viernes, 15 de enero de 2010

mo-no-te-má-ti-ca

Pues resulta que sí, que yo, quien alguna vez dije que desconfiaba del matrimonio tanto como del capitalismo o los dogmas religiosos, me casé. La boda ocurrió tan vertiginosamente como todo lo demás el año pasado. Se planeó en dos semanas. La noche anterior todavía estábamos mi familia-ángel, amigas-ángeles, mi hermana-ángel, y yo, pelando zanahorias para la cena, y cosas parecidas. Todo se arregló (como siempre) a última hora, y a final de cuentas J y yo tuvimos nuestro momento mágico para prometernos el corazón, el uno para el otro. Me la pasé muy bien. Me sentí muy agradecida por la presencia tangible de mis ángeles guardianes de carne y hueso. Sentí que fue la celebración perfecta para el amor, que es, a fin de cuentas, algo que vale la pena celebrar.

Así que yo, mujer desconfiada, que iba adormecida en las corrientes del mundo, sin asirme a una ideología, ni una religión, ni una superstición, ni una teoría científica, ni una corriente académica, que me sentaba todos los días en el cubículo de una oficina pensando en la belleza que se enciende brevemente, en los espasmos luminosos de las luciérnagas o el cielo, y que a veces, cerraba los ojos fervorosamente para desear el amor, y creer en el amor, como el personaje más rosa de la más rosa de las novelas, me encontré, de pronto, y de una vez por todas, practicando esa fe indecisa con la convicción de los discípulos o los profetas. Con los ojos muy abiertos y el cuerpo adolorido por el esfuerzo.

A lo mejor, otros iniciados están de acuerdo conmigo en que ese es apenas el principio, que el amor es luminoso y agridulce, y que para sobrevivir tiene que ser un amor en guardia, que demanda la mejor versión de nosotros mismos, casi siempre. Lo fundamental ocurre en secreto, en la determinación silenciosa de seguir amando cuando al otro se le caiga el cabello y luego los dientes y la piel se le llene de pecas, seguir amando todos los días el retrato completo y cambiante, imperfecto, después de que la realidad haya cincelado toda la superficie para mostrarnos la otra belleza, profunda y claroscura. Mientras uno esta ahí, igual de desnudo, esperando también que nos acepten y nos quieran de todos modos. Sin cuentos de hadas. Todo lo contrario. Y a pesar de eso, un chingo de esperanza, mientras nos dejamos dominar por la ternura, y la empatía, para resistir la irritación y el cansancio alimentándonos con poesía cotidiana, tejida con minutos, diálogos y silencios, sutiles actos de magia, sombras y aleteos, la alquimia perfecta que transforma a la cercanía en más cercanía.

Él tomó un avión de regreso a Canadá, ayer a las dos de la tarde. Se abre así (por segunda vez) una distancia física impuesta sobre nosotros por las burocracias respectivas de nuestros países. Esta vez, no sé exactamente cuándo voy a poder alcanzarlo allá, en su región fría y suave bajo la sombra de los árboles y los parques, porque todo depende de un montón de elementos que no puedo controlar, incluyendo el buen o mal humor de un montón de oficiales de gobierno. Ahora no queda de otra más que ir purgando la distancia, un día a la vez, un minuto a la vez, hasta que se acabe. Y no tengo derecho al dramatismo porque como siempre, estoy aún en alguna orilla más cómoda y más fácil. He pensado mucho en las esposas de los migrantes ilegales que cruzan la frontera arriesgando la vida, y que no regresan sino hasta después de varios años, cuando sus hijos ya están grandes, y ya no los conocen. Y las esposas de los soldados, que no saben si les va a regresar un hombre vivo o muerto, y qué tan herido o incompleto.

Comparar las desgracias propias con desgracias mayores ayuda con la perspectiva pero no mucho, porque a fin de cuentas uno es muy egocéntrico y acaba gravitando alrededor de su propio conjunto insignificante de dificultades - el sufrimiento nos vuelve egoístas, escribió Chejov en uno de sus cuentos; guiño-guiño para Haydeéakin Skyfire quien me lo platicó una vez con el entusiasmo que define a esa mujer cascabelito.

