No es lo mismo ver todos los días la ciudad donde crecimos, por ejemplo, con su polvo, con el ruido de sus coches, sus tinacos y sus tendereros, que verla a través de la distancia. La memoria lo ilumina todo subjetivamente, y recordamos, más bien, la luz roja de una tarde sobre edificios viejos, madrugadas veloces, jacarandas en flor, rostros queridos. Conforme pasa el tiempo sobre nuestros recuerdos, los editamos delicadamente, sin darnos cuenta. Lo que pasa con la distancia es que enciende las cosas. Así ocurre con todo. No recuerdas los días en que no hay agua en el edificio, recuerdas la risa de tu vecina, una niña espléndida, y cuando piensas en ella, no la recuerdas cuando tenías mucha tarea y ella te interrumpía todo el tiempo, la recuerdas haciendo caras chistosas para que le tomes fotos. Así es nuestra naturaleza, los cristales de la ventana a veces son azules (a veces grises) a veces dorados. A mí, casi siempre, me gustan esas distorsiones. El amor es la más dulce de todas. Otros ven a un hombre de cabello oscuro, o una pelirroja, gracioso, o risueña, que trae el cabello revuelto, o jeans desgastados, pero tú ves en él, o en ella, por encima de todo, poesía. Si miráramos al mundo con frialdad matemática se nos escaparía una parte de su belleza.
Está también aquello que dijo Thoreau: “Rather than love, than money, than faith, than fame, than fairness… give me the truth” – no he leído a Thoreau, pero recuerdo la frase porque aparece en “Into the wild”, una película que adoro. Ahora, pensando en el significado de la verdad, me pregunto, por ejemplo, si el amor la descubre, o la disfraza. Como estoy enamorada, me respondo que la descubre. Me acuerdo, entonces, de una escena en “Belleza Americana”, Ricky (un personaje que también adoro) filma una bolsa de plástico que baila con el viento. La frialdad matemática diría: esa es una bolsa de plástico que empuja el viento. Ricky (el delicioso Wes Bentley), dice: eso es lo más hermoso que he filmado en mi vida. Y yo, romántica incorregible, le doy la razón a Ricky, y creo que la verdad está de su lado. Ricky dice: “sometimes there’s so much beauty in the world I feel like I can’t take it, like my heart is going to cave in”. Eso le ha de pasar a los que se enamoran, y también a los astrónomos bajo sus telescopios, o los químicos sobre sus microscopios, a los que escalan montañas, y a los que caminan por callejoncitos. Según yo, la verdad no es una deconstrucción indiferente, sino un descubrimiento que conmueve.
Ahora, la imagen, la voz de J., encendidas por el amor y además por la distancia, me traen todo el tiempo dulcemente oprimida. Me llama todos los días, incluso varias veces al día, y cada vez que suena el teléfono, sin excepciones, se me acelera el pecho, parezco adolescente. No cabe duda que los sentimientos son una luz intensa, lo que sentimos se proyecta sobre nuestras imágenes ampliándolas, cinematográficamente. Todo el mundo sabe que los sentimientos “nublan la razón”, y por algo son famosas frases como “ojos de mamá cuervito”, o “el amor es ciego”. Estoy consciente de que este enamoramiento cinematográfico de ahora, irá pasando con los años a algo mucho más cotidiano y mucho menos dramático. Y mi esperanza es que también entonces, todos los días, la verdad que descubrí en él me siga conmoviendo, llenando mi pecho hasta el tope, y que entonces como ahora, yo ande por ahí en todas partes, dulcemente oprimida.
Esas opresiones dulces, de hecho, son mi compás existencial. No sólo tienen que ver con el amor. Siempre y cuando pueda conmoverme, todavía, por una conexión con alguien, por un cachito de bosque o un edificio viejo, por un libro, o una película, por el enfrentamiento de algún David contra algún Goliat en el mundo, por la figura de la camioneta destartalada que pasa a vender pan todas las tardes, o por una canción que me gusta, sé que en el fondo, estoy bien.
domingo, 4 de julio de 2010
viernes, 25 de junio de 2010
silencio
Para sobrevivir a lo que haya que sobrevivir, ayuda mucho tener uno, o dos, o más héroes, al lado. Cuando era más joven y me tendía, exactamente como ahora, a imaginar mis futuros probables o imposibles, me preguntaba si alguna vez iba a hacer algo verdaderamente heroico. Me respondí poco a poco en la historia que a fin de cuentas acabé viviendo, que no iba a luchar por una salvación multitudinaria; que no era lo suficientemente valiente y desprendida como para unirme a una guerrilla, por ejemplo. Que no tenía la audacia para salir demasiado de los límites sociales, legales, impuestos por el mundo, y que iba, a lo más, a escribir ligeramente por encima del renglón, de vez en cuando en los márgenes. Que no iba a ser famosa, que mi foto no iba a aparecer en playeras o carteles, que nadie iba a hacer una película basada en mi vida, actuada por estrellas hollywoodenses. Agradezco a los héroes que fueron, o son, hogueras, maravillosos derrumbes, imágenes sobre las que podemos volver muchas veces para reconciliarnos, aún, con esta incierta especie de los humanos. Pero yo quiero hablar de otros héroes. Quiero escribir acerca de los corazones heroicos que nos acompañan, que están al pie de nuestros acantilados. La gente que nos quiere sin condiciones de por medio. La gente a la que podemos regresar siempre que tengamos frío, o cuando estamos enfermos, si tenemos un raspón en las rodillas, o se nos fractura la esperanza en turno. Alguna vez haré la relación completa de mis héroes particulares, cotidianos; vale más la pena, sin duda, que la relación completa de los saltos ciegos que llenan este blog.
