sábado, 14 de agosto de 2010

sábado, 7 de agosto de 2010

A post written in bad English, meant for my husband.

You are everything which is stroke by the wind

where the water brakes, where salt is amassed

but you never brake you are sweet

you fly, and you carry the sky     on your back.

You remind me of an ash’s seed,

in a sharp winter, in a cement crack

which springs a tender arm

and spreads out beauty

into gray, blind

nights.

Mi reino por una letrina

Casi se me había olvidado cómo se siente esta forma específica de agitación sanguínea. Los dedos se estiran como queriendo desprender sus falanges para alcanzar lo más pronto posible la otra orilla del umbral siguiente, dan ganas de hacer tantas cosas, y de empezar a hacerlas de inmediato. Sueño despierta sin querer y sin descanso, tejiendo proyectos unos sobre otros en torres inclinadas, que culminan en alguna lámpara suave, una vela arropada en un quinqué. Esto también es la felicidad. Ahora me acuerdo. La vez pasada que estuve en conafe, hace ya varios años, también fui feliz. Todavía no me asignan una comunidad, pero este lunes salgo tempranito para la sierra en viaje de prácticas. Somos cuatro, y sólo sabemos que a donde vamos no hay luz eléctrica, y que hay que subir y bajar un cerro a pie, para llegar a la escuelita donde daremos clases durante la semana. Conozco la brecha que se abre paso en la sierra, pero me cuesta trabajo recordarla. De ese camino sólo recuerdo una sensación general de deslumbre, y alegría. Recuerdo con más detalle momentos muy específicos, por ejemplo, ir a caballo por un sendero en lo alto de una montaña a la hora del atardecer en que todo es rojo, y encontrarme en medio de un bosque completamente rojo, y mis manos y las correas de la silla, y las orejas del caballo y las siluetas de mis compañeros y de los campesinos que nos acompañaban eran rojas, y el horizonte gigantesco, interminable, mostraba una tras otra hileras de montañas que también eran rojas.


Ayer, mientras hablaba por teléfono escuché maullidos roncos en la calle. Poco después vi con alivio a mi mamá entrar al cuarto con un gato arropado contra su pecho. Es la cosa más flaca, más triste, más dulce, que he visto en mi vida. Mi mamá lo rescató, literalmente, de las fauces de un perro. Se le sienten todos los huesos del cuerpo, tiene un ojo infectado y amarillento, y ronronea todo el tiempo.

Y además, si alguien estaba interesado en saber, a mi marido ya le llegó una carta oficial donde la burocracia migratoria lo acepta como mi sponsor, así que las cosas avanzan y la frustración retrocede un poquito y la esperanza respira con alivio y da tres pasos cautelosos hacia el frente.

Este es el post más optimista que me había dado el lujo de escribir, desde enero, y era ya una cuestión de supervivencia darle chance al corazón de que se agite, y esté vivo. Y aquí estoy, arropada en el mediodía nublado de este sábado a principios de agosto, nerviosa y feliz, agitada y feliz. Espero que todo salga bien, que no nos muerda una víbora, que no nos salgan los narcos, y que por favor por favor por favor haya una letrina allá a donde vamos. Nada me preocupa tanto como eso. La vez pasada que fui instructora, nada me preocupaba tanto como eso. Hay lugares donde el baño es todo el monte, y cualquiera puede interrumpir sin querer el momento en que andamos con el trasero al viento tratando de cumplir con funciones fisiológicas impostergables. Tenía pesadillas al respecto, seguí teniendo sueños angustiosos sobre la necesidad de ir al baño incluso cuando ya no era instructora comunitaria y había a mi alcance retretes y comodidades urbanas y modernas. Según lo que recuerda nuestro capacitador, Sinda (así se llama la comunidad a donde vamos) tiene por lo menos una letrina cerca de la escuela, pero la última vez que él estuvo ahí, había un panal de avispas abajo. Posición más vulnerable al piquete de las avispas no me puedo imaginar. No sé qué es peor, las avispas o la falta de privacidad. En fin en fin, si todo sale bien (y no es éste un eufemismo escatológico), aquí estaré de regreso en una semana.