En fin en fin. Si el año pasado lo que hice fue saltar hacia el vacío, echando la cabeza hacia atrás y relajando las manos, el año que comienza requiere de que incline la cabeza como los toros a punto de la embestida, resistiendo el golpe del viento, poniendo un pie delante del otro cuesta arriba hasta que la cuesta se suavice, y nos deje descansar.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Chingá. Yo quiero vivir en Chiapas.

Día 1.

Llueve. Todos estos días, la lluvia viene con nosotros. Truenos el día de mi boda. Una carretera blanca por el granizo a la altura de Puebla. Y ahora, lluvia blanda y dulce y sin frío en nuestra primer mañana en Palenque. Casi no hemos dormido. La selva está justo alrededor de nosotros, manda sus hormigas rojas, sus pájaros, su olor a hierbas que crecen y se pudren velozmente. El aire y la tierra están llenos de alas y hojas que se sacuden, de monos y arañas que laten furtivamente, de seres que crujen y que cantan. No hay silencio, el rumor de la vida abundante cae con suavidad en el aire, todos los segundos. Contra el cielo se dibujan árboles interminables, verde oscuro, y contra esos árboles se dibujan ceibas blancas. Nos rodean parvadas de montes alados, en el centro de las nubes. Y aquí, en medio de la violencia explosiva de la selva, lo que hay es suavidad ilimitada, la sensación de que la tierra y el cielo nos cubren y nos arropan con ternura.

Día 2.

Sigue lloviendo. La lluvia es buena cuando es de noche y nos cae encima como arrullo tibio. Hoy subimos a las ruinas a través de la selva (sin lluvia). Escuchamos aullar a los monos, y escuchamos al agua rodando en arroyos y cascadas. Vimos a los árboles enraizados en las piedras de los viejos templos, creciendo como torres verdes, y blancas, y rojas. Y luego llegamos a la explanada y subimos escalinatas blancas y estábamos en el primer techo de la selva, pero la selva se alzaba aún por encima de nosotros, cantando los llamados de sus aves, las amenazas roncas de sus monos, los aleteos sutiles de sus mariposas. Y estuvimos ahí y tomamos fotos desde todos los ángulos y en todas las cumbres, y aplaudimos para escuchar el eco del Quetzal, y nos asomamos a los túneles y las tumbas y las estelas con las entronizaciones y los reyes-dioses, y las victorias y los sacrificios. A veces el estuco seguía en pie y nos mostraba flores azules, suelos negros. Estuvimos muchas horas ahí, mirando a la selva desde la punta de todas las pirámides y mirando a la ciudad maya desde todos sus centros y todas sus periferias. Estuvimos ahí, pegando el oído a las piedras, pensando en los fantasmas vivos de la ciudad desierta. Y no llovió más que una llovizna breve, como para espantar a los turistas ruidosos. Pero ahora es de noche y escribo bajo la luz de la linterna, y afuera llueve mucho, limpiamente. Sólo se escuchan conversaciones suaves a la distancia, y el crecimiento caudaloso de la lluvia.

Día 3.

Nos levantamos tempranito y nos lavamos los dientes con prisa para esperar el transporte a Yaxchilán, y Bonampak. Los tours apestan, hay que compartir el viaje con turistas gordos que se quejan porque no encuentran el cinturón de seguridad en el asiento trasero de la camioneta, hay que aguantar chistes ruidosos, y esperar a que la gente se tome la foto enfrente de cada pirámide, y cada letrerito, y cada ceiba. Pero esta vez íbamos al interior espeso de la selva, y no supimos cómo llegar de otro modo. Además nuestro chofer fue "el borrego"; simpatiquísimo y locuaz, quien nos contó historias verídicas y exageradas con un entusiasmo iluminado que me hizo pensar en mi esposo. Llovió persistentemente, de nuevo, todo el día. Aquí, en Chiapas, las nubes crecen en el suelo y desde ahí se elevan, los árboles humean humedad en volutas blancas. No hay una división clara entre la tierra y el cielo, la selva es una ola gigantesca, una montaña ondulada que se eleva sin fin, que nos aturde. Los mayas tenían razón, el cielo está sostenido por las ramas de las ceibas.

Las ceibas, por cierto, son los árboles más hermosos de este mundo.