Hay corazones, pechos, que he conocido por mucho tiempo y de todos modos, me deslumbran. Adoro, por ejemplo, el ajetreo cotidiano de las manos de mi mamá. Esas manos salvan gatos de la calle, plantan todo tipo de cosas con la ilusión de que crezcan (hace dos días, llegó resplandeciente con una vid entre los brazos, decidida a cosechar uvas en el jardincito de su casa). Esas manos, también, diseñan mecanismos ingeniosos para tapar goteras, arreglar relojes de pared, hacer funcionar la palanquita del baño, usando materiales heterodoxos como rocas, o botones. Esas manos inventan móviles delicados con cuerda, palitos de madera, aretes que se quedaron sin el par, y me recuerdan las cosas que haría Horacio Oliveira con sus hilos de colores, antes de prenderles fuego. Ella, además, parece incapaz de derrumbarse, o dejar de querer; sin importar la dureza o la melancolía que le pongan enfrente, su vitalidad explosiva la mueve siempre a bailar en la cocina, a mirar el mundo con calidez infinita.
Así que es bueno estar en Pátzcuaro, y tenerla cerca. Este es un mundo dulcificado, suave. Se escuchan cosas como los grillos. Viviendo por varios años en la ciudad de México casi había olvidado qué se siente mirar al horizonte y sentirme seducida por una imagen de belleza y serenidad sencillas. A donde quiera que mire hay manchones verdes de bosque o montañas sobresaliendo entre la niebla. Cuando camino hasta el centro, y veo la Plaza Grande, y calles empedradas al fondo que suben hasta ex colegios jesuitas, o iglesias, recuerdo que Pátzcuaro me gusta mucho. Es un mundo que se teje sin choques con el cielo a veces azul, a veces gris. Aquí es posible, a ratos, olvidar el mundo. Y eso es precisamente lo que ocupo. La ciudad de México va a ser, siempre, mi ciudad, pero requiere de mucha energía, nada más para resistir sus embestidas, para seguirle el paso a sus estímulos. Necesito hundirme, por un rato, en un mundo que sea más bien ligero, que no pese, que no aturda. Un mundo que me ofrezca silencio para pensar.
Cuando vivía en la ciudad de México y sentía mucho ruido en mi cabeza, o alguna emoción en la panza jalando aire, mi medicina era siempre caminar. Ver el cielo encima de los edificios, el temblor de un árbol junto a la banqueta, los rostros de las personas. Entonces, recrear un poco de silencio era siempre un ejercicio de abstracción, un poco patético quizás entre el motor de los coches y las prisas de la gente y los hacinamientos de concreto. Aquí ocurre naturalmente. Aquí hay alivio apenas me asomo por la ventana, y veo un pedazo húmedo de bosque que se mece contra el cielo. Aún así, a veces, cuando me entero de exposiciones y fiestas o conciertos en mi querido defectuoso, se me tuerce el estómago de envidia (qué le vamos a hacer, no se puede tener todo).
Las épocas que mejor me sientan son más bien rojas, sangre acelerada, ojos que se humedecen con imágenes nuevas y así por el estilo. Es entonces, creo, cuando soy más feliz. Ahora, todo es más bien de un azul pálido, pero está bien. Cuando esté otra vez en el centro de los huracanes que vienen, y viva entre prisas y deslumbres, voy a extrañar, estoy segura, este mundo que se abre siempre que lo necesito, como un refugio, sin demandas.
Hay corazones, pechos, que he conocido por mucho tiempo y de todos modos, me deslumbran. Adoro, por ejemplo, el ajetreo cotidiano de las manos de mi mamá. Esas manos salvan gatos de la calle, plantan todo tipo de cosas con la ilusión de que crezcan (hace dos días, llegó resplandeciente con una vid entre los brazos, decidida a cosechar uvas en el jardincito de su casa). Esas manos, también, diseñan mecanismos ingeniosos para tapar goteras, arreglar relojes de pared, hacer funcionar la palanquita del baño, usando materiales heterodoxos como rocas, o botones. Esas manos inventan móviles delicados con cuerda, palitos de madera, aretes que se quedaron sin el par, y me recuerdan las cosas que haría Horacio Oliveira con sus hilos de colores, antes de prenderles fuego. Ella, además, parece incapaz de derrumbarse, o dejar de querer; sin importar la dureza o la melancolía que le pongan enfrente, su vitalidad explosiva la mueve siempre a bailar en la cocina, a mirar el mundo con calidez infinita.