jueves, 15 de julio de 2010

Otro poquito de miedo

Desde este lunes, me preparo para convertirme en Instructora Comunitaria en el Programa de Secundaria, del conafe. Soy, sin duda, la veterana del grupo, casi todos mis compañeros tienen menos de 25 años (el más joven todavía no cumple 18). El programa recluta a chavos que terminaron al menos la preparatoria y los manda a dar clases de secundaria a micro-comunidades rurales en zonas aisladas del estado. Quienes completan este servicio social a lo largo de todo un año, ganan una beca para seguir estudiando, por tres años más. La mayoría llega aquí porque es el único vehículo que conocen para continuar con su educación. Muchos de mis compañeros vienen de ciudades pequeñitas o comunidades rurales. Aún así, se van a dar clases a lugares mucho más pobres, completamente incomunicados. A veces, lleva todo un día llegar a estas micro-localidades; hay que tomar una camioneta (la “pasajera”) y viajar por 7 u 8 horas a través de la sierra, siguiendo brechas que se inundan en época de lluvias, y luego, avanzar a pie por pequeños senderos por tres o cuatro horas más. En estos lugares no hay luz (no hay tele, no hay, desde luego, internet), no hay clínica, no hay doctores. No hay escuelas federales, no hay maestros de la SEP, hay chavitos del conafe. Si alguien quiere, alguna vez, asomarse a la humanidad más resistente y luminosa, podría acercarse a algunos de estos chavos. Me gusta el grupo en el que estoy. Miguel es originario “de un pueblo”, y para estudiar la prepa, se metió al seminario. No es que quiera hacerse sacerdote, es que esa era la puerta que se le abría para estudiar. Después quiso entrar al ejército (la otra puerta de salida), pero no lo aceptaron porque todavía no cumple los 18, y usa lentes. Así que entró al conafe. Despide una energía cálida y serena. En las capacitaciones, desde las 9 hasta las seis de la tarde, sobrevive con una bolsita de cacahuates japoneses. Juan estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Michoacana, pero todavía no se titula, viene de una zona rural, y su escritor favorito es Juan Rulfo. Tiene una mujer que también está en conafe, y una hija de dos años. Ya fue Instructor del Programa de Primaria, y luego Capacitador (o sea que fue elegido como uno de los mejores instructores de su generación, para encargarse de la capacitación de otros instructores al año siguiente). Es tímido, su timbre de voz es tembloroso, pero dice cosas inteligentes. Sonríe con dulzura. Sabe escuchar a los demás. Nunca va a la tienda en los descansos, a veces no sé si come, hoy me confesó que no le alcanzaba para el transporte de regreso a su casa. No he platicado todavía con Reyes (ése es su nombre, no su apellido), pero me impresiona la responsabilidad con la que asume todas las tareas, este es su segundo año como instructor de secundaria, se nota que le gusta, se nota que le gusta hacer bien las cosas. Sus comentarios son inteligentes, a veces tartamudea un poco (también es tímido), pero es muy simpático y cuando participa en la clase nos hace reír. Cuando le tocó escoger una lectura para compartirla en voz alta con el resto del grupo, nos leyó un fragmento del “Canto a mí mismo”, de Walt Whitman.


Este es el inicio de mi tercer año como instructora del conafe. Cuando terminé la prepa, di clases de primaria por un año, y luego entré a un programa de cultura itinerante al año siguiente. Fueron épocas luminosas. Vengo de la ciudad, mis padres tienen formación universitaria, crecí rodeada de libros, y mi educación siempre fue algo que podía dar por sentado. Entré al conafe desde una posición privilegiada, aunque la beca que gané me fue muy útil cuando estuve viviendo sola en la ciudad de México, estudiando Antropología Social.

Mi papá también tiene una relación larga con el conafe. Cuando él tenía 25 o 26 años, y yo estaba recién nacida o a punto de nacer, dejó la ciudad de México para irse a la sierra tarahumara, en Chihuahua, a un programa diseñado para llevar educación a niños y jóvenes indígenas, que se llamaba “la casa-escuela”. Mi papá era feliz recorriendo la sierra a veces en un vocho verde escarabajo, a veces a caballo, y mi mamá aprendió a sacar agua congelada de la noria partiéndola con un hacha, en el invierno. Ahí, en Creel, nació mi hermana. Unos 15 años después mi papá regresó al conafe, esta vez para trabajar en las oficinas centrales de Michoacán, como encargado del área educativa (gracias a él supe que el programa existía). Hace más o menos un año renunció, después de lidiar con una administración central estúpida y demagógica que se llevó al conafe en picada más o menos desde el sexenio de Fox. No sólo era que las becas no les llegaban a los instructores (instructores que no tenían como pagar su hospedaje o su comida o su transporte durante las capacitaciones mensuales), o que el material nunca llegaba a tiempo a las escuelas, y los niños no tenían lápices o libros para estudiar. Era también que los de hasta arriba se negaban al uso del sentido común. No es dinero lo que le hace falta a mi país, sólo tantito sentido común. Hace falta que el poder para tomar decisiones esté en manos de gentes que quieran usar un poquito de sensatez para mejorar las cosas, en manos de personas que no sean políticos, que no tengan un gramo de políticos. Creo que las cosas tampoco van muy bien en la delegación de Michoacán, y gente muy chingona, muy valiosa, gente con la que compartí aventuras como instructora comunitaria, también está dejando las oficinas del conafe. Ellos van de salida, y yo de regreso.

A veces siento otra vez un poquito de miedo. Pero el miedo parece ser, en mi vida, el anuncio de épocas intensas, deslumbrantes a su manera. Llevo 4 días en esto y ya se me cae la baba, por gente como Reyes, y Juan, y Miguel. Los miro. Me pongo a pensar en las comunidades donde los niños muy probablemente jamás verán las estrellas a través de un telescopio, niños brillantes que reciben menos educación, y menos todo. Acabo pensando en la injusticia, y me pregunto cómo le vamos a hacer, si es posible, algún día, para que nos gobierne el sentido común y no los políticos, o el dinero. En fin. Escribo otra vez con la promesa de trepidación creciente, sangre acelerada, todo eso. Escribo con esperanza.