Nos metimos con la camioneta a las olas de la selva, al cielo gris y blanco sobre los montes verdes y blancos. Llegamos cerca de la rivera del Corozal, casi en la frontera con Guatemala, y nos subimos a una camioneta de los tzeltales para la orilla del río. Familias chaparritas, silenciosas, hombres y niños firmes y ligeros bajo la llovizna, bajo las sombras verdes de esta parte del mundo. Tomamos un bote que nos llevó entre Guatemala y México hasta el sitio de las ruinas. Caminamos entre templos de hace más de mil años y ceibas de hace más de doscientos años. Piedras húmedas donde los gobernantes se perforaban las yemas de los dedos y hacían subir la sangre con el humo del copal, para los dioses. Y ahora Marlén, nuestra guía, nos sonreía con dulzura y nos platicaba las propiedades del perejil y el palo mulato. Regresamos al bote y nos morimos de frío bajo la lluvia, y comimos, y agarramos camino al terreno Lacandón, cada vez más lejos de este mundo y más cerca del corazón natural de la tierra. Tomamos otra camioneta con los lacandones y agarramos una brecha a través de lo más denso en la creciente espesura. Llegamos a Bonampak ya tarde, y Pequeño Sol nos explicó en español con acento maya las pinturas, y las estelas. No hubo tiempo de subir hasta la punta de la larga escalinata, donde antes los astrónomos se ponían a descifrar las constelaciones. Llovía, y teníamos frío, y Pequeño Sol nos explicó que estaban a punto de cerrar el sitio. Afuera, niños y niñas lacandones de largos cabellos negros y camisones de manta nos ofrecían collares y brincaban descalzos sobre el agua.

Ahora es el día siguiente y la lluvia sigue cayendo. Los músicos locales toman café y tocan la guitarra alrededor de una sola mesa en el restaurante, y en la zona de acampado no hay turistas, sólo viajeros que reciben la lluvia dulcemente, que no se preocupan por nada, que no sufren mayores tensiones aparte de encontrar el hashís que se van a fumar por la mañana. Me gusta este lugar, y sus personajes locales. Niños de cabello largo que juegan a ser aviones desde los brazos de los amigos de sus padres. Aquí no hay ruido, sólo murmullos. Música suave que no desentona con la música de la selva. Le doy un sorbito a la taza de café con mucha azúcar, me dedico a oír los rumores tranquilos del mundo. Estamos como a veinte grados pero la gente de aquí se queja del frío. Ojalá pudiera quedarme para siempre en este lugar, donde se oyen con más frecuencia los monos que los coches, y el frío a la mitad de Diciembre es estar a veinte grados centígrados.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Así que. Estoy de vuelta. No sé por cuánto tiempo. Al principio todo es, de nuevo, la violencia del contraste y nada más. Graffitti en casi todos los edificios y ruido en casi todas partes. Gente, familias, durmiendo sobre la banqueta afuera de la central de Observatorio. Mi edificio gris, oscuro; para variar, sin agua. Música norteña a todo volumen en el primer piso (música en todas partes). Caminé las calles abrumada por la ciudad y sus amontonamientos, concreto encima de concreto y masas humanas en todas las vías públicas, en todas las corrientes del tráfico.

Cuando me gusta mucho una película puedo verla nuevamente con alguien más y entonces me ocurre con frecuencia que me abstraigo de mí misma y lo observo todo desde los ojos imaginarios de la otra persona; me tenso o me relajo en las escenas controversiales dependiendo de si mi acompañante es liberal o no tanto, si aprueba o desaprueba la violencia o los soliloquios filosóficos, y así hasta que la película termina y sé si hubo o no una secreta comunión entre nosotros, si pudimos o no mirar de maneras parecidas las mismas cosas. Y así me ocurrió ahora con la ciudad y J. A veces me tensaba involuntariamente frente a la suciedad y la basura, y me fijaba con más atención que antes en las grietas de las banquetas; en Toronto son todas lisas y aquí él tropezaba con el cemento a cada rato.

Después de los primeros minutos el espíritu respiró profundo nomás, de vuelta en casa. Tacos de aguacate, salsa, la gente entrañable, el centro histórico de noche, silencioso, iluminado, las calles que cargan las sombras de sus siglos y sus pequeñas o grandes revoluciones, nada simétrico ni diseñado cuidadosamente, todo orgánico y caótico, y viejo. Alegre y claroscuro. Rebosante y dramático. Perros de la calle con ojos expresivos, grasa humeando en los puestos de la esquina. Soy otra vez dueña sin reservas de una ventana. Desde la suya me saluda Andrea, y entra a mi casa vestida como brujita de Halloween y se queda muchas horas, riendo explosivamente a la menor provocación, platicando en español con J. que no entiende nada y contesta en inglés. Y luego Michoacán y entonces, por fin, montañas. Nunca me doy cuenta de lo mucho que me consuelan hasta que las tengo enfrente de nuevo. Por fin, un horizonte, una cadena azul, y verde.

