  hace muchos meses (Abril o algo así),  él era uno (el mayor) entre un grupo suave y tembloroso de mexicanos que se alegraron mucho que habláramos español, y de que fuéramos mexicanos, y además de Michoacán. Era un martes y ellos me contaron que ese mismo jueves les tocaba reunirse con el juez y saber si siempre sí o siempre no se podían quedar en Canadá. Yo les sonreí y les desee mucha suerte y así nos despedimos. La segunda vez fue un domingo, un mes después o algo así, Don Jaime se acercó a mi mesa, me dijo que se acordaba de mí,   y que gracias a Dios la jueza les había dado chance de quedarse, y luego en un torrente dulce me contó pedacitos de su vida, iba a ver si podía conseguir trabajo de cleaner, aunque fuera un part time, no podía trabajar de otra cosa porque no había podido aprender inglés, a lo mejor, me dijo, se le dificulta por los golpes que recibió una vez en la cabeza, en alguna de las muchas escenas de sus sufrimientos pasados, en México.  Así y todo, sin trabajo, me dijo que quería donar dinero, y no el mínimo que eran entonces 10 dólares, sino póngale usted veinte, mensuales. Luego lo vi moviéndose por algunas horas (al final le dieron el trabajo de cleaner), recogiendo los periódicos que se arrastraban en el estacionamiento, moviéndose ágilmente con su escoba y su recogedor en la mano (como yo me movía también, no hace demasiado tiempo). Antier lo vi otra vez, iba a cumplir con su turno de cleaner en el mall, se acercó a saludarme, me acuerdo de usted, Jimena, y yo me acuerdo de usted, Don Jaime, su preocupación era que le habían hablado los de Doctors without borders para una cita o algo parecido, pero él no pudo entender nada porque era puro inglés (va a la escuela entre semana, y aprende poco a poquito), fue a la oficina en el centro de Toronto, pero no se pudieron dar a entender, ni ellos ni él, me platicó una escena confusa que envolvía el uso o la falta de una identificación oficial. De nuevo, me enamoré de la sencillez resplandeciente y limpia de Don Jaime, haciendo sus esfuerzos, yendo por alguna razón oscura al centro de Toronto, donando sus veinte dólares sin falta  todos los meses. Y pienso que hay como un círculo abriéndose o cerrándose suavemente, que empieza con los michoacanos de allá,  gente que silbaba por ejemplo en las mañanas,  resistiendo el frío con los pies desprotegidos,  los 17 niños resplandecientes que dejé en la escuela de La Ciénega; y que alcanza ahora al rostro suave, el rostro dulce de Don Jaime, en un guiño o un puente invisible entre corazones similares que hacen señas desde países distintos mientras estoy ahí, para darme cuenta.     

Por lo pronto, los árboles son todavía un incendio que se desmorona poco a poco, y hace frío pero no mucho, y lo que necesito es cerrar los ojos, ahora, por un tiempo, y escuchar los rumores internos, la sangre viajando para arriba y para abajo, el alma sacudiéndose suavemente, el leve temblor de los pulmones mientras respiro, profundo, y encuentro la fortaleza para los saltos que siguen, cada vez más necesarios.