Así que es bueno estar en Pátzcuaro, y tenerla cerca. Este es un mundo dulcificado, suave. Se escuchan cosas como los grillos. Viviendo por varios años en la ciudad de México casi había olvidado qué se siente mirar al horizonte y sentirme seducida por una imagen de belleza y serenidad sencillas. A donde quiera que mire hay manchones verdes de bosque o montañas sobresaliendo entre la niebla. Cuando camino hasta el centro, y veo la Plaza Grande, y calles empedradas al fondo que suben hasta ex colegios jesuitas, o iglesias, recuerdo que Pátzcuaro me gusta mucho. Es un mundo que se teje sin choques con el cielo a veces azul, a veces gris. Aquí es posible, a ratos, olvidar el mundo. Y eso es precisamente lo que ocupo. La ciudad de México va a ser, siempre, mi ciudad, pero requiere de mucha energía, nada más para resistir sus embestidas, para seguirle el paso a sus estímulos. Necesito hundirme, por un rato, en un mundo que sea más bien ligero, que no pese, que no aturda. Un mundo que me ofrezca silencio para pensar.
Cuando vivía en la ciudad de México y sentía mucho ruido en mi cabeza, o alguna emoción en la panza jalando aire, mi medicina era siempre caminar. Ver el cielo encima de los edificios, el temblor de un árbol junto a la banqueta, los rostros de las personas. Entonces, recrear un poco de silencio era siempre un ejercicio de abstracción, un poco patético quizás entre el motor de los coches y las prisas de la gente y los hacinamientos de concreto. Aquí ocurre naturalmente. Aquí hay alivio apenas me asomo por la ventana, y veo un pedazo húmedo de bosque que se mece contra el cielo. Aún así, a veces, cuando me entero de exposiciones y fiestas o conciertos en mi querido defectuoso, se me tuerce el estómago de envidia (qué le vamos a hacer, no se puede tener todo).
Las épocas que mejor me sientan son más bien rojas, sangre acelerada, ojos que se humedecen con imágenes nuevas y así por el estilo. Es entonces, creo, cuando soy más feliz. Ahora, todo es más bien de un azul pálido, pero está bien. Cuando esté otra vez en el centro de los huracanes que vienen, y viva entre prisas y deslumbres, voy a extrañar, estoy segura, este mundo que se abre siempre que lo necesito, como un refugio, sin demandas.
martes, 22 de junio de 2010
patear un poquito al corazón
En “antes del anochecer” (¡mis referencias son siempre las mismas!), el personaje de July Delpy platica con el personaje de Ethan Hawke acerca de un viaje por Europa del Este, cuando aún era parte del bloque comunista. La televisión estaba en un idioma incomprensible, no había nada para comprar, ningún anuncio en las calles urgiéndola al consumo, y todo lo que podía hacer era caminar, y escribir en su diario. Por primera vez en un mundo donde nadie la empujaba a perseguir antojos o demandas, las ideas fluían velozmente, su cerebro no tenía que resistir asedios, estaba claro y descansado, y era como estar bajo los efectos de una droga, sin necesidad de drogas. El personaje de Ethan Hawke (gringo), dice que siente como si su cultura lo programara para estar todo el tiempo un poco insatisfecho; lo que tenemos nunca es suficiente, y siempre podemos tener algo más, no hay que ser felices ahora, sino después, cuando crucemos a los pastos más verdes de la cerca de al lado, y luego a la de al lado, en una carrera sin fin, sin descanso. Y entonces, ¿tienen razón los budistas? ¿No somos libres del todo hasta que nos liberamos de las cargas del deseo? El personaje de July Delpy responde: ¿no es la ausencia de deseo un síntoma de la depresión? Desear, ya sea un par de zapatos o más intimidad con otra persona, es lo que nos recuerda que estamos vivos, y tenemos ganas de seguir viviendo.
Esa conversación me da vueltas en la cabeza porque llevo semanas sin desear realmente, nada. No siento ganas de buscar a mis amigos, de salir o bailar, de ver películas, o abrir una nueva novela. Nada. Mi corazón está en blanco. No creo que esté llegando a los límites de una iluminación espiritual estilo Nirvana. Creo, más bien, que estoy muy triste. La ausencia de deseos es una señal de alarma. Pero abrir la compuerta de los deseos es abrir la caja de pandora. Lo que más quiero está lejos, indefinidamente. Si empiezo a desear, me va a doler mucho más esa distancia. Así que me llevo la vida despacito, en estado semi-despierto, con el corazón adormecido, para que el corazón aguante. La hibernación como método de supervivencia.
Es la diferencia entre existir nomás, o estar viva. Aquí enfrente, inmediato, está el umbral para una definición interior. Quién sabe qué inmensa fragilidad o cobardía me mueve a ratos a los estados de latencia. Como si todo doliera demasiado. Pero siempre me dije que valen la pena las tormentas, cuando cae el agua y nos cala, sin impermeable, sin acurrucarnos tras la ventana. Me prediqué cosas como los naufragios, escribí líneas del tipo “quemar las naves del pecho, y perderlas al fondo del mar”. En el discurso, al menos, me inclino a favor de la valentía. Mi definición íntima de la felicidad es la antítesis del adormecimiento (eso también lo digo todo el tiempo); sé, sin duda, que vale la pena no sólo sentir, sino sentir en grande, sentir con todo el sistema nervioso. Y vivir con premura, consciente de la brevedad de todas las cosas. No puedo pasar este tiempo reduciéndolo a espera, mirando el reloj cada dos minutos. El tiempo sólo se va rápido cuando lo vivimos y lo disfrutamos, y para disfrutar, hay que abrir la caja agridulce de los deseos.