Corajes con las noticias en el periódico. Injusticia sin fin, impunidad sin fin, pero los barrios vibran su melodía de todos los días y sobreviven sin aspavientos. Pasa el camión del gas, el camión de las naranjas, el de los fierros viejos; J. les toma video, fascinado, y toma fotos de los tendederos y los techos pelones y sin terminar, atravesados por varillas.

Me gusta estar aquí. Me gusta esta gente, este sentido del humor. Me gusta que en Morelia todavía pueda uno fumar adentro de los bares mientras bebe una cerveza, y que en las esquinas de mi colonia en Pátzcuaro la gente arme fogatas para tomar ponche sin que los multe el gobierno. Me gusta el sol, y la luz, y me gusta mucho la temperatura sin violencia de casi todos los días. Me gusta estar cerca de la gente cercana. Me gusta no tener que extrañar a nadie y poder hablar largamente con los pies recogidos en la silla sorbiendo café, en lugar del zumbido de los teléfonos públicos en Toronto.

No hay nada malo en vivir en otro lado, en todo caso, se alargan y enriquecen las listas de las personas y las imágenes y las atmósferas que nos conmueven y nos resultan cercanas. Es sólo que las raíces pierden un poco de su consistencia sólida, quizás. Vivimos en un estado permanente de nostalgia.

Casi toda la gente que conozco de mi edad está terminando una maestría o algo así, definiendo su vida con trazos cada vez más consistentes. Yo voy exactamente al revés. Me he dedicado concienzudamente a diluirlo todo y ahora, de nuevo, el futuro es una imagen borrosa, blanca. Cierro los ojos y ahí están mis sueños, y mis planes, islas verdes que tiemblan bajo el peso del cielo. Lo que me sorprende cada vez más, es que cada vez tengo menos miedo. Me estoy entregando a la incertidumbre suavemente.

El encanto dulce de las caídas. Plum. Al agua. Y milagrosamente, todo sigue estando bien

jueves, 19 de noviembre de 2009

No sé si todos acaban gravitando en sus vidas alrededor de una o dos obsesiones (independencia, o conocimiento, o fama, o poder, o la creación, o la libertad). Sé que a mí, desde muy chica, me ha obsesionado el amor. En su expresión vaga y universal, como el amor a la humanidad, o al planeta, y en su dimensión más individual y egoísta: el amor a alguien que resulte el amor de mi vida. El primero me ha resultado menos problemático y misterioso que el segundo. Me gusta la gente, y me asomo a la naturaleza humana con más esperanza que escepticismo la mayor parte del tiempo. Pero el amor a una sola persona, un amor que dure para siempre, ha sido una idea mágica y llena de enigmas, una idea para visitarse en el silencio oscuro de las salas de cine y las novelas, en sueños, en lugares exóticos vagamente azules. ¿Existe el amor? ¿Es un acontecimiento accidental o un acto deliberado? ¿Ocurre gracias a la naturaleza interior de las personas o gracias a un solo golpe de la suerte? ¿Es el amor de nuestras vidas una sola alma que camina paralela a nosotros y que podemos o no encontrar a causa del destino? o todavía peor, del azar? ¿Y por qué nace el amor, y cómo? ¿Y por qué se extingue?

De alguna manera siempre supe que el amor no iba a ser para mí una zambullida rápida en aguas superficiales, sino una caída sin defensas hasta el centro del océano, una especie de hundimiento irrevocable.

Y ahora, quizás por primera vez en mi vida, no escribo acerca del amor, sino desde el amor. El amor ocurrió así nomás, de pronto, violento. Una tras otra he ido tomando decisiones irreparables sin pensarlas demasiado, y parece como si mi vida corriera un par de kilómetros por delante de mí, y yo fuera detrás apenas tomando aliento pidiendo que me espere tantito.

Y cuando puedo asirme a una pausa (cualquier pausa) me viene a la cabeza la imagen de Teresa y Tomás, en La insoportable Levedad del Ser. Creerán los lectores más antigüitos de este blog que ese libro es casi una biblia privada, pero Kundera no siempre me cae bien, y la verdad, Teresa y Tomás como ideal romántico están bastante jodidos. Tomás le pone el cuerno a Teresa hasta el infinito, y a Teresa le duele, y los dos lo saben. Pinche libro misógino (chingón, pero misógino). Pero con una cosa estoy de acuerdo, y es con la forma en que Kundera describe al nacimiento del amor. Teresa se parece a un niño abandonado a la corriente de un río, le toma la mano a Tomás mientras duerme y no la suelta para nada y ya estuvo, queda escrita la primer palabra en la memoria poética de Tomás.

Yo me imaginé muchas veces a mi príncipe encantado, y pensé en la lista maravillosa de todas sus cualidades. Y pácatelas. Resulta de pronto que el amor, para mí, no fue una lista de cualidades, una especie de intercambio más o menos equilibrado en el mercado libre de lo humano (tus virtudes, tu talento y tus logros, a cambio de los míos). El amor fue estar conmovida de manera irreparable, conmovida para siempre, por las imágenes que condensan a alguien, las metáforas que lo conjuran delante de mis ojos. Él es el menos ingenuo y el más inocente de los hombres que conozco. Se parece a un boxeador noqueado muchas veces que llega al round siguiente sin cicatrices, sin miedo, tarareando alguna canción suave, luminosa. Ha estado en la lona y muchos no le creen pero yo le tengo fe. Y no puedo enorgullecerme de muchas cosas pero me siento orgullosa de mi fe en él, como si mi habilidad para mirarlo y comprender su belleza me embelleciera también, sutilmente, aunque esa sea una historia privada entre mis ojos y yo (y ahora, los lectores de este blog, que leen una confesión parcial, incompleta).

Y así las cosas, para siempre.

lunes, 19 de octubre de 2009

Me detuve a mitad del dia en el primer cafe que encontre, para escribir, y pensar, y tomar impulso para seguir corriendo. Desde hace un anio estoy corriendo. Estoy pintando sobre mi vida con pinceles gordos y veloces, bajo el estres sin descanso de las decisiones de ultimo minuto. Desde hace un anio el futuro es una ventana como a 10 kilometros de distancia, y solo adivino desde lejos sus colores, y su luz. La estabilidad de un trabajo o un lugar para vivir llega con fechas de expiracion determinadas, y transcurre bajo la sombra de tormentas emocionales. La estabilidad amorosa llega mientras todo lo demas se esfuma, y ahora por ejemplo, mientras escribo, no se si tengo dinero suficiente para remontar los meses y las luchas burocraticas que siguen, si puedo o no regresar a Mexico, y si puedo despues regresar a Canada. Es la primera vez en mi vida en que, ademas de no tener trabajo, ni siquiera tengo claramente un pais de residencia. Entre las sacudidas de los terremotos que desde hace un anio no terminan, ciertas verdades aparecen como pilares desnudos. Encontre por fin al hombre con el que quiero pasar toda mi vida, esa es mi certeza interior y yo reposo ahi la frente con los ojos cerrados. A veces llega la angustia en oleadas, el corazon traga saliva bajo las amenazas que flotan sobre nuestra pequenia historia de amor. J. tambien tiene miedo. Me abraza, me cuenta algo chistoso para que me sienta mejor, y me rio, y me siento mejor. Estamos bien por unas horas lejos del mundo. El mundo llega en la maniana a despertarnos, y hace frio.