Por aquí llueve. No hay tormenta, pero llueve, todos los días. Pienso en la historia particular de mis golpes y mis huracanes, y no es en realidad la tormenta lo más difícil, sino la lluvia que cae sin descanso, la sensación gris de una llovizna que no acaba. Ya sé que prometí menos auto conmiseración, pero la única forma que conozco para liberarme de los arranques de tristeza es escupiéndolos en palabras y palabras, como éstas. Lo que hace falta ahora es una sacudida, patear al corazón un poquito, para que despierte.
sábado, 19 de junio de 2010
a mí sí me gusta el mundial
Una nota en las noticias del canal once subraya lo evidente: el futbol nos hace olvidar momentáneamente la inseguridad, la crisis, la injusticia, los zetas. La cámara pasea por los rostros de la multitud reunida en el zócalo de la ciudad de México para ver el partido contra Francia. Cae el gol y todas las caras se iluminan, y la gente grita y salta y agita los brazos. Hay quienes afirman, quizás con cierta justicia, que el futbol es puro escape gratuito, receta fácil para el adormecimiento de las multitudes. A mí, la verdad, me conmovió la explosión de alegría, y cada vez que la tele mostraba a la gente intoxicada por la euforia del gol, me sentía un poquito intoxicada también. Vi el partido, desde luego, caminando nerviosamente, y aplaudí y grité con las anotaciones, igual que medio mundo. Sí. Somos un pueblo madreado, un país madreado. Sí. El futbol no corrige en nada la realidad en la que resbalamos todos los días. Pero qué bonito es que se abran de pronto ventanas breves para la felicidad colectiva.
El futbol, hasta eso, además de universal, es democrático. Los equipos se enfrentan en igualdad de condiciones, y ocurre que México domina a Francia, que Ghana y Australia empatan. Nada que ver con la realidad. He ahí el encanto. Hay un millón de experiencias que sin ser la realidad, son bellas, como las dos horas de una buena película, o los quince minutos de un buen poema. La belleza del futbol no tiene que ver con las ideas; es físico, inmediato, en cierta medida accidental, y arbitrario. Hay quienes piensan que mientras sumergirse en una novela es una forma de escape inteligente, sumergirse en los partidos de una copa mundial es una forma estúpida de escape. Uf, demasiada seriedad, demasiada solemnidad. Uno de mis recuerdos favoritos es este: la primaria donde estudié organizó un paseo para alumnos y ex alumnos y sus familias a la orilla del lago de Chupícuaro. Empezó a llover, y no sé cómo, acabamos jugando todos un partido de futbol de lo más caótico con el agua hasta las rodillas. Euforia pura. El futbol no es un placer sofisticado, es un placer sencillo. Es, ante todo, un juego. He ahí su belleza.
El futbol, hasta eso, además de universal, es democrático. Los equipos se enfrentan en igualdad de condiciones, y ocurre que México domina a Francia, que Ghana y Australia empatan. Nada que ver con la realidad. He ahí el encanto. Hay un millón de experiencias que sin ser la realidad, son bellas, como las dos horas de una buena película, o los quince minutos de un buen poema. La belleza del futbol no tiene que ver con las ideas; es físico, inmediato, en cierta medida accidental, y arbitrario. Hay quienes piensan que mientras sumergirse en una novela es una forma de escape inteligente, sumergirse en los partidos de una copa mundial es una forma estúpida de escape. Uf, demasiada seriedad, demasiada solemnidad. Uno de mis recuerdos favoritos es este: la primaria donde estudié organizó un paseo para alumnos y ex alumnos y sus familias a la orilla del lago de Chupícuaro. Empezó a llover, y no sé cómo, acabamos jugando todos un partido de futbol de lo más caótico con el agua hasta las rodillas. Euforia pura. El futbol no es un placer sofisticado, es un placer sencillo. Es, ante todo, un juego. He ahí su belleza.
miércoles, 9 de junio de 2010
punto cero cero cero cero cero dos por ciento
Hoy por la mañana, salí con mi papá a caminar al “Estribo Chico”. Desde que mi hermana y yo éramos niñas, mi papá nos llevaba hasta la punta de ese cerro, a través de caminitos de tierra colorada, y lomas que se desmoronaban bajo los pies, para descansar en un claro en la cima, sobre un conjunto de piedras planas, siempre las mismas. Me gustó caminar y al mismo tiempo caminar a través de la memoria, por un trayecto que es el mismo y es distinto, y que empezó siguiendo la silueta de mi padre cuando había que dar muchos pasitos rápidos por cada zancada suya. Por muchos años no volví, hasta esta mañana.