Me acuerdo de este miedo, estas pausas nada mas para jalar aire mientras ni siquiera los proximos dias o las proximas horas tienen contornos definidos. Se parecen a la primera vez en Toronto, los primeros dias. Igual que entonces, los minutos estan encendidos intensamente. Se me olvidaba que la incertidumbre provoca tambien angustia, y ahora escribo con el viejo hoyo negro jalando aire desde el estomago. Para consolarme, pienso en que de veras estoy viva, estoy viviendo, me ocurren cosas, me sacuden terremotos, se levantan columnas interiores iluminadas suavemente, se fortalecen los musculos de la espalda, y los del corazon, y los del alma. No soy ya la tejedora de ciudades aereas y cristalinas, de suenios minuciosamente inventados. Soy nada mas alguien probando la superficie agridulce del mundo. Y eso me hace feliz precisamente porque no hace mucho, yo le tenia miedo a esas superficies claroscuras y soniaba mucho mas de lo que vivia. Ahora mi vida esta encima de mi como un maremoto azul, poderoso. No queda de otra mas que seguir corriendo, seguir tomando decisiones veloces a dos o tres minutos del avion que sigue, con el pulso acelerado y la gastritis latiendo en la panza que se queja y pide descanso. No hay, todavia, descanso. Pero luces calidas prometen felicidad desde sus pilares desnudos.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Detras de cada cuerpo y cada rostro una realidad y en el centro, un espiritu azul o violeta, levantando los punios o sacudiendo los hombros y reclinandose con suavidad en el tiempo. Y yo ahi tambien entre los otros corazones, con mis propios dilemas y mis dedos delgados, temblando mis propios terremotos y reconstrucciones, aprendiendo a mirar, y asombrarme.

Escribo esto un domingo que se siente como domingo, con mi pijama de franela, sintiendome feliz. Creo que lo que siempre he querido es compartir mi corazon con un corazon que me asombre, todos los dias (searching for a heart of gold, como en la cancion de Neil Young). Y ahora estoy con alguien que no persigue titulos, ni fama, ni dinero, pero que regresa a la casa con ojos luminosos para platicarme las imagenes y las sensaciones de las calles, la forma en que la gente se reclina en el portal de sus casas al final de una tarde tibia, o la forma en que un ninito corre cargando un bote de basura sobre su cabeza para protegerse en el umbral de la lluvia. Canta en la regadera, canta en la cocina, canta mientras se pone los zapatos, mientras camina, canta para mi tambien todas las manianas, canciones que inventa sobre la marcha. Salta sin defensas sobre el oceano de nuestra cercania con la inocencia de los que se enamoran por primera vez. Ejerce una sonrisa inderrotable siempre, a pesar de su pasado sin refugios, durmiendo alguna vez en campos de maiz, y cada dia, ejerce una sonrisa sin oscuridad, inconsciente de toda su dulzura.

Todo lo que siempre he buscado es un corazon asi. Un alma inteligente y real que no viva para gravitar alrededor de su propio eje, sino para absorber el pulso claroscuro del universo.

Y todo entre nosotros es tambien dificil y dramatico y absolutamente imperfecto. Y mi ritmo cardiaco vuela, frecuentemente, y todos los dias estos ultimos meses puedo murmurar para mi misma que me siento afortunada.

De vez en cuando todavia me detengo para mirarme con incredulidad. Estoy en otro pais, estoy enamorada (y soy correspondida). Mi vida transcurre en otro idioma, en otra latitud, en otra frecuencia, y todo parece nacer de un solo impulso, una sola cadena de impulsos, un solo boleto de avion comprado a las prisas. Y quien sabe si todo esto es parte de alguna trama dibujada debilmente frente a nosotros, sobre la que cada quien navega inconscientemente, o de la que algunos se desvian para perderse en laberintos individuales, o si el disenio cambiante de nuestras vidas es accidental y tambien deliberado. El caso es que mi vida me sorprende, y esa sensacion me gusta. El futuro me parece ahora tan incierto como el ultimo anio de mi vida, susceptible a otros impulsos y otras metamorfosis aceleradas o pacientemente construidas. Y esa sensacion me gusta.

Y todo esta, como siempre, en mis manos. Mi vida tiembla (como siempre) entre mis dedos. Me pregunto si tengo la fuerza que necesito para cerrar los ciclos que han estado abiertos demasiado tiempo, y para sumergirme con firmeza en los ciclos que se abren.

Pero tengo que decir, hoy, a todos, no se preocupen por mi. Estoy bien.

sábado, 8 de agosto de 2009

Esperanza. La salida facil para los ingenuos. El vicio sucio de los que suenian. Somos siempre nuestro propio director de camara; rodeados por el mundo, por el universo, elegimos close ups o tomas panoramicas, elegimos desde el interior de la cabeza el esquema de la iluminacion en turno, y la esperanza no es mas que una forma de luz, inventada. Sol a traves de la ventana a las 9 de una maniana sin obligaciones, o tarde que cae a traves de arboles o nubes amarillas, o reflejos caleidoscopicos desde el agua, o quinques ambarinos en los rincones intimos de una habitacion sin frio, o galaxias de polvo flotando en horas rojas bajo techos de madera, o cielo infinito golpeado por el viento. En medio de la noche y del suenio me despierto a medias y el duerme a mi lado, bajo la luz azul de la tele encendida.

Nada alegra y nada entristece tanto como la esperanza. Pocos riesgos tan grandes como sentir esperanza, y empezar a creer, en algo o en alguien. Nada cura y nada enferma tanto como la esperanza. Pocas cosas se quiebran tan violentamente como una esperanza.

Cultivo mi esperanza porque no se hacer otra cosa. Si se rompe, me rompo, y nada mas que hacer.

Hace unos dias, camino al trabajo, a traves de la ventana, entre los arboles, junto a las vias del tren, dos venados. Una vez oi a un venado galopar junto a mi cierta noche a la intemperie en los cerritos de Michoacan, pero esta es la primera vez que los miro asi, vivos y despreocupados, viviendo su vida de venados en un cachito de bosque amenazado por los hombres. Ahi nada mas, esperanza. La esperanza es muy cursi, casi siempre.

Y mientras la esperanza se recupera y se recupera mi talento para soniar, todo esta bien y estoy viva. Me gusta la ciudad, el pais, la gente. Canto a todo volumen en la regadera, me peino cuidadosamente en las visperas de mi domingo, me tomo fotos borrosas frente al vapor del espejo, y corro escaleras arriba hacia el proximo tren y el volumen dulce de este dia que nada mas por hoy, suena al Siamese Dream de los Smashing Pumpkins.

Desde el rabillo de mis propios ojos mi escepticismo respira lentamente y murmura entre dientes: a ver cuanto dura esta vez, la alegria. Y sin fe pero con esperanza, el lado mas salvaje de mis decisiones reclina la cabeza hacia atras, desprende las manos hacia la incertidumbre de los anios, todo el tiempo que se extiende por delante, y suenia: para siempre.

domingo, 5 de julio de 2009

Primer flash.
Necesito tiempo, que sea mio, mas tiempo, que no pueda ser comprado ni vendido, que no este sujeto a la vigilancia de nadie, sin obligaciones, ni cargas. Tiempo LIBRE, para disfrutar de la tenue luminosidad de estas horas tan extranias, en estas calles verdes, caleidoscopicas, estas horas como capullos de ternura que germinan violentamente, horas como dulces choques electricos para el alma.
Hace mucho que no era tan feliz; a veces solo hay que caer en minutos de una suavidad sin limites, mientras se tejen imagenes para apretar contra mi pecho, luciernagas temblando, para siempre. Tambien, hace mucho que no me sentia tan triste. Triste sin matices, oscuramente triste. La silueta, las manos y la voz de este hombre me quiebran por completo, me parten en dos, me iluminan y me redimen. Lo que pasa es que nunca habia estado enamorada asi, tan dulce y tormentosamente.

Segundo flash.
Pasamos la tarde en la casa de los abuelos de J. No se como, yo estaba de pronto tocando el piano, jugueteando con las notas torpemente, y J. tocaba un pandero, y Oma (la dulce abuela alemana) tocaba la armonica. Y todo sonaba seguramente a musica de ninios, porque los tres eramos ninios, y el momento era un aleteo dulce y torpe, y perfecto.

Sin Flash.
Hay tambien una semilla oscura germinando en algun lugar dentro de mi estomago. Algo negro, lleno de miedo, que a veces se infla como una nube y cae en lloviznas heladas. Y soy entonces todos los gatos sin casa, todos los hombres y mujeres que caminan sin reposo, sin zapatos. Hay dias que son como flechas que dan en el blanco y nada ocurre pero la esperanza toma formas grises. Entonces, solo ocurre que mis parpados se inflaman de un cansancio moribundo. Y una luz parecida a la punta de los instrumentos punzantes va revelando la cara menos atractiva de todo, de lo que tengo en las manos y entre mis brazos, de los suenios que me he predicado y de los saltos mortales que a veces practico.

Yo, la dulce y letargica tejedora de ciudades y escenarios, estoy practicando la realidad concienzudamente, estoy mirando con tristeza como se hunde el escalpelo en la superficie rosada de las promesas que cultivo.