No crean que no me doy cuenta de lo inocente que resulta mi vida, sobre todo ahora. No crecí en una pintura perfecta, pero sí tuve una infancia feliz. Mañanas como la de hoy se sienten llenas de luz, y traen encima una felicidad serena que se multiplica en caminos que se multiplican en el reflejo del reflejo del recuerdo del recuerdo del último déja vú. Este blog sería sin duda más entretenido si describiera madrugadas veloces y claroscuras en lugar de mañanas claras con reminiscencias de mi niñez. Ya lo sé. Sólo tenía ganas de escribir: estoy bien, he decidido bajar el volumen a los discursos de auto-flagelación. Prometo posts más interesantes en el futuro, próximo. No pierda usted la fe ni la esperanza, amabilísimo lector. Después de todo, ahora me doy cuenta, yo tampoco pierdo la fe, ni la esperanza (lo cual me mantiene bastante cursi, ad infinitum). Como se sabe, todos los átomos de nuestros cuerpos vienen de los átomos de la explosión con la que inició el universo. Así que en esencia, estamos hechos de materia vieja, más que milenaria; alguien famoso dijo que somos polvo de estrellas. La reencarnación de las almas quién sabe si existe, pero podemos contar al menos con la reencarnación de la materia. A veces, me da por fantasear con los orígenes de mi conjunto específico de átomos, algo así como: 1.5% de los restos de algún venado, 3% de cometa, 1.4 % de mamut, 3.1% de un gitano, 0.3% de trilobite, 2% de supernova, 1% de fresno o jacaranda, 0.3% de alguno de esos atunes que nadan cuesta arriba, 2% de una bailarina de ballet, o de un marinero. ¿Y si me hubiera tocado el .000002 % de algún artista del pasado? Hay días en que me miro muy generosamente y sueño con un milimétrico porcentaje de Rimbaud o Kerouac, un poquito de alguna de sus uñas o sus pulmones, por ejemplo, pero hay otros, como hoy, en que me da miedo que mi .000002% venga de Norman Rockwell: una tras otra, puras escenas de bondad idílica. Creo más bien que en el hígado o la vena cava, cargo con unos poquitos átomos de algún músico vagabundo, que nunca se hizo famoso, y que no se definía a sí mismo sólo como músico, pero a veces, la gente en la calle se detenía para oírlo tocar.
No crean que no me doy cuenta de lo inocente que resulta mi vida, sobre todo ahora. No crecí en una pintura perfecta, pero sí tuve una infancia feliz. Mañanas como la de hoy se sienten llenas de luz, y traen encima una felicidad serena que se multiplica en caminos que se multiplican en el reflejo del reflejo del recuerdo del recuerdo del último déja vú. Este blog sería sin duda más entretenido si describiera madrugadas veloces y claroscuras en lugar de mañanas claras con reminiscencias de mi niñez. Ya lo sé. Sólo tenía ganas de escribir: estoy bien, he decidido bajar el volumen a los discursos de auto-flagelación. Prometo posts más interesantes en el futuro, próximo. No pierda usted la fe ni la esperanza, amabilísimo lector. Después de todo, ahora me doy cuenta, yo tampoco pierdo la fe, ni la esperanza (lo cual me mantiene bastante cursi, ad infinitum). Como se sabe, todos los átomos de nuestros cuerpos vienen de los átomos de la explosión con la que inició el universo. Así que en esencia, estamos hechos de materia vieja, más que milenaria; alguien famoso dijo que somos polvo de estrellas. La reencarnación de las almas quién sabe si existe, pero podemos contar al menos con la reencarnación de la materia. A veces, me da por fantasear con los orígenes de mi conjunto específico de átomos, algo así como: 1.5% de los restos de algún venado, 3% de cometa, 1.4 % de mamut, 3.1% de un gitano, 0.3% de trilobite, 2% de supernova, 1% de fresno o jacaranda, 0.3% de alguno de esos atunes que nadan cuesta arriba, 2% de una bailarina de ballet, o de un marinero. ¿Y si me hubiera tocado el .000002 % de algún artista del pasado? Hay días en que me miro muy generosamente y sueño con un milimétrico porcentaje de Rimbaud o Kerouac, un poquito de alguna de sus uñas o sus pulmones, por ejemplo, pero hay otros, como hoy, en que me da miedo que mi .000002% venga de Norman Rockwell: una tras otra, puras escenas de bondad idílica. Creo más bien que en el hígado o la vena cava, cargo con unos poquitos átomos de algún músico vagabundo, que nunca se hizo famoso, y que no se definía a sí mismo sólo como músico, pero a veces, la gente en la calle se detenía para oírlo tocar.
capítulo
cavilación,
confusión existencial,
memoria
sábado, 5 de junio de 2010
la cumbre del amor
Alguien que conozco dijo que en la vida uno puede ser muchas cosas, pero ser víctima, eso sí qué hueva. Cada vez que siento las olas de lo que parece un océano de tristeza quebrándose en mi pecho o detrás de mis globos oculares, recuerdo que ser víctima da mucha hueva. Ser autocompasiva, qué hueva. Tejer una letanía de quejas, qué hueva. Ser víctima en público, ante lectores más o menos anónimos, qué hueva. Pero sí. Hace casi cinco meses que no veo a mi marido, y extrañarlo es una tarea exhaustiva, que dura todo el día, todos los días, y no tiene fin, ningún fin claro y definido a la distancia, y cada vez que hacemos la cuenta parece que le debemos más tiempo a la burocracia migratoria de lo que creíamos, y el estómago se me cae hasta las rodillas y luego se me desploma otra vez. Y hay momentos, hoy, y ayer, por ejemplo, en que de veras no me queda energía para nada más y todo lo que quiero es acurrucarme un rato bajo las cobijas, como víctima apropiada de mis circunstancias. Y eso que si de algo he pecado en mi vida es de romántica-optimista, y podría decir por ejemplo que estamos creando la expectación perfecta para la más larga y deliciosa de las lunas de miel, una vez que tengamos derecho a hacer nuestra vida juntos. Voy a apreciar todo, todos los detalles diminutos, todas las pequeñas irritaciones. Porque extraño todo. La distancia ha coloreado todo intensamente. Alguna médula en el hueso del fémur o la pelvis o el omóplato, alguna parte inconfesable de mi cuerpo creyó desde el principio que el amor debía ser un poquito como ahora, un poquito de Cumbres Borrascosas, un poquito de Por quien doblan las campanas, y tres días rojos, sólo tres para siempre, para el guerrillero y su mujer. Alguna de mis partes más ingenuas sonrió, hace mucho tiempo, pensando en heroínas y héroes apasionados, cabalgando por campiñas inglesas, o España durante la guerra civil, y que se mueva la tierra cuando haces el amor con alguien que puede morir al día siguiente. Aunque creo todavía que esa intensidad y ese drama aparecen una y otra vez en un sinnúmero de historias reales, mi vocación amorosa está sin duda en otro lado. Yo lo que quiero, con toda el alma, es cotidianidad sin adornos. Cocinar la cena, masajear la espalda adolorida, remendar calcetines, ver películas viejas en la tele, oírlo silbar sin descanso, oírlo cantar en la regadera. Ésa, damas y caballeros, es la cumbre del amor, y todos estos meses intensos y dramáticos, son sólo su preludio.
capítulo
flechazo,
Santa Jimena de la autocompasión
martes, 18 de mayo de 2010
música
Poco a poco mi vida, al menos este futuro inmediato, se despeja, y por aquí, los días se han puesto nublados, y llueve a veces, y el polvo se aquieta y los cerros verdes tras la ventana palpitan con algún secreto descanso, y el mundo se suaviza. Y el tiempo sigue pasando, circular, al ritmo de la calle principal del barrio, la melodía de los camioncitos con altavoces: el gaaaaaas, la basuuuuraaaaa, el aaaaguaaaaa, naraaaanjas de jugo y para jugo, una voz profunda casi susurra que trae truchas frescas desde el lago, y otra voz compra "toda clase de fierro viejo que ya no le sirve, que a usted ya le estorba, estufas, lavadoras, refrigeradores, monedas antiguas, baterías, cobre, bronce, hasta la puerta de su hogar venimos señora" , y una camioneta avanza lentamente vendiendo el periódico local con noticias de último momento: “En la colonia Morelos, en Pátzcuaro, un delincuente se robó una camioneta de lujo, al huir por la carretera se volcó y ahora lucha por su vida en el hospital”. Pero mi favorito, sin duda, es el del pan, que pasa con un altavoz cascado todas las tardes, y esta canción de Tin Tan.
Tengo que sonreír cada vez que lo escucho y entonces sé que a mí, lo que es a mí, cómo me gusta México, chingá. Hay otros lugares en el mundo, ciudades limpias y sofisticadas donde la gente es glamurosa aunque no trate de ser glamurosa, o gracias a que se esfuerzan mucho en ser siluetas interesantes en masas que se mueven a la velocidad de la luz y luces que alumbran una vida que dura todo el día y después toda la noche. Pero a mí me gusta cada vez más este capullo de cotidianeidad amplificada con altavoces viejos. En Toronto las calles son demasiado silenciosas. Nadie escucha cumbias a todo volumen, y nadie usa canciones viejas para anunciar el pan. En mi país el cielo es azul todo el año, y los barrios pautan con música su vida de todos los días.
Tengo que sonreír cada vez que lo escucho y entonces sé que a mí, lo que es a mí, cómo me gusta México, chingá. Hay otros lugares en el mundo, ciudades limpias y sofisticadas donde la gente es glamurosa aunque no trate de ser glamurosa, o gracias a que se esfuerzan mucho en ser siluetas interesantes en masas que se mueven a la velocidad de la luz y luces que alumbran una vida que dura todo el día y después toda la noche. Pero a mí me gusta cada vez más este capullo de cotidianeidad amplificada con altavoces viejos. En Toronto las calles son demasiado silenciosas. Nadie escucha cumbias a todo volumen, y nadie usa canciones viejas para anunciar el pan. En mi país el cielo es azul todo el año, y los barrios pautan con música su vida de todos los días.
domingo, 9 de mayo de 2010
Los días pasan despacio. Fuera de la vida, a veces, fuera del tiempo. Como en otra época, una electricidad silenciosa atraviesa mis manos para que se cierren, como puños, y rompan, de una vez, alguna ventana. Y nada nace, nada vuela, todo está suspendido, cargado, azul, todo tiembla, como el silencio tiembla, en las tardes inflamadas del verano.
No-pa-sa-na-da. Pasa el camión del gas, el camión del pan, pasa el sol y todo se muere por las noches y regresa luego idéntico a sí mismo, por la misma calle, por la misma tarde.
Y la sal, la vieja sal, la nueva sal, la sal de todos los días, la milenaria destilación de mis ojos, espolvoreada en mis pulmones, en las membranas de mi estómago, me susurra oscuridad, noche, ningún huracán, ninguna lluvia, silencio congestionado, enredado sobre sí mismo. Los días están apretados, como laberintos.
No-pa-sa-na-da. Pasa el camión del gas, el camión del pan, pasa el sol y todo se muere por las noches y regresa luego idéntico a sí mismo, por la misma calle, por la misma tarde.
Y la sal, la vieja sal, la nueva sal, la sal de todos los días, la milenaria destilación de mis ojos, espolvoreada en mis pulmones, en las membranas de mi estómago, me susurra oscuridad, noche, ningún huracán, ninguna lluvia, silencio congestionado, enredado sobre sí mismo. Los días están apretados, como laberintos.
martes, 27 de abril de 2010
Puede ser que no exista el destino.
A veces, me sorprende la inmensa cantidad de coincidencias que fueron necesarias para que conociera a J., y entonces, me gusta pensar que algún hilo sutil y luminoso (y agridulce) va uniendo unos con otros los detalles ínfimos de nuestras vidas, los celulares que se quedaron sin crédito, la dirección de la tienda donde conseguí trabajo por primera vez en un país extranjero, todos los hombres a los que deseé pero que decidieron no involucrarse conmigo, como las piececitas de cerámica que sólo adquieren sentido en el mosaico completo. Esa es mi filosofía: si el mundo es el mundo hagamos lo que hagamos, no hace ningún daño mirarlo desde algún cristal ligeramente mágico. No cambiamos el mundo, pero lo hacemos un poco más poético. Otras veces sin embargo, creo que todo lo que tengo en las manos son mis decisiones, y sus consecuencias. Lo que he hecho en el último año y medio es tomar decisiones de último minuto, y mi vida ha tenido desde entonces un carácter episódico: cuatro meses en Toronto. Punto. Casi tres meses en México. Punto. Seis meses en Toronto. Punto. Luego México, coma, y una boda apresurada y una luna de miel, coma, y casi tres meses en mi departamentito de la Portales y ahora, a empezar una vez más desde cero. Punto. En Michoacán, punto y coma, quién sabe por cuánto tiempo. Me la he pasado empezando y luego, volviendo a empezar. Ya tengo veintinueve años. He exorcizado de mi alma una vieja necesidad de incertidumbre. La primera vez que me fui a Canadá me la pasé mucho tiempo muy sola, en un invierno muy crudo para mis pulgas, pero todos mis recuerdos de esa época están encendidos, como si en lugar de verlos a través de mi pantallita de todos los días los viera en la pantalla gigante del cine, fueron meses de alta definición y muchos decibeles y eso embellecía mi percepción de la belleza y embellecía también mis momentos tristes. Eso, en mi diccionario personal, se parece bastante a la felicidad. Estar despierta. Y ahora que estoy en mi vida después de ese primer salto al precipicio, lo que más deseo es empezar y luego continuar mi vida en una sola ciudad para, por ejemplo, trabajar en algo que me guste, y hacerlo cada vez mejor. Que me crezcan raíces para que me florezcan los frutos que cargo a todos lados como nubes o volutas de humo. Quién iba a pensar que yo iba a decir esto, si hace un par de años escuchaba fascinada cómo un gitano de Sevilla se definía a sí mismo como parte de un pueblo que persigue sus sueños sin hacerlos realidad, porque entonces se acabarían las razones para seguir soñando. Y yo dije, esa soy yo, yo persigo, no encuentro, me muevo de un lugar a otro y sueño sin descanso. Y ahora estoy aquí, sin embargo, deseando descanso.
Aquí, es por lo pronto Pátzcuaro. Gatos, sol, cerritos verdes a la distancia. Voy a extrañar a mi querido defectuoso. No voy a extrañar el ruido ni el estrés ni los amontonamientos humanos. Pero voy a extrañar todo lo demás. Todos los rincones de la ciudad, desde los Palacios del centro hasta mi departamentito en un edificio que se cae a pedazos, donde corren los niños subiendo y bajando escaleras. Voy a extrañar el radio, los conciertos, la cineteca, los festivales, la promesa infinita de sorpresa. Viejas complicidades, y complicidades nuevas que empezaban a dibujarse poco a poco. Estoy aquí ahora, esperando que me den la residencia para irme a vivir con mi esposo a Toronto, y caigo en la cuenta de que de veras me estoy despidiendo de la ciudad de México. Uf, nostalgia sin límites. Esa ciudad está poblada de imágenes circulares, en mi historia. Esa ciudad, en mi vida de vocación nomádica y soñadora, es lo que más se parece a una raíz y a un hogar completamente mío.
Ahora, entrecierro los ojos y hago esfuerzos pero no sirve, no veo claro. Sé que empiezo aquí en Michoacán por unos meses mientras me dan permiso para ir a Toronto y empezar ahí, una vez más, mi vida. No sé cuándo ni cómo voy a sentir por fin que mi historia ya no es una serie entrecortada de arranques y enfrenones.
Extraño a mi marido, todos los días, y mucho más, todas las noches. Un amigo muy querido de la familia me dijo en vísperas de mi boda que en la vida anda uno cambiando de carrera, de ciudad, de trabajo, pero que cuando hallamos el amor hallamos definitivamente nuestro lugar en el mundo. Y aunque suene cursi (pero todo en este blog es como para vomitar de cursi), es verdad. La incertidumbre ya no es más una luz eufórica y cinematográfica sobre los acontecimientos de mi vida, ahora es sólo una presión en el pecho. Ahora sólo quiero que pase rápido, y que me digan, ya está, ya eres libre, puedes ir a tu casa. Y mi casa, es cualquier rinconcito que pueda compartir cotidianamente con J. Ese es por lo pronto mi lugar en el mundo. Una vez ahí, ya veremos. Que nos crezcan raíces. O alas.
A veces, me sorprende la inmensa cantidad de coincidencias que fueron necesarias para que conociera a J., y entonces, me gusta pensar que algún hilo sutil y luminoso (y agridulce) va uniendo unos con otros los detalles ínfimos de nuestras vidas, los celulares que se quedaron sin crédito, la dirección de la tienda donde conseguí trabajo por primera vez en un país extranjero, todos los hombres a los que deseé pero que decidieron no involucrarse conmigo, como las piececitas de cerámica que sólo adquieren sentido en el mosaico completo. Esa es mi filosofía: si el mundo es el mundo hagamos lo que hagamos, no hace ningún daño mirarlo desde algún cristal ligeramente mágico. No cambiamos el mundo, pero lo hacemos un poco más poético. Otras veces sin embargo, creo que todo lo que tengo en las manos son mis decisiones, y sus consecuencias. Lo que he hecho en el último año y medio es tomar decisiones de último minuto, y mi vida ha tenido desde entonces un carácter episódico: cuatro meses en Toronto. Punto. Casi tres meses en México. Punto. Seis meses en Toronto. Punto. Luego México, coma, y una boda apresurada y una luna de miel, coma, y casi tres meses en mi departamentito de la Portales y ahora, a empezar una vez más desde cero. Punto. En Michoacán, punto y coma, quién sabe por cuánto tiempo. Me la he pasado empezando y luego, volviendo a empezar. Ya tengo veintinueve años. He exorcizado de mi alma una vieja necesidad de incertidumbre. La primera vez que me fui a Canadá me la pasé mucho tiempo muy sola, en un invierno muy crudo para mis pulgas, pero todos mis recuerdos de esa época están encendidos, como si en lugar de verlos a través de mi pantallita de todos los días los viera en la pantalla gigante del cine, fueron meses de alta definición y muchos decibeles y eso embellecía mi percepción de la belleza y embellecía también mis momentos tristes. Eso, en mi diccionario personal, se parece bastante a la felicidad. Estar despierta. Y ahora que estoy en mi vida después de ese primer salto al precipicio, lo que más deseo es empezar y luego continuar mi vida en una sola ciudad para, por ejemplo, trabajar en algo que me guste, y hacerlo cada vez mejor. Que me crezcan raíces para que me florezcan los frutos que cargo a todos lados como nubes o volutas de humo. Quién iba a pensar que yo iba a decir esto, si hace un par de años escuchaba fascinada cómo un gitano de Sevilla se definía a sí mismo como parte de un pueblo que persigue sus sueños sin hacerlos realidad, porque entonces se acabarían las razones para seguir soñando. Y yo dije, esa soy yo, yo persigo, no encuentro, me muevo de un lugar a otro y sueño sin descanso. Y ahora estoy aquí, sin embargo, deseando descanso.
Aquí, es por lo pronto Pátzcuaro. Gatos, sol, cerritos verdes a la distancia. Voy a extrañar a mi querido defectuoso. No voy a extrañar el ruido ni el estrés ni los amontonamientos humanos. Pero voy a extrañar todo lo demás. Todos los rincones de la ciudad, desde los Palacios del centro hasta mi departamentito en un edificio que se cae a pedazos, donde corren los niños subiendo y bajando escaleras. Voy a extrañar el radio, los conciertos, la cineteca, los festivales, la promesa infinita de sorpresa. Viejas complicidades, y complicidades nuevas que empezaban a dibujarse poco a poco. Estoy aquí ahora, esperando que me den la residencia para irme a vivir con mi esposo a Toronto, y caigo en la cuenta de que de veras me estoy despidiendo de la ciudad de México. Uf, nostalgia sin límites. Esa ciudad está poblada de imágenes circulares, en mi historia. Esa ciudad, en mi vida de vocación nomádica y soñadora, es lo que más se parece a una raíz y a un hogar completamente mío.
Ahora, entrecierro los ojos y hago esfuerzos pero no sirve, no veo claro. Sé que empiezo aquí en Michoacán por unos meses mientras me dan permiso para ir a Toronto y empezar ahí, una vez más, mi vida. No sé cuándo ni cómo voy a sentir por fin que mi historia ya no es una serie entrecortada de arranques y enfrenones.
Extraño a mi marido, todos los días, y mucho más, todas las noches. Un amigo muy querido de la familia me dijo en vísperas de mi boda que en la vida anda uno cambiando de carrera, de ciudad, de trabajo, pero que cuando hallamos el amor hallamos definitivamente nuestro lugar en el mundo. Y aunque suene cursi (pero todo en este blog es como para vomitar de cursi), es verdad. La incertidumbre ya no es más una luz eufórica y cinematográfica sobre los acontecimientos de mi vida, ahora es sólo una presión en el pecho. Ahora sólo quiero que pase rápido, y que me digan, ya está, ya eres libre, puedes ir a tu casa. Y mi casa, es cualquier rinconcito que pueda compartir cotidianamente con J. Ese es por lo pronto mi lugar en el mundo. Una vez ahí, ya veremos. Que nos crezcan raíces. O alas.
capítulo
cavilación,
confusión existencial,
lotería
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