A veces, en dias asi, no hay salida, ni respuesta, ni perseverancia posible. No importa si uno es fuerte o si uno es debil. No hay discursos que nos salven. Nomas ahi, el corazon, completamente roto.

jueves, 4 de junio de 2009

Cronica intermitente que empieza al final de un mal dia en el trabajo y termina varios dias despues.

Siento al mundo encima, justo sobre mi espalda. A veces daria lo que fuera por una isla o un pedacito de monte lejos de los explotadores y los explotados. Es dificil sentir la menor empatia por la humanidad en dias como hoy. Hay gente a la que podria odiar, si valiera la pena. No odio a nadie, pero me siento descorazonada, exhausta. Hago lo posible por concentrarme en cosas como la esperanza que tiembla entre J. y yo. El. Musculos fuertes, cabello revuelto para siempre, la disposicion de un ninio impaciente con respecto al universo. Un corazon que lo ha resistido todo limpiamente. Un corazon que se inclina sobre mi con la suavidad de los arboles, y el tacto y las conversaciones nos van tejiendo cada vez mas juntos, y hay puertas interiores que se abren y entonces hay tambien un respeto creciente a lo que en el es cristalino. Sin amargura. Quizas, a veces solo un cansancio que lo moveria a dormir cien anios, como en la cancion de Velvet Underground (solo para soniar diferentes colores hechos con lagrimas). Todo lo que quiero es pasar mi mano por su espalda y asi se diluye la desesperanza de la jornada y recuerdo que hay ejemplares de la humanidad que me gustan, muchisimo, mientras el duerme, a mi lado.

Hay tambien otras redenciones. Las ventanas del tren cuando sale a la superficie de Toronto siguen siendo mi escape favorito. Entonces, a mi derecha todo lo que hay es bosque, sin banquitas ni caminos, ni puestos de comida ni letreros, solo arboles, esbeltos, y luz . Todo es asi, inevitablemente rosa como siempre y diminutas metamorfosis. De un dia para otro, el pasto se cubre con flores amarillas, y entonces de pronto, una maniana, tiembla contra el sol un oceano sin fin de esferas blancas, fragiles, que se desmoronan (suena bonito el nombre en ingles: dandylions). Tengo un nuevo vecino de dos anios que dice WOOOW con entusiasmo honesto, cuando me pongo unos aretes rojos, o J. toca un par de acordes en su guitarra. Le gusta tomarme de la mano por el jardin de atras de la casa y decir “look” senialando y nombrando a cosas en el mundo, a tree, the sun, a wagon; y se alegra cuando me ve, aunque apenas me conoce. El lunes fue Victoria Day, dia feriado para todos, tambien para J. y para mi. Me trajo a este parque donde ahora escribo, un parque del este estrecho y largo, con arroyitos y puentes de madera. En la noche fuimos a la playa a ver los fuegos artificiales. Las familias se acercaban a la orilla del lago cargando sillas plegables y mantas y termos con bebidas calientes. La gente encendia versiones domesticas de los cohetes y las luces, que explotaban casi sin descanso a lo largo de la playa. Un ninito mirando a una luz de bengala enterrada en la arena le pedia “Go up, Go up!”. A nuestro lado habia tres figuras silenciosas: un hombre de mediana edad, moreno, con sus dos hijos, de alrededor de 11 y 8 anios. Habia una severidad austera en el hombre y su silencio y algo enternecedor en los dos ninios, esperando callados y de pie, en la primera fila frente al agua. Tres figuras sobre la arena, sin luces fluorescentes ni sillas plegables ni risas o musica, solo la promesa de los fuegos en el cielo. A ellos los quise, y a J., a mi lado, silencioso tambien, sonriendo.

Hoy el trabaja y yo soy libre. El dia es tibio, hay por fin sol, en porciones generosas. Corrientes tranquilas de agua atras de mi, pajaros carpinteros, arboles de maple, enormes, opulentos de nuevo. Todo es dulce en este momento, mientras una catarina blanca camina sobre mi pierna. Y por supuesto mi corazon tiembla un poco, ojala estuviera el aqui conmigo, quedandose dormido con la cabeza sobre mi panza. Asi las cosas y asi la belleza limpia del parque y de la hora. Y este pinche blog que cada dia es mas cursi pero que le vamos a hacer. Hay otros dias y otras noches de acentos mas oscuros, pero este dia y esta pagina acaban aqui, en el parque, junto al